Τετάρτη, 10 Φεβρουαρίου 2010

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Eugenio Delacroix (Francia, 1798-1863): Les limbes
(Demóstenes, Xenofón, Alcibíades, Platón, Sócrates, Aspasia,
Ápelles, Alejandro Magno, Aristóteles, Achile)

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Σάββατο, 30 Ιανουαρίου 2010

ΚΑΤΑ ΑΛΚΙΒΙΑΔΟΥ


Félix Auvray (Francia, 1830-1833):
Alcibíades con las cortesanas
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Él es tan diferente de los lacedemonios que mientras ellos aceptan sus derrotas, incluso con sus aliados cuando compiten en su contra, él ni con sus conciudadanos, sino que abiertamente ha declarado que no va a permitirlo a ninguno de los que deseen rivalizar con él. De aquí que, de tal conducta, las ciudades se ven obligadas a simpatizar con nuestros enemigos y a sentir odio con nosotros.
(…) el autor de la ley tenía la siguiente intención: al observar que algunos ciudadanos eran más poderosos que los magistrados y las leyes de modo que no era posible castigarlos por medio de un proceso privado, dispuso de una venganza pública en defensa de quienes son injuriados. Pues bien, por mi parte he sido objeto de cuatro juicios públicos y a nadie que lo quisiera le impedí intentarme juicios privados. En cambio, Alcibíades, aunque cometió tan graves delitos, en ninguna ocasión ha tenido el valor de someterse a algún juicio, pues es tan cruel que las personas, en vez de vengarse por los delitos que cometió, tienen temor de él por el que haga en el futuro, y a quienes han sufrido algún mal, les conviene soportarlo; pero él no se contenta si no realiza lo demás que se le antoje.
(…)
Así pues, es propio de Alcibíades el no preocuparse él mismo de las leyes y de los juramentos y el tratar que vosotros aprendáis a transgredirlos, el hacer exiliar a los demás y condenarlos a muerte sin piedad, y el rogar el mismo y llorar desconsoladamente. Y esto no me admira, pues él ha hecho actos dignos de muchos lamentos.

Contra Alcibíades
en Andócides: Discursos (Universidad Nacional Autónoma de México, 1996)
Versión de Gerardo Ramírez Vidal

Τετάρτη, 20 Ιανουαρίου 2010


Louis-Jean-Francois Lagrenee ( Francia, 1725-1805 )

Κυριακή, 10 Ιανουαρίου 2010

ΑΛΚΙΒΙΑΔΗΣ Ή ΠΕΡΙ ΠΡΟΣΕΥΧΗΣ 2


Henryk Siemiradzki (Polonia, 1843-1902)

Alcibíades II o de la oración
Traducción: Patricio de Azcárate

(para leer el texto pulsen aquí )

Τετάρτη, 30 Δεκεμβρίου 2009

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Etienne (Dom Orejudos) [EEUU, 1933- 1991]:
Alcibíades

Δευτέρα, 21 Δεκεμβρίου 2009

ΑΛΚΙΒΙΑΔΗΣ Ή ΠΕΡΙ ΠΡΟΣΕΥΧΗΣ 1

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Alcibíades II
Introducción
Citado en la cuarta tetralogía de Trásilo, juntamente con el Alcibíades I, el Hiparco y los Rivales, e incluido por Diógenes Laercio entre los cincuenta y seis escritos considerados auténticos de Platón, actualmente la crítica lo considera apócrifo. Para Souilhé es una imitación del Alcibíades I y habría que fecharlo en la última parte del siglo IV o principios del III. El erudito alemán Brünnecke, apoyándose en algunas “veladas alusiones”, deduce que pertenece a la época de abierta hostilidad de Atenas hacia Macedonia y cree ver en las advertencias de Alcibíades posibles referencias del autor a Alejandro.
El tema es que no hay que elevar plegarias a la ligera, sino después de una cuidadosa reflexión, ya que un hombre insensato corre el peligro de que sus plegarias sean para él causa de males gravísimos (es la misma moral que en Leyes 688b). Es el riesgo a que se expone el exaltado Alcibíades. La conclusión es que debe mantenerse tranquilo de momento, hasta que sea debidamente instruido por su maestro (Sócrates), a quien Alcibíades corona como presagio de victoria sobre el espíritu de su discípulo.
Todos los testimonios escritos que nos quedan demuestran que las relaciones de Sócrates con Alcibíades fueron muy exploradas por la literatura filosófica o sofística: entre ellos, dos diálogos completos atribuidos a Platón. La fuerte personalidad de Alcibíades se prestaba a ello, pero además, después de la muerte de Sócrates, la opinión popular le incluía entre los que habían estado influidos por su formación. Había que responder a las calumnias (recuérdese la acusación del rétor Polícrates, entre ellas) y acelerar las verdaderas relaciones entre los dos personajes. Jenofonte en Memorables (I2) y los autores de diálogos ponen de relieve la integridad y sabiduría de las lecciones socráticas, pero es difícil establecer analogías entre las distintas obras.
En el caso concreto de los dos Alcibíades, un estudio comparativo permite llegar a la conclusión de que el segundo no sólo es posterior al primero, sino que depende de él.
El estudio de la lengua nos da el carácter tardío de la composición, ya que encontramos algunas expresiones no áticas, pero el paralelismo de ideas descubre procedimientos de imitación y permite considerar el segundo como un plagio. Cf. A título de ejemplo Alcibíades 105ª y ss. Y su réplica en el segundo Alcibíades (141ª, b), dependiente del anterior, a pesar de que se llega a conclusiones distintas.
En cuanto a la época del segundo, algunos han querido ver en él tendencias cínicas o estoicas, pero platónicas en resumen: si bien el argumento de los primeros capítulos parece identificar insensatez y locura, el autor del segundo Alcibíades rechaza más tarde tal asimilación al establecer varios tipos de insensatez (aphrosyne), uno de los cuales sería la locura.
En cuanto al tipo de plegaria que Sócrates sugiere, aunque se encuentra entre los cónicos, también la usaban los pitagóricos, y los dos versos que se citan proceden de fuentes pitagóricas.
El diálogo recuerda ante todo la manera de los primeros escritos platónicos. Su doctrina religiosa no difiere de la de Platón. Su autor es un socrático y platónico fiel a la doctrina de sus dos maestros, que trató de difundir ante todo las ideas de religión basadas en la justicia y la sabiduría de espíritu, predominantes en la Academia a fines del siglo IV.

Platón: Diálogos VII. Dudosos, apócrifos, cartas (Gredos, 1992)
Trad.: Juan Zaragoza y Pilar Gómez Cardó

Πέμπτη, 10 Δεκεμβρίου 2009

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Nicolas-André Monsiau (Francia, 1754 – 1837)
Sócrates y Alcibíades en la casa de Aspasia

Δευτέρα, 30 Νοεμβρίου 2009

ΑΛΚΙΒΙΑΔΗΣ 'Η ΠΕΡΙ ΑΝΘΡΩΠΟΥ ΦΥΣΕΩΣ 4

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Alcibíades I o de la naturaleza humana
Traducción: Patricio de Azcárate
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(para leer el texto pulsen aquí )
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Παρασκευή, 20 Νοεμβρίου 2009

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Karl von Blaas (Austria, 1815-1894)

Παρασκευή, 13 Νοεμβρίου 2009

ΑΛΚΙΒΙΑΔΗΣ Η΄ ΠΕΡΙ ΑΝΘΡΩΠΟΥ ΦΥΣΕΩΣ 3

Francesco Hayez (Italia, 1791-1882):
Sócrates y Alcibíades
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Introducción (3)
La segunda parte del diálogo, donde empieza la mayéutica, precisa la naturaleza de su objeto. Segunda parte: 124b al final.
Los dos interlocutores se ponen de acuerdo en la necesidad de perfeccionarse (áristos gígnesthai). ¿Pero en qué areté?, pregunta Sócrates. Sigue como un deslizamiento del concepto de areté, emparentada con áristos, a la noción de téchne y luego de epistéme. Areté se presenta como la aptitud de hecho, la excelencia de quien posee una téchne, y epistéme se presenta como la ciencia que justifica la téchne. Esta evolución de términos corresponde de hecho a tres escalones de la progresión dialéctica: de la proposición «¿qué hace el hombre político?» se pasa a la pregunta «¿cuál es su areté?», y luego a «¿qué ciencia preside esta actividad?».
La respuesta de Alcibíades es ésta: ¿cómo llamas tú a la ciencia (epistéme) de los que participan en política (politeía)? El buen consejo (eubulia). Dice Sócrates.
Siempre por medio de las técnicas, el razonamiento lleva a la conclusión de que el hombre es distinto del cuerpo que emplea como instrumento, y que es el alma la que constituye la esencia misma del hombre. En consecuencia, si la sabiduría (sophrosýne) consiste en conocerse a sí mismo, nadie es sabio (sóphron) por la capacidad (téchne) que posee. Hay que entrar más a fondo en el universo del ser verdadero: hay en el alma, dice Sócrates, una parte en la que reside su función propia (areté), la «inteligencia» (sophía), sede del saber (to eidénai) y del pensamiento (to pgroneín). Lo que hay que considerar es este reflejo en nosotros de la divinidad, la intelección (phrónesis). Sin este reflejo en nosotros de sí, llamado shophrosýne, no se puede saber lo que es lo propio de uno. Un político que carezca de él está condenado a equivocarse (hamartánein) y a fracasar (kakós práttein) en sus empresas, tanto privadas como públicas, a ser desgraciado y a arrastrar a sus conciudadanos a la desgracia. No se puede ser feliz si no se es sabio (sóphron) y virtuoso (agathos). La virtud (areté) es por ello lo primero que hay que dar a los ciudadanos. El político no debe adquirir la libertad y el poder absolutos, sino la justicia y la sabiduría. Así será grato a los dioses y asegurará su felicidad (theophilos práttein - eudaimonein). La conclusión para Alcibíades se impone: debe, con la ayuda del dios, liberarse de su esclavitud aplicándose a la justicia. Sócrates le exhorta a ello, pero expresa sus temores. No desconfía de la phýsis del joven, pero teme el poder de la ciudad (132b.135e).
El final del diálogo alcanza una profundidad y una densidad notables. Sócrates se deja llevar por su vehemencia, y su exposición por momentos es algo incoherente. Se adivina entre líneas el problema de la virtud-ciencia y el de la unidad de la virtud. Al final se aporta una importante decisión. Sócrates afirma que sin el conocimiento de uno mismo, todo lo demás no es nada, pues es propio de una misma persona y de un solo arte (téchne) distinguir entre el sujeto, lo que es suyo y lo que depende de esto. Los ciudadanos, y en particular los artesanos, necesitan tener este «suplemento de alma» que les permita acceder al conocimiento verdadero. Sócrates no nos dice cómo dárselo, pero, en segundo término, del Alcibíades se adivina ya la gran idea del guardián-filósofo, que servirá de base al edificio de la República y las Leyes.
El diálogo termina con un deseo y un temor. Sócrates admite que Alcibíades posee el mínimo de cualidades (phýsis) necesarias para convertirse en un político digno de este nombre. Su éxito es seguro si a sus condiciones naturales añade la aplicación y el arte verdadero que controlarán su natural ambicioso. Pero hay que contar son precisiones exteriores, como la influencia de la ciudad, que es la que condenará a Sócrates a muerte y la que apartó Alcibíades del camino que estaba decidido a seguir. El engranaje fatal de la política ateniense echó por tierra sus buenas disposiciones. Se descubre así en las últimas palabras que pronuncia Sócrates un deseo de explicar el fracaso histórico de la pedadodía del maestro.

Platón: Alcibíades I o Sobre la naturaleza del hombre en Diálogos VII. Dudosos, apócrifos, cartas (Gredos, 1992)
Trad.: Juan Zaragoza y Pilar Gómez Cardó

Παρασκευή, 30 Οκτωβρίου 2009

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Peter Paul Rubens ( Bélgica, 1577 - 1640):
Sócrates y Alcibíades

Τρίτη, 20 Οκτωβρίου 2009

ΑΛΚΙΒΙΑΔΗΣ Η΄ ΠΕΡΙ ΑΝΘΡΩΠΟΥ ΦΥΣΕΩΣ 2

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José Aparício (España, 1773 — 1838)
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Introducción (2)
Hay un prólogo (103a-124b) que nos presenta un Alcibíades jovencísimo, de veinte años apenas cumplidos, en una escena que pudo desarrollarse en el año 430 lo más tarde. Sócrates se presenta de entrada como el auxiliar indispensable en las ambiciones políticas del joven, a quien no pueden bastarle sus privilegios naturales ni la posición social de que disfruta. Para dar consejos a la asamblea del pueblo, se necesitan conocimientos precisos. Para ello hay que tener un maestro y conciencia de la propia ignorancia. Alcibíades sólo ha frencuentado maestros de gramática, cítara y lucha: ¿podrá tomar la palabra en temas de guerra y paz, y en general los que interesan a la ciudad? Para preciar, Sócrates le da una lección de método: las guerras surgen de un disentimiento sobre lo husto y lo injusto, cuyo conocimiento hay que tener. Alcibíades reconoce su ignorancia. Para justificar la turbación del joven, Sócrates aclara que hay dos clases de ignorancia: una consiste en no saber algo y darse cuenta de ello; la otra consiste en no saber lo que en realidad no se sabe. Es esta última la que produce la confusión del alma y los errores de comportamiento. Es tanto más importante en cuanto que afecta a los temas más graves (tá mégista). Es el mal de la mayoria de los políticos de la época, con muy pocas excepciones, Pericles entre ellas. Alcibíades toma al pie de la letra esta afirmación de Sócrates y dice que si los hombres políticos de Atenas conviven con esta misma ignorancia (amathía), poco importa que él se instruya (manthánein) ni se ejercite (askeîn), pues los superará a todos con sus aptitudes naturales (phýsis).
Sócrates le hace ver que las únicas riquezas que los griegos pueden hacer prevalecer son la aplicación y la ciencia (epiméleia te kai sophía). Se enfrentan dos realidades: por una parte, la ciencia (téchne o sophía) objeto de aprendizaje (manthánein), y el interés (epiméleia) necesario para adquirirla y ejercerla (askeín); por otra partes, la phýsis, conjunto de disposiciones personales del alma y del cuerpo, que se adquieren al nacer y pueden mejorarse con la educación (trophé kaí paideía) y que desempeñan un papel en la adquisición de la virtud.
Paralelamente se enfrentan dos sistemas educativos; en ambos se reconoce el papel importante que deben desempeñar los educadores. Mientras que los persas y espartanos dan particularmente crédito a la phýsis, Sócrates pone émphasis sobre todo en una téchne que hay que inculcar. Sócrates piensa que el hombre que verdaderamente sabe es el que vive en armonía con sus conocimientos. Su téchne es también una sophía en el sentido moral. La segunda parte de diálogo, donde empieza la mayéutica, precisa la naturaleza del objeto.

Platón: Alcibíades I o Sobre la naturaleza del hombre en Diálogos VII. Dudosos, apócrifos, cartas (Gredos, 1992)
Trad.: Juan Zaragoza y Pilar Gómez Cardó

Σάββατο, 10 Οκτωβρίου 2009

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Anton Petter (Austria, 1781-1858):
Sócrates y Alcibíades

Τετάρτη, 30 Σεπτεμβρίου 2009

ΑΛΚΙΒΙΑΔΗΣ Η΄ ΠΕΡΙ ΑΝΘΡΩΠΟΥ ΦΥΣΕΩΣ 1

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Kristian Zahrtmann (Dinamarca, 1843-1917)
Sócrates y Alcibíades
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Sócrates: -Hijo de Clinias, creo que te sorprende que, después de haber sido yo el primero en enamorarme de ti, sea el único en no abandonarte cuando los demás lo han hecho, a pesar de que, mientras ellos te estuvieron importunando con su conversación, yo a lo largo de tantos años, ni siquiera te dirigí la palabra. Y el motivo de ello no era humano, sino que se trataba de un impedimento divino, cuya presencia conocerás más adelante. He vuelto a ti ahora que ya no se me opone, y tengo la esperanza de que en lo sucesivo no me apartará más. En efecto, durante este tiempo he estado examinado cómo te comportabas con tus admiradores, y me he dado cuenta de que, por numerosos y orgullosos que fueran, ninguno de ellos se ha librado de verse superado por tu arrogancia. (...)
Platón: Alcibíades I o Sobre la naturaleza del hombre en Diálogos VII. Dudosos, apócrifos, cartas (Gredos, 1992)
Trad.: Juan Zaragoza y Pilar Gómez Cardó

Introducción
Es el más importante de los diálogos relacionados con la estancia de Platón en Mégara. Su autenticidad nunca fue puesta en duda en la Antigüedad, que lo tuvo en gran aprecio, fue muy leido en circulos socráticos y se convirtió en el prototipo de las charlas ficticias entre Sócrates y Alcibíades: Antístenes, Esquines de Esfeto y Jenofonte se inspiraron en él probablemente para componer los diversos diálogos en los que aparecen estos dos personajes. Los discípulos de la Academia lo presentaban como una especie de breviario de iniciación a la filosofía de su maestro. Así que mantuvo como objeto de estudio hasta los neoplatónicos. Fue comentado por Proclo y Olimpiodoro, comentarios que todavía se conservan.
Schleiermacher fue el primero que impugnó su autenticidad, y después de él se ha extendido a casi todos los críticos la idea de que este diálogo, en el que Sócrates y Alcibíades discuten sobre justicia y utilidad, sobre el conocimiento de sí mismo y el cuidado del alma, no es de Platón. Se han investigado en las enseñanzas el estilo e incluso el tono y el ritmo (estilometría) psicológico del diálogo, indicios para apoyar esta tesis, que hoy lo elimina prácticamente del catálogo de obras auténticas. A pesar de ello, autores como Friedlaender, Vink o Festugiére lo defienden con todas sus fuerzas. Más recientemente André Motte, partiendo de un análisis riguroso de las nociones de episteme y techne en las obras de Platón, llega igualmente a la conclusión de su autenticidad.
A pesar de todas esas reservas, hay que admitir el mérito literario y filosófico del diálogo, lleno de ideas sugestivas, críticas vivas y agudas, enseñanzas sólidas, que ponen de manifiesto algunas de las excepcionales cualidades que caracterizan el arte de Platón

Platón: Alcibíades I o Sobre la naturaleza del hombre en Diálogos VII. Dudosos, apócrifos, cartas (Gredos, 1992)
Trad.: Juan Zaragoza y Pilar Gómez Cardó

Κυριακή, 20 Σεπτεμβρίου 2009

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Yakov Fyodorovich Kapkov (Rusia, 1816 –1854):
Alcibíades y su amigo
escapándose de su casa incendiada por sus enemigos (1842)

Πέμπτη, 10 Σεπτεμβρίου 2009

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Superioridad intelectual
¡Imaginaos tan sólo la formación del joven Alcibíades, pupilo de Pericles! Desde su infancia estaba habituado a oír hablar de política a personas competentes. A su lado, su intelecto se había agudizado. De niño y de adolescente, conoció en casa de Pericles a las mentes más ilustres de la época. Sin duda aprendió retórica, ya que su tutor era amigo de los grandes sofistas. Sabemos además el afecto que siempre le demostró Sócrates. Con tales maestros y tales ejemplos, ¿cómo no iba a desarrollarse la brillante inteligencia por la que se habían distinguido tanntos miembros de su familia?
Por otra parte, es evidente que nadie cuestionó su visión política ni su amplitud de miras. Tucídides, que no hace del personaje un elogio sin ponerle pegas, dice que la ciudad, al privarese de él, perdió mucho, porque él había «tomado las mejores disposiciones relativas a la guerra». Y frente a una dificultad Alcibíades sabía imaginar en seguida, en cada caso, la solución, la combinación, las medidas a adoptar.
También era persuasivo. (…) Tenía los medios y las dotes. Tenía también la vocación. (…)
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La mistad de Sócrates
Desde luego, la amistad entre el joven y el filósofo se desprende ya del diálogo de Platón, El Banquete, y todos, diálogos y biografías, la confirman. Es una realidad, Sócrates quería a Alcibíades y Alcibíades quería a Sócrates. Aun dejando aparte el aspecto erótico de esa relación, ésta denota que el joven, por lo menos durante un tiempo o a intervalos,estaba profundamente compenetrado con aquel otro ideal que encarnaba Sócrates, el deseo de seguirle por el camino del bien, una cualidad excepcional para la comprensión y la admiración. Al fin y al cabo, a él, el descípulo fallido, confió Platón, a posteriori, la misión de hacer el retrato de su maestro.
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Juventud
Alcibíades nunca fue viejo: murió antes de cumplir los cincuenta años. No obstante, cuando tiene lugar El Banquete, ya no era joven. Nació entre el 452 y el 450. Al empezar la guerra del Peloponeso acababa de emanciparse de la tutela de Pericles. A partir de entonces tiene su casa y sus esclavos. Pronto pondrña asumir responsabilidades políticas. Pero el carácter del hombre sigue siendo el de un adolescente brillante, audaz y un poco irresponsable, y así se le imaginará siempre. La escena de El Banquete se ha situado en el 416: Alcibíades tiene, pues, treinta y cinco años; pero aún se le trata como a un «amado» al que los hombres persiguen con sus atenciones y como un niño mimado que puede decir lo que se le antoje, porque se le perdona todo. En cierto modo, la imagen de este adolescente se ha proyectado en nuestras impresiones y se nos ha impuesto para siempre.
Hay que decir que, en el 416, Platón tenía doce años. Él no conoció al joven Alcibíades. Había entre uno y otro una generación de diferencia. Pero la leyendea de Alcibíades dominaba la imaginación. (…) Es preciso agregar que Alcibíades, que poseía la bellaza hasta rondar la cincuentena, nunca vaciló en encarnar a la juventud. (…) Juventud que, en sus manos, se convierte en un triunfo más, en un arma de seducción de individuos y de multitudes, en un nuevo medio de atracción.
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En realidad vemos cómo su destino lo arrastra y arrastra también a Atenas. Empieza por los pequeños escándalos de un individualista insolente y continúa con las intrigas de una políticaaudaz… hasta el día en que los escándalos repercutan sobre él con violencia. En una democracia, el escandalo es peligroso y siempre lo ha sido.
Los escándalos de Alcibíades empezaron pronto y llegaron lejos…
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Jacqueline de Romilly: Alcibíades (Seix Barral, 1996)

Κυριακή, 30 Αυγούστου 2009

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Triunfal y espectacular es la entrada en escena del personaje (...) en realidad, el recién llegado lo tiene todo.

Belleza
Su primer atributo salta a la vista; Alcibíades es bello, excepcionalmente bello. Lo dicen todos los autores que evocan los asedios amorosos de que fue objeto. (...)
Ahora bien, hay que recordar que en aquel tiempo la belleza era un merito, abiertamente reconocido y celebrado. La belleza, combinada con las cualidades morales, constituía el ideal del hombre cabal, kalów kaiagathós. También podía suscitar admiraciones menos virtuosas, que no se disimulaban, como atestiguan las pinturas de los vasos en los que, para celebrar a algún efebo, no se emplea más término que el de “bello”. A veces, en las crónicas costumbristas de la época encontramos la evocación casi lírica del embeleso que inspiraba la belleza de uno u otro mancebo. Así se ve en El Banquete de Jenofonte, en el que el tema aparece varias veces, y, muy especialmente, en el fervor con que el joven Critóbulo celebra su propia belleza y la de su amigo Clinias; “Yo aceptaría ser ciego para todas las cosas, antes que serlo sólo para Clinias”. Este joven Clinias era primero hermano de Alcibíades.
Volviendo a nuestro héroe, nos gustaría contemplar aquella belleza suya, pero tenemos que contentarnos con imaginar su perfección por las reacciones de sus contemporáneos. No hay descripciones físicas de Alcibíades, ni poseemos de él una imagen auténtica.(...)
Sabemos, sí, que su belleza iba acompañada de donaire y del arte de la seducción. Plutarco se admira de ello desde el comienzo mismo de su biografía; “En cuanto a la belleza de Alcibíades, no hay más que decir sino que floreciendo la se su semblante, de hombre adulto, le hizo siempre amable y gracioco. Pues lo que dijo Eurípides, que en los que son hermosos es también hermoso el otoño, no es así. Éste fue el privilegio de Alcibíades y de algunos otros. Él se lo debe a un buen natural y a una excelente constitución física. En cuanto a su forma de hablar, se dice que hasta su defecto de pronunciación le agraciaba y prestaba a su lenguaje un encanto que contribuía a la persuasión”. (...)
El joven Alcibíades, presuntuoso y provocativo, se paseaba por el ágora con túnica de púrpura que le llegaba hasta el suelo. Era la vendette, el niño mimado de Atenas, al que todo se le permite y se le ríen todas las gracias.

Nobleza
Lo conocían porque no era un culaquiera, ni mucho menos. Alcibíades pertenecía a una familia de las más nobles, lo que no era poco, ni siquiera en la democracia igualitaria que entonces imperaba en Atenas. A mediados del siglo V a.C., las grandes familias gozaban todavía de renombre y autoridad considerables. Pues bien, Alcibíades descendía de las dos familias más aristocraticas. (...)
Pero, para Alcibíades, estos brillantes orígenes no lo eran todo; a la muerte de su padre, que tuvo lugar en el 447, Alcibíades, niño todavía, fue adoptado por su tutor, que no era otro que Pericles. Imposible llegar mñas alto. (...) Imposible imaginar mejor patrimonio para encaminar a un joven hacia la política.

Riqueza
Efectivamente -y esto también cuenta, qué duda cabe- una y otra rama familiar eran gente rica (...) Alcibíades se encontró, pues, en la cuna, valga la expresión, todo lo que el dinero puede aportar para una carrera, desde una brillante educación al lado de los mejores intelectow, hasta los diversos medios de acción que el éxito pueda requerir en cualquier democracia.
No obstante, hay que abrir un paréntesis a propósito de la riqueza de Alcibíades. Porque era tanto lo que gastaba que siempre estaba falto de dinero. (...) No falta quien haya dicho que, en sus momentos de opulencia, gastaba demasiado. Lo mismo sucede en todas las épocas. Y es posible que en su coducta influyera el afán de consolidar sus finanzas. El mismo Tucídides, tan sobrio él, lo dice así: “Sus gastos le hacían ir más allá de lo que permitían sus recursos, tanto en el mantenimiento de su cuadra de caballos como en sus otros gastos”.
Pero también se han exagerado las dificultades ocasionadas por esta tedencia a la prodigalidad. (...) Aunque hubiera dilapidado sus bienes, Alcibíades nunca fue pobre.

Jacqueline de Romilly: Alcibíades (Seix Barral, 1996)

Πέμπτη, 20 Αυγούστου 2009

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Mosaico de Pompeya
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ΤODOS LOS DONES, TODOS LOS MEDIOS...
No es necesario presentar a Alcibíades: Platón se encargó de hacerlo en páginas inolvidable. En El Banquete imaginó una reunión de hombres eminentes que, alrededor de una mesa, hablan del amor. Son unos cuantos. Hablan, escuchan, el dialogo progresa. Pero, avanzada la discusión, llega, mucho después que los otros, un último personaje. Su entrada se ha demorado hasta el final, para mayor efecto, y súbitamente todo se anima. Suenan golpes en la puerta acompañados de algazara y del sonido de una flauta. ¿Quién llega tan tarde? Es Alcibíades, completamente ebrio, sostenido por la flautista.
“Allí estaba, en el umbral de la sala, llevaba una guirnalda de violetas y hiedra con numerosas cintas”
Todos le saludan y se instala al lado del dueño de la casa. Al otro lado está Sócrates, al que en un principio no ve el recién llegado. Luego entran en conversación el joven coronado de hiedra y el filósofo: a partir de este momento el diálogo se desarolla entre los dos.
Triunfal y espectacular es la entrada en escena del personaje, y en ella está contenida ya, en germen, toda su seducción y también todos sus defectos, más o menos escandalosos.
Se le aclama, se le da la bienvenida; ¿por qué? Todos los presentes en el banquete lo saben; pero, veinticinco siglos después es necesario puntualizar. En realidad, el recién llegado lo tiene todo.

Jacqueline de Romilly: Alcibíades (Seix Barral, 1996)

Δευτέρα, 10 Αυγούστου 2009

ΖΑΚΛΙΝ ΝΤΕ ΡΟΜΙΓΙ: ΑΛΚΙΒΙΑΔΗΣ 1

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Jacqueline de Romilly: Alcibíades
Prólogo
La vida de Alcibíades es una serie de impresionantes aventuras y peripecias. Este joven, ahijado de Pericles, cuyo trato cultivaba Sócrates, estuvo en el centro de toda la vida política de finales del siglo V a.C. Empujado por la ambición y dotado de un talento extraordinario, determinó primero la política de Atenas; después, la de Esparta y, por último, la de los sátrapas persas. Su vida tuvo altibajos dignos de una tragedia griega: en Atenas, Alcibíades marcaba la pauta en todo, pero pronto tuvo que huir de la ciudad, que lo condenó a muerte; al cabo de varios años, regresó como salvador, entre honores y homenajes, para ser exiliado de nuevo por una decisión política, en una aldea de la Alta Frigia donde acabó asesinado. Siguiendo su trayectoria, pasamos de una ciudad a otra, de Sicilia a Lidia, y de un proyecto a otro, acompañados de la pertinaz piedra de escándalo que sus amores e insolencias ponen en su carrera.
Esta vida de aventuras no se desarrolla en un ambiente normal. La guerra de Peloponeso, en la que él desempeñó un papel decisivo, fue uno de los principales puntos de inflexión de la historia griega: empezó cuando Atenas estaba en la cúspide de su poderío y de su esplendor y terminó en una derrota aplastante: Atenas perdió su imperio y su flota, y aquí acabó el siglo de los grandes trágicos y de la gloria. Pues bien, Alcibíades influyó en todas las decisiones, tanto en un bando como en el otro; le cabe, una responsabilidad innegableen el desaguisado. Por otra parte, murió el mismo año de la derrota de Atenas. Desde todos los puntos de vista, su aventura personal pasa por los momentos cruciales de la historia de Atenas. Por esta misma razón, su figura centró la atención de los más grandes espíritus de la época, a los que movió a la reflexión. Nada más emprezar; hemos mencionado a Pericles y a Sócrates: el que dio su nombre al siglo y el fundador de la filosofía occidental, ¡Casi nada! Pero pueden agregarse otros muchos nombres. Alcibíades es uno de los personajes de Tucídides, el gran historiador de la época. Platón lo menciona con frecuencia. Aparece en los escritos de Jenofonte, tanto en las obras históricas como en sus recuerdos de Sócrates. Otros, como Aristófanes o Eurípides, hacen alusiones o transposiciones del personaje y otros, como Isócrates y Lisias, disertaron sobre su trayectoria y su carñacter inmediatamente despuéd de su muerte.
En efecto, existía el problema de Alcibíades. Porque este pupilo de Pericles parecía haber seguido en política el rumbo opuesto al de su maestro. Y, durante veinticinco años, se observó que este cambio de rumbo coincidía con la ruina de Atenas (...)
Podemos añadir, incluso, que la vida de Alcibíades planteó en el siglo V dos problemas de política que hoy siguen siendo de actualidad.
En primer lugar, Alcibíades encarna el imperialismo ateniense en su forma extrema y conquistadora, y en las imprudencias que provocaron su caída. Este personaje, que iluminan los análisis de Tucídides, nos permite, pues, hacer unas reflexiones sobre el espíritu de conquista.
Por otro lado, Alcibíades es la figura que antepone la ambición personal al interés común. En esto es exponente del análisis de Tucícides que muestra cómo los sucesores de Pericles, incapaces de imponerse por méritos como hiciera él, se vieron reducidos a la necesidad de halagar al pueblo y recurrir a las intrigas personales, nefastas para la colectividad. Así pues, toda reflexión sobre los problemas de la democracia en general gana con el examen de las rocambolescas aventuras de Alcibíades, que iluminan los análisis de Tucídides y de los filósofos del siglo IV.
Alcibíades es un caso único y extraordinario, pero también es un ejemplo típico que a cada instante ùede servirnos de modelo. (...)

Jacqueline de Romilly: Alcibíades (Seix Barral, 1996)

Παρασκευή, 31 Ιουλίου 2009

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Grabado del fin del siglo XIX