Παρασκευή, 13 Νοεμβρίου 2009

ΑΛΚΙΒΙΑΔΗΣ Η΄ ΠΕΡΙ ΑΝΘΡΩΠΟΥ ΦΥΣΕΩΣ 3

Francesco Hayez (Italia, 1791-1882):
Sócrates y Alcibíades
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Introducción (3)
La segunda parte del diálogo, donde empieza la mayéutica, precisa la naturaleza de su objeto. Segunda parte: 124b al final.
Los dos interlocutores se ponen de acuerdo en la necesidad de perfeccionarse (áristos gígnesthai). ¿Pero en qué areté?, pregunta Sócrates. Sigue como un deslizamiento del concepto de areté, emparentada con áristos, a la noción de téchne y luego de epistéme. Areté se presenta como la aptitud de hecho, la excelencia de quien posee una téchne, y epistéme se presenta como la ciencia que justifica la téchne. Esta evolución de términos corresponde de hecho a tres escalones de la progresión dialéctica: de la proposición «¿qué hace el hombre político?» se pasa a la pregunta «¿cuál es su areté?», y luego a «¿qué ciencia preside esta actividad?».
La respuesta de Alcibíades es ésta: ¿cómo llamas tú a la ciencia (epistéme) de los que participan en política (politeía)? El buen consejo (eubulia). Dice Sócrates.
Siempre por medio de las técnicas, el razonamiento lleva a la conclusión de que el hombre es distinto del cuerpo que emplea como instrumento, y que es el alma la que constituye la esencia misma del hombre. En consecuencia, si la sabiduría (sophrosýne) consiste en conocerse a sí mismo, nadie es sabio (sóphron) por la capacidad (téchne) que posee. Hay que entrar más a fondo en el universo del ser verdadero: hay en el alma, dice Sócrates, una parte en la que reside su función propia (areté), la «inteligencia» (sophía), sede del saber (to eidénai) y del pensamiento (to pgroneín). Lo que hay que considerar es este reflejo en nosotros de la divinidad, la intelección (phrónesis). Sin este reflejo en nosotros de sí, llamado shophrosýne, no se puede saber lo que es lo propio de uno. Un político que carezca de él está condenado a equivocarse (hamartánein) y a fracasar (kakós práttein) en sus empresas, tanto privadas como públicas, a ser desgraciado y a arrastrar a sus conciudadanos a la desgracia. No se puede ser feliz si no se es sabio (sóphron) y virtuoso (agathos). La virtud (areté) es por ello lo primero que hay que dar a los ciudadanos. El político no debe adquirir la libertad y el poder absolutos, sino la justicia y la sabiduría. Así será grato a los dioses y asegurará su felicidad (theophilos práttein - eudaimonein). La conclusión para Alcibíades se impone: debe, con la ayuda del dios, liberarse de su esclavitud aplicándose a la justicia. Sócrates le exhorta a ello, pero expresa sus temores. No desconfía de la phýsis del joven, pero teme el poder de la ciudad (132b.135e).
El final del diálogo alcanza una profundidad y una densidad notables. Sócrates se deja llevar por su vehemencia, y su exposición por momentos es algo incoherente. Se adivina entre líneas el problema de la virtud-ciencia y el de la unidad de la virtud. Al final se aporta una importante decisión. Sócrates afirma que sin el conocimiento de uno mismo, todo lo demás no es nada, pues es propio de una misma persona y de un solo arte (téchne) distinguir entre el sujeto, lo que es suyo y lo que depende de esto. Los ciudadanos, y en particular los artesanos, necesitan tener este «suplemento de alma» que les permita acceder al conocimiento verdadero. Sócrates no nos dice cómo dárselo, pero, en segundo término, del Alcibíades se adivina ya la gran idea del guardián-filósofo, que servirá de base al edificio de la República y las Leyes.
El diálogo termina con un deseo y un temor. Sócrates admite que Alcibíades posee el mínimo de cualidades (phýsis) necesarias para convertirse en un político digno de este nombre. Su éxito es seguro si a sus condiciones naturales añade la aplicación y el arte verdadero que controlarán su natural ambicioso. Pero hay que contar son precisiones exteriores, como la influencia de la ciudad, que es la que condenará a Sócrates a muerte y la que apartó Alcibíades del camino que estaba decidido a seguir. El engranaje fatal de la política ateniense echó por tierra sus buenas disposiciones. Se descubre así en las últimas palabras que pronuncia Sócrates un deseo de explicar el fracaso histórico de la pedadodía del maestro.

Platón: Alcibíades I o Sobre la naturaleza del hombre en Diálogos VII. Dudosos, apócrifos, cartas (Gredos, 1992)
Trad.: Juan Zaragoza y Pilar Gómez Cardó

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