Τετάρτη, 30 Δεκεμβρίου 2009

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Etienne (Dom Orejudos) [EEUU, 1933- 1991]:
Alcibíades

Δευτέρα, 21 Δεκεμβρίου 2009

ΑΛΚΙΒΙΑΔΗΣ Ή ΠΕΡΙ ΠΡΟΣΕΥΧΗΣ 1

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Alcibíades II
Introducción
Citado en la cuarta tetralogía de Trásilo, juntamente con el Alcibíades I, el Hiparco y los Rivales, e incluido por Diógenes Laercio entre los cincuenta y seis escritos considerados auténticos de Platón, actualmente la crítica lo considera apócrifo. Para Souilhé es una imitación del Alcibíades I y habría que fecharlo en la última parte del siglo IV o principios del III. El erudito alemán Brünnecke, apoyándose en algunas “veladas alusiones”, deduce que pertenece a la época de abierta hostilidad de Atenas hacia Macedonia y cree ver en las advertencias de Alcibíades posibles referencias del autor a Alejandro.
El tema es que no hay que elevar plegarias a la ligera, sino después de una cuidadosa reflexión, ya que un hombre insensato corre el peligro de que sus plegarias sean para él causa de males gravísimos (es la misma moral que en Leyes 688b). Es el riesgo a que se expone el exaltado Alcibíades. La conclusión es que debe mantenerse tranquilo de momento, hasta que sea debidamente instruido por su maestro (Sócrates), a quien Alcibíades corona como presagio de victoria sobre el espíritu de su discípulo.
Todos los testimonios escritos que nos quedan demuestran que las relaciones de Sócrates con Alcibíades fueron muy exploradas por la literatura filosófica o sofística: entre ellos, dos diálogos completos atribuidos a Platón. La fuerte personalidad de Alcibíades se prestaba a ello, pero además, después de la muerte de Sócrates, la opinión popular le incluía entre los que habían estado influidos por su formación. Había que responder a las calumnias (recuérdese la acusación del rétor Polícrates, entre ellas) y acelerar las verdaderas relaciones entre los dos personajes. Jenofonte en Memorables (I2) y los autores de diálogos ponen de relieve la integridad y sabiduría de las lecciones socráticas, pero es difícil establecer analogías entre las distintas obras.
En el caso concreto de los dos Alcibíades, un estudio comparativo permite llegar a la conclusión de que el segundo no sólo es posterior al primero, sino que depende de él.
El estudio de la lengua nos da el carácter tardío de la composición, ya que encontramos algunas expresiones no áticas, pero el paralelismo de ideas descubre procedimientos de imitación y permite considerar el segundo como un plagio. Cf. A título de ejemplo Alcibíades 105ª y ss. Y su réplica en el segundo Alcibíades (141ª, b), dependiente del anterior, a pesar de que se llega a conclusiones distintas.
En cuanto a la época del segundo, algunos han querido ver en él tendencias cínicas o estoicas, pero platónicas en resumen: si bien el argumento de los primeros capítulos parece identificar insensatez y locura, el autor del segundo Alcibíades rechaza más tarde tal asimilación al establecer varios tipos de insensatez (aphrosyne), uno de los cuales sería la locura.
En cuanto al tipo de plegaria que Sócrates sugiere, aunque se encuentra entre los cónicos, también la usaban los pitagóricos, y los dos versos que se citan proceden de fuentes pitagóricas.
El diálogo recuerda ante todo la manera de los primeros escritos platónicos. Su doctrina religiosa no difiere de la de Platón. Su autor es un socrático y platónico fiel a la doctrina de sus dos maestros, que trató de difundir ante todo las ideas de religión basadas en la justicia y la sabiduría de espíritu, predominantes en la Academia a fines del siglo IV.

Platón: Diálogos VII. Dudosos, apócrifos, cartas (Gredos, 1992)
Trad.: Juan Zaragoza y Pilar Gómez Cardó

Πέμπτη, 10 Δεκεμβρίου 2009

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Nicolas-André Monsiau (Francia, 1754 – 1837)
Sócrates y Alcibíades en la casa de Aspasia

Δευτέρα, 30 Νοεμβρίου 2009

ΑΛΚΙΒΙΑΔΗΣ 'Η ΠΕΡΙ ΑΝΘΡΩΠΟΥ ΦΥΣΕΩΣ 4

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Alcibíades I o de la naturaleza humana
Traducción: Patricio de Azcárate
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(para leer el texto pulsen aquí )
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Παρασκευή, 20 Νοεμβρίου 2009

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Karl von Blaas (Austria, 1815-1894)

Παρασκευή, 13 Νοεμβρίου 2009

ΑΛΚΙΒΙΑΔΗΣ Η΄ ΠΕΡΙ ΑΝΘΡΩΠΟΥ ΦΥΣΕΩΣ 3

Francesco Hayez (Italia, 1791-1882):
Sócrates y Alcibíades
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Introducción (3)
La segunda parte del diálogo, donde empieza la mayéutica, precisa la naturaleza de su objeto. Segunda parte: 124b al final.
Los dos interlocutores se ponen de acuerdo en la necesidad de perfeccionarse (áristos gígnesthai). ¿Pero en qué areté?, pregunta Sócrates. Sigue como un deslizamiento del concepto de areté, emparentada con áristos, a la noción de téchne y luego de epistéme. Areté se presenta como la aptitud de hecho, la excelencia de quien posee una téchne, y epistéme se presenta como la ciencia que justifica la téchne. Esta evolución de términos corresponde de hecho a tres escalones de la progresión dialéctica: de la proposición «¿qué hace el hombre político?» se pasa a la pregunta «¿cuál es su areté?», y luego a «¿qué ciencia preside esta actividad?».
La respuesta de Alcibíades es ésta: ¿cómo llamas tú a la ciencia (epistéme) de los que participan en política (politeía)? El buen consejo (eubulia). Dice Sócrates.
Siempre por medio de las técnicas, el razonamiento lleva a la conclusión de que el hombre es distinto del cuerpo que emplea como instrumento, y que es el alma la que constituye la esencia misma del hombre. En consecuencia, si la sabiduría (sophrosýne) consiste en conocerse a sí mismo, nadie es sabio (sóphron) por la capacidad (téchne) que posee. Hay que entrar más a fondo en el universo del ser verdadero: hay en el alma, dice Sócrates, una parte en la que reside su función propia (areté), la «inteligencia» (sophía), sede del saber (to eidénai) y del pensamiento (to pgroneín). Lo que hay que considerar es este reflejo en nosotros de la divinidad, la intelección (phrónesis). Sin este reflejo en nosotros de sí, llamado shophrosýne, no se puede saber lo que es lo propio de uno. Un político que carezca de él está condenado a equivocarse (hamartánein) y a fracasar (kakós práttein) en sus empresas, tanto privadas como públicas, a ser desgraciado y a arrastrar a sus conciudadanos a la desgracia. No se puede ser feliz si no se es sabio (sóphron) y virtuoso (agathos). La virtud (areté) es por ello lo primero que hay que dar a los ciudadanos. El político no debe adquirir la libertad y el poder absolutos, sino la justicia y la sabiduría. Así será grato a los dioses y asegurará su felicidad (theophilos práttein - eudaimonein). La conclusión para Alcibíades se impone: debe, con la ayuda del dios, liberarse de su esclavitud aplicándose a la justicia. Sócrates le exhorta a ello, pero expresa sus temores. No desconfía de la phýsis del joven, pero teme el poder de la ciudad (132b.135e).
El final del diálogo alcanza una profundidad y una densidad notables. Sócrates se deja llevar por su vehemencia, y su exposición por momentos es algo incoherente. Se adivina entre líneas el problema de la virtud-ciencia y el de la unidad de la virtud. Al final se aporta una importante decisión. Sócrates afirma que sin el conocimiento de uno mismo, todo lo demás no es nada, pues es propio de una misma persona y de un solo arte (téchne) distinguir entre el sujeto, lo que es suyo y lo que depende de esto. Los ciudadanos, y en particular los artesanos, necesitan tener este «suplemento de alma» que les permita acceder al conocimiento verdadero. Sócrates no nos dice cómo dárselo, pero, en segundo término, del Alcibíades se adivina ya la gran idea del guardián-filósofo, que servirá de base al edificio de la República y las Leyes.
El diálogo termina con un deseo y un temor. Sócrates admite que Alcibíades posee el mínimo de cualidades (phýsis) necesarias para convertirse en un político digno de este nombre. Su éxito es seguro si a sus condiciones naturales añade la aplicación y el arte verdadero que controlarán su natural ambicioso. Pero hay que contar son precisiones exteriores, como la influencia de la ciudad, que es la que condenará a Sócrates a muerte y la que apartó Alcibíades del camino que estaba decidido a seguir. El engranaje fatal de la política ateniense echó por tierra sus buenas disposiciones. Se descubre así en las últimas palabras que pronuncia Sócrates un deseo de explicar el fracaso histórico de la pedadodía del maestro.

Platón: Alcibíades I o Sobre la naturaleza del hombre en Diálogos VII. Dudosos, apócrifos, cartas (Gredos, 1992)
Trad.: Juan Zaragoza y Pilar Gómez Cardó

Παρασκευή, 30 Οκτωβρίου 2009

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Peter Paul Rubens ( Bélgica, 1577 - 1640):
Sócrates y Alcibíades

Τρίτη, 20 Οκτωβρίου 2009

ΑΛΚΙΒΙΑΔΗΣ Η΄ ΠΕΡΙ ΑΝΘΡΩΠΟΥ ΦΥΣΕΩΣ 2

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José Aparício (España, 1773 — 1838)
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Introducción (2)
Hay un prólogo (103a-124b) que nos presenta un Alcibíades jovencísimo, de veinte años apenas cumplidos, en una escena que pudo desarrollarse en el año 430 lo más tarde. Sócrates se presenta de entrada como el auxiliar indispensable en las ambiciones políticas del joven, a quien no pueden bastarle sus privilegios naturales ni la posición social de que disfruta. Para dar consejos a la asamblea del pueblo, se necesitan conocimientos precisos. Para ello hay que tener un maestro y conciencia de la propia ignorancia. Alcibíades sólo ha frencuentado maestros de gramática, cítara y lucha: ¿podrá tomar la palabra en temas de guerra y paz, y en general los que interesan a la ciudad? Para preciar, Sócrates le da una lección de método: las guerras surgen de un disentimiento sobre lo husto y lo injusto, cuyo conocimiento hay que tener. Alcibíades reconoce su ignorancia. Para justificar la turbación del joven, Sócrates aclara que hay dos clases de ignorancia: una consiste en no saber algo y darse cuenta de ello; la otra consiste en no saber lo que en realidad no se sabe. Es esta última la que produce la confusión del alma y los errores de comportamiento. Es tanto más importante en cuanto que afecta a los temas más graves (tá mégista). Es el mal de la mayoria de los políticos de la época, con muy pocas excepciones, Pericles entre ellas. Alcibíades toma al pie de la letra esta afirmación de Sócrates y dice que si los hombres políticos de Atenas conviven con esta misma ignorancia (amathía), poco importa que él se instruya (manthánein) ni se ejercite (askeîn), pues los superará a todos con sus aptitudes naturales (phýsis).
Sócrates le hace ver que las únicas riquezas que los griegos pueden hacer prevalecer son la aplicación y la ciencia (epiméleia te kai sophía). Se enfrentan dos realidades: por una parte, la ciencia (téchne o sophía) objeto de aprendizaje (manthánein), y el interés (epiméleia) necesario para adquirirla y ejercerla (askeín); por otra partes, la phýsis, conjunto de disposiciones personales del alma y del cuerpo, que se adquieren al nacer y pueden mejorarse con la educación (trophé kaí paideía) y que desempeñan un papel en la adquisición de la virtud.
Paralelamente se enfrentan dos sistemas educativos; en ambos se reconoce el papel importante que deben desempeñar los educadores. Mientras que los persas y espartanos dan particularmente crédito a la phýsis, Sócrates pone émphasis sobre todo en una téchne que hay que inculcar. Sócrates piensa que el hombre que verdaderamente sabe es el que vive en armonía con sus conocimientos. Su téchne es también una sophía en el sentido moral. La segunda parte de diálogo, donde empieza la mayéutica, precisa la naturaleza del objeto.

Platón: Alcibíades I o Sobre la naturaleza del hombre en Diálogos VII. Dudosos, apócrifos, cartas (Gredos, 1992)
Trad.: Juan Zaragoza y Pilar Gómez Cardó

Σάββατο, 10 Οκτωβρίου 2009

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Anton Petter (Austria, 1781-1858):
Sócrates y Alcibíades

Τετάρτη, 30 Σεπτεμβρίου 2009

ΑΛΚΙΒΙΑΔΗΣ Η΄ ΠΕΡΙ ΑΝΘΡΩΠΟΥ ΦΥΣΕΩΣ 1

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Kristian Zahrtmann (Dinamarca, 1843-1917)
Sócrates y Alcibíades
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Sócrates: -Hijo de Clinias, creo que te sorprende que, después de haber sido yo el primero en enamorarme de ti, sea el único en no abandonarte cuando los demás lo han hecho, a pesar de que, mientras ellos te estuvieron importunando con su conversación, yo a lo largo de tantos años, ni siquiera te dirigí la palabra. Y el motivo de ello no era humano, sino que se trataba de un impedimento divino, cuya presencia conocerás más adelante. He vuelto a ti ahora que ya no se me opone, y tengo la esperanza de que en lo sucesivo no me apartará más. En efecto, durante este tiempo he estado examinado cómo te comportabas con tus admiradores, y me he dado cuenta de que, por numerosos y orgullosos que fueran, ninguno de ellos se ha librado de verse superado por tu arrogancia. (...)
Platón: Alcibíades I o Sobre la naturaleza del hombre en Diálogos VII. Dudosos, apócrifos, cartas (Gredos, 1992)
Trad.: Juan Zaragoza y Pilar Gómez Cardó

Introducción
Es el más importante de los diálogos relacionados con la estancia de Platón en Mégara. Su autenticidad nunca fue puesta en duda en la Antigüedad, que lo tuvo en gran aprecio, fue muy leido en circulos socráticos y se convirtió en el prototipo de las charlas ficticias entre Sócrates y Alcibíades: Antístenes, Esquines de Esfeto y Jenofonte se inspiraron en él probablemente para componer los diversos diálogos en los que aparecen estos dos personajes. Los discípulos de la Academia lo presentaban como una especie de breviario de iniciación a la filosofía de su maestro. Así que mantuvo como objeto de estudio hasta los neoplatónicos. Fue comentado por Proclo y Olimpiodoro, comentarios que todavía se conservan.
Schleiermacher fue el primero que impugnó su autenticidad, y después de él se ha extendido a casi todos los críticos la idea de que este diálogo, en el que Sócrates y Alcibíades discuten sobre justicia y utilidad, sobre el conocimiento de sí mismo y el cuidado del alma, no es de Platón. Se han investigado en las enseñanzas el estilo e incluso el tono y el ritmo (estilometría) psicológico del diálogo, indicios para apoyar esta tesis, que hoy lo elimina prácticamente del catálogo de obras auténticas. A pesar de ello, autores como Friedlaender, Vink o Festugiére lo defienden con todas sus fuerzas. Más recientemente André Motte, partiendo de un análisis riguroso de las nociones de episteme y techne en las obras de Platón, llega igualmente a la conclusión de su autenticidad.
A pesar de todas esas reservas, hay que admitir el mérito literario y filosófico del diálogo, lleno de ideas sugestivas, críticas vivas y agudas, enseñanzas sólidas, que ponen de manifiesto algunas de las excepcionales cualidades que caracterizan el arte de Platón

Platón: Alcibíades I o Sobre la naturaleza del hombre en Diálogos VII. Dudosos, apócrifos, cartas (Gredos, 1992)
Trad.: Juan Zaragoza y Pilar Gómez Cardó

Κυριακή, 20 Σεπτεμβρίου 2009

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Yakov Fyodorovich Kapkov (Rusia, 1816 –1854):
Alcibíades y su amigo
escapándose de su casa incendiada por sus enemigos (1842)

Πέμπτη, 10 Σεπτεμβρίου 2009

ΖΑΚΛΙΝ ΝΤΕ ΡΟΜΙΓΙ: ΑΛΚΙΒΙΑΔΗΣ 4

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Superioridad intelectual
¡Imaginaos tan sólo la formación del joven Alcibíades, pupilo de Pericles! Desde su infancia estaba habituado a oír hablar de política a personas competentes. A su lado, su intelecto se había agudizado. De niño y de adolescente, conoció en casa de Pericles a las mentes más ilustres de la época. Sin duda aprendió retórica, ya que su tutor era amigo de los grandes sofistas. Sabemos además el afecto que siempre le demostró Sócrates. Con tales maestros y tales ejemplos, ¿cómo no iba a desarrollarse la brillante inteligencia por la que se habían distinguido tanntos miembros de su familia?
Por otra parte, es evidente que nadie cuestionó su visión política ni su amplitud de miras. Tucídides, que no hace del personaje un elogio sin ponerle pegas, dice que la ciudad, al privarese de él, perdió mucho, porque él había «tomado las mejores disposiciones relativas a la guerra». Y frente a una dificultad Alcibíades sabía imaginar en seguida, en cada caso, la solución, la combinación, las medidas a adoptar.
También era persuasivo. (…) Tenía los medios y las dotes. Tenía también la vocación. (…)
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La mistad de Sócrates
Desde luego, la amistad entre el joven y el filósofo se desprende ya del diálogo de Platón, El Banquete, y todos, diálogos y biografías, la confirman. Es una realidad, Sócrates quería a Alcibíades y Alcibíades quería a Sócrates. Aun dejando aparte el aspecto erótico de esa relación, ésta denota que el joven, por lo menos durante un tiempo o a intervalos,estaba profundamente compenetrado con aquel otro ideal que encarnaba Sócrates, el deseo de seguirle por el camino del bien, una cualidad excepcional para la comprensión y la admiración. Al fin y al cabo, a él, el descípulo fallido, confió Platón, a posteriori, la misión de hacer el retrato de su maestro.
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Juventud
Alcibíades nunca fue viejo: murió antes de cumplir los cincuenta años. No obstante, cuando tiene lugar El Banquete, ya no era joven. Nació entre el 452 y el 450. Al empezar la guerra del Peloponeso acababa de emanciparse de la tutela de Pericles. A partir de entonces tiene su casa y sus esclavos. Pronto pondrña asumir responsabilidades políticas. Pero el carácter del hombre sigue siendo el de un adolescente brillante, audaz y un poco irresponsable, y así se le imaginará siempre. La escena de El Banquete se ha situado en el 416: Alcibíades tiene, pues, treinta y cinco años; pero aún se le trata como a un «amado» al que los hombres persiguen con sus atenciones y como un niño mimado que puede decir lo que se le antoje, porque se le perdona todo. En cierto modo, la imagen de este adolescente se ha proyectado en nuestras impresiones y se nos ha impuesto para siempre.
Hay que decir que, en el 416, Platón tenía doce años. Él no conoció al joven Alcibíades. Había entre uno y otro una generación de diferencia. Pero la leyendea de Alcibíades dominaba la imaginación. (…) Es preciso agregar que Alcibíades, que poseía la bellaza hasta rondar la cincuentena, nunca vaciló en encarnar a la juventud. (…) Juventud que, en sus manos, se convierte en un triunfo más, en un arma de seducción de individuos y de multitudes, en un nuevo medio de atracción.
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En realidad vemos cómo su destino lo arrastra y arrastra también a Atenas. Empieza por los pequeños escándalos de un individualista insolente y continúa con las intrigas de una políticaaudaz… hasta el día en que los escándalos repercutan sobre él con violencia. En una democracia, el escandalo es peligroso y siempre lo ha sido.
Los escándalos de Alcibíades empezaron pronto y llegaron lejos…
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Jacqueline de Romilly: Alcibíades (Seix Barral, 1996)

Κυριακή, 30 Αυγούστου 2009

ΖΑΚΛΙΝ ΝΤΕ ΡΟΜΙΓΙ: ΑΛΚΙΒΙΑΔΗΣ 3

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Triunfal y espectacular es la entrada en escena del personaje (...) en realidad, el recién llegado lo tiene todo.

Belleza
Su primer atributo salta a la vista; Alcibíades es bello, excepcionalmente bello. Lo dicen todos los autores que evocan los asedios amorosos de que fue objeto. (...)
Ahora bien, hay que recordar que en aquel tiempo la belleza era un merito, abiertamente reconocido y celebrado. La belleza, combinada con las cualidades morales, constituía el ideal del hombre cabal, kalów kaiagathós. También podía suscitar admiraciones menos virtuosas, que no se disimulaban, como atestiguan las pinturas de los vasos en los que, para celebrar a algún efebo, no se emplea más término que el de “bello”. A veces, en las crónicas costumbristas de la época encontramos la evocación casi lírica del embeleso que inspiraba la belleza de uno u otro mancebo. Así se ve en El Banquete de Jenofonte, en el que el tema aparece varias veces, y, muy especialmente, en el fervor con que el joven Critóbulo celebra su propia belleza y la de su amigo Clinias; “Yo aceptaría ser ciego para todas las cosas, antes que serlo sólo para Clinias”. Este joven Clinias era primero hermano de Alcibíades.
Volviendo a nuestro héroe, nos gustaría contemplar aquella belleza suya, pero tenemos que contentarnos con imaginar su perfección por las reacciones de sus contemporáneos. No hay descripciones físicas de Alcibíades, ni poseemos de él una imagen auténtica.(...)
Sabemos, sí, que su belleza iba acompañada de donaire y del arte de la seducción. Plutarco se admira de ello desde el comienzo mismo de su biografía; “En cuanto a la belleza de Alcibíades, no hay más que decir sino que floreciendo la se su semblante, de hombre adulto, le hizo siempre amable y gracioco. Pues lo que dijo Eurípides, que en los que son hermosos es también hermoso el otoño, no es así. Éste fue el privilegio de Alcibíades y de algunos otros. Él se lo debe a un buen natural y a una excelente constitución física. En cuanto a su forma de hablar, se dice que hasta su defecto de pronunciación le agraciaba y prestaba a su lenguaje un encanto que contribuía a la persuasión”. (...)
El joven Alcibíades, presuntuoso y provocativo, se paseaba por el ágora con túnica de púrpura que le llegaba hasta el suelo. Era la vendette, el niño mimado de Atenas, al que todo se le permite y se le ríen todas las gracias.

Nobleza
Lo conocían porque no era un culaquiera, ni mucho menos. Alcibíades pertenecía a una familia de las más nobles, lo que no era poco, ni siquiera en la democracia igualitaria que entonces imperaba en Atenas. A mediados del siglo V a.C., las grandes familias gozaban todavía de renombre y autoridad considerables. Pues bien, Alcibíades descendía de las dos familias más aristocraticas. (...)
Pero, para Alcibíades, estos brillantes orígenes no lo eran todo; a la muerte de su padre, que tuvo lugar en el 447, Alcibíades, niño todavía, fue adoptado por su tutor, que no era otro que Pericles. Imposible llegar mñas alto. (...) Imposible imaginar mejor patrimonio para encaminar a un joven hacia la política.

Riqueza
Efectivamente -y esto también cuenta, qué duda cabe- una y otra rama familiar eran gente rica (...) Alcibíades se encontró, pues, en la cuna, valga la expresión, todo lo que el dinero puede aportar para una carrera, desde una brillante educación al lado de los mejores intelectow, hasta los diversos medios de acción que el éxito pueda requerir en cualquier democracia.
No obstante, hay que abrir un paréntesis a propósito de la riqueza de Alcibíades. Porque era tanto lo que gastaba que siempre estaba falto de dinero. (...) No falta quien haya dicho que, en sus momentos de opulencia, gastaba demasiado. Lo mismo sucede en todas las épocas. Y es posible que en su coducta influyera el afán de consolidar sus finanzas. El mismo Tucídides, tan sobrio él, lo dice así: “Sus gastos le hacían ir más allá de lo que permitían sus recursos, tanto en el mantenimiento de su cuadra de caballos como en sus otros gastos”.
Pero también se han exagerado las dificultades ocasionadas por esta tedencia a la prodigalidad. (...) Aunque hubiera dilapidado sus bienes, Alcibíades nunca fue pobre.

Jacqueline de Romilly: Alcibíades (Seix Barral, 1996)

Πέμπτη, 20 Αυγούστου 2009

ΖΑΚΛΙΝ ΝΤΕ ΡΟΜΙΓΙ: ΑΛΚΙΒΙΑΔΗΣ 2

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Mosaico de Pompeya
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ΤODOS LOS DONES, TODOS LOS MEDIOS...
No es necesario presentar a Alcibíades: Platón se encargó de hacerlo en páginas inolvidable. En El Banquete imaginó una reunión de hombres eminentes que, alrededor de una mesa, hablan del amor. Son unos cuantos. Hablan, escuchan, el dialogo progresa. Pero, avanzada la discusión, llega, mucho después que los otros, un último personaje. Su entrada se ha demorado hasta el final, para mayor efecto, y súbitamente todo se anima. Suenan golpes en la puerta acompañados de algazara y del sonido de una flauta. ¿Quién llega tan tarde? Es Alcibíades, completamente ebrio, sostenido por la flautista.
“Allí estaba, en el umbral de la sala, llevaba una guirnalda de violetas y hiedra con numerosas cintas”
Todos le saludan y se instala al lado del dueño de la casa. Al otro lado está Sócrates, al que en un principio no ve el recién llegado. Luego entran en conversación el joven coronado de hiedra y el filósofo: a partir de este momento el diálogo se desarolla entre los dos.
Triunfal y espectacular es la entrada en escena del personaje, y en ella está contenida ya, en germen, toda su seducción y también todos sus defectos, más o menos escandalosos.
Se le aclama, se le da la bienvenida; ¿por qué? Todos los presentes en el banquete lo saben; pero, veinticinco siglos después es necesario puntualizar. En realidad, el recién llegado lo tiene todo.

Jacqueline de Romilly: Alcibíades (Seix Barral, 1996)

Δευτέρα, 10 Αυγούστου 2009

ΖΑΚΛΙΝ ΝΤΕ ΡΟΜΙΓΙ: ΑΛΚΙΒΙΑΔΗΣ 1

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Jacqueline de Romilly: Alcibíades
Prólogo
La vida de Alcibíades es una serie de impresionantes aventuras y peripecias. Este joven, ahijado de Pericles, cuyo trato cultivaba Sócrates, estuvo en el centro de toda la vida política de finales del siglo V a.C. Empujado por la ambición y dotado de un talento extraordinario, determinó primero la política de Atenas; después, la de Esparta y, por último, la de los sátrapas persas. Su vida tuvo altibajos dignos de una tragedia griega: en Atenas, Alcibíades marcaba la pauta en todo, pero pronto tuvo que huir de la ciudad, que lo condenó a muerte; al cabo de varios años, regresó como salvador, entre honores y homenajes, para ser exiliado de nuevo por una decisión política, en una aldea de la Alta Frigia donde acabó asesinado. Siguiendo su trayectoria, pasamos de una ciudad a otra, de Sicilia a Lidia, y de un proyecto a otro, acompañados de la pertinaz piedra de escándalo que sus amores e insolencias ponen en su carrera.
Esta vida de aventuras no se desarrolla en un ambiente normal. La guerra de Peloponeso, en la que él desempeñó un papel decisivo, fue uno de los principales puntos de inflexión de la historia griega: empezó cuando Atenas estaba en la cúspide de su poderío y de su esplendor y terminó en una derrota aplastante: Atenas perdió su imperio y su flota, y aquí acabó el siglo de los grandes trágicos y de la gloria. Pues bien, Alcibíades influyó en todas las decisiones, tanto en un bando como en el otro; le cabe, una responsabilidad innegableen el desaguisado. Por otra parte, murió el mismo año de la derrota de Atenas. Desde todos los puntos de vista, su aventura personal pasa por los momentos cruciales de la historia de Atenas. Por esta misma razón, su figura centró la atención de los más grandes espíritus de la época, a los que movió a la reflexión. Nada más emprezar; hemos mencionado a Pericles y a Sócrates: el que dio su nombre al siglo y el fundador de la filosofía occidental, ¡Casi nada! Pero pueden agregarse otros muchos nombres. Alcibíades es uno de los personajes de Tucídides, el gran historiador de la época. Platón lo menciona con frecuencia. Aparece en los escritos de Jenofonte, tanto en las obras históricas como en sus recuerdos de Sócrates. Otros, como Aristófanes o Eurípides, hacen alusiones o transposiciones del personaje y otros, como Isócrates y Lisias, disertaron sobre su trayectoria y su carñacter inmediatamente despuéd de su muerte.
En efecto, existía el problema de Alcibíades. Porque este pupilo de Pericles parecía haber seguido en política el rumbo opuesto al de su maestro. Y, durante veinticinco años, se observó que este cambio de rumbo coincidía con la ruina de Atenas (...)
Podemos añadir, incluso, que la vida de Alcibíades planteó en el siglo V dos problemas de política que hoy siguen siendo de actualidad.
En primer lugar, Alcibíades encarna el imperialismo ateniense en su forma extrema y conquistadora, y en las imprudencias que provocaron su caída. Este personaje, que iluminan los análisis de Tucídides, nos permite, pues, hacer unas reflexiones sobre el espíritu de conquista.
Por otro lado, Alcibíades es la figura que antepone la ambición personal al interés común. En esto es exponente del análisis de Tucícides que muestra cómo los sucesores de Pericles, incapaces de imponerse por méritos como hiciera él, se vieron reducidos a la necesidad de halagar al pueblo y recurrir a las intrigas personales, nefastas para la colectividad. Así pues, toda reflexión sobre los problemas de la democracia en general gana con el examen de las rocambolescas aventuras de Alcibíades, que iluminan los análisis de Tucídides y de los filósofos del siglo IV.
Alcibíades es un caso único y extraordinario, pero también es un ejemplo típico que a cada instante ùede servirnos de modelo. (...)

Jacqueline de Romilly: Alcibíades (Seix Barral, 1996)

Παρασκευή, 31 Ιουλίου 2009

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Grabado del fin del siglo XIX

Παρασκευή, 24 Ιουλίου 2009

ΛΑΚΑΝ: ΑΛΚΙΒΙΑΔΗΣ, Ο ΑΝΘΡΩΠΟΣ ΤΗΣ ΕΠΙΘΥΜΙΑΣ

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Flewelling Ralph Carlin (EEUU, 1894-?)
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Las Cosas del Amor
Gustavo H. González
Profesor Jefe de Trabajos Prácticos de la Universidad Argentina John F. Kennedy
Maestrando en Psicoanálisis - Licenciado en Psicología - Psicoanalista
Freud y el amor
Freud introduce el término transferencia por primera vez en 1893 y desde los inicios, la transferencia, toma de la mano al amor. En sus Estudios sobre la histeria nos dice: “...la enferma se espanta por transferir a la persona del médico las representaciones penosas que afloran desde el contenido del análisis (...) La transferencia sobre el médico acontece por enlace falso.”.
Situándola así, de entrada, como un error sobre la persona, como una mésaliance, un matrimonio inconveniente o mal casamiento; viendo allí una sustitución, operatoria dependiente de la cadena significante.
En una de sus cartas a Fliess menciona cómo una situación primera trae aparejada una segunda, en referencia a una paciente que sintió un deseo irrefrenable de estamparle un beso. Señalando de esta manera que el contenido del deseo había surgido en la conciencia de la enferma, pero privado del recuerdo de circunstancias conexas capaces de ubicarlo en el pasado: “…y en virtud de la compulsión a asociar (…) el deseo ahora presente fue enlazado con mi persona (…) a raíz de esa mésalliance…”. Esa mujer se arroja a sus brazos porque en el pasado aparto de si misma el anhelo de besar al hombre prohibido. Siendo esta supresión causa de la insistencia y el retorno de lo sofocado.
Freud advirtió que la transferencia era cosa del amor, o que el amor era cosa de la transferencia, no pensó que la paciente lo amaba, por ello antepuso, puso en primer término, la cadena del recuerdo ya postó a la asociación libre. Dio cuenta que no necesitaba ser amado para obrar.
Al respecto Eric Laurent precisa: “Después de todo, los médicos también han meditado sobre el hecho de que para obtener un resultado en el mundo más vale ser temido que amado, y que hay todo un manejo de la relación médico-enfermo en que, por cierto, está no sólo el amor al médico, sino también el temor al médico; y los médicos, en el curso de las épocas, y en nuestros días, aún continúan tocando en eses registro. Ni amado, ni temido; Freud, después de todo, no parece pedir como afecto, si se quiere, nada más que el respeto, (…) como una buena distancia con respecto a las cosas: tenerlas a raya.”
Freud ve el punto de partida en el error, señala que es éste quien está primero en el dispositivo Nos aclara lo genuino del amor de transferencia, pero deja cuestionado lo genuino del amor
Lacan y al amor
Lacan redefine la transferencia freudiana como una relación con el saber, una relación epistémica. El amor al saber está presente en la estructura misma de la situación analítica.
En su Seminario del 60 dedicado a interrogar este concepto freudiano, al inicio de sus clases, sitúa la disparidad subjetiva en la transferencia, propone la noción de disimetría en la relación analítica y deja excluido el plano de la intersubjetividad.
Para introducir las cosas del amor en la transferencia propiamente analítica, busca por fuera del análisis y toma como modelo del amor de transferencia al amor de Alcibíades por Sócrates, manifestado por Platón en el Banquete.
El Banquete obra maestra sobre el Eros, es la elegida por Lacan. Y si bien no desconoce la influencia cultural de esta obra, queda prendado de Sócrates, de ese hombre que fue tan insoportable para los ciudadanos griegos que llegaron a matarlo: “Sócrates, así puesto en el origen digámoslo ya, de la más prolongada transferencia (...) que haya conocido la historia. Pues se los digo ya, tengo la intención de hacerlo sentir, el secreto de Sócrates estará detrás de todo lo que este año diremos sobre la transferencia.
Este secreto Sócrates lo ha confesado. Pero, no es por haber sido confesado que un secreto deja de ser un secreto. Sócrates pretende no saber nada salvo saber reconocer qué es el amor, y nos dice –paso al testimonio de Platón, especialmente en el Lysis- saber reconocer infaliblemente, dónde éllos encuentra, dónde está el amante (erastés) y dónde está el amado (erómenos)”
En el Lysis Sócrates confiesa su ignorancia, asegura no saber nada, pero hace la excepción respecto de las cuestiones amorosas: “pero respecto a éste tema la divinidad me ha hecho un don: ser capazde reconocer rápidamente a un amante tan bien como a un amado”.
El Banquete consiste en una serie de Elogios del amor, (elogio en el sentido de un ejercicio conceptual, un intento de hacer una teoría), organizados en discursos pronunciados por los participantes.
Los estudiosos de la filosofía señalan la llegada y discurso de Alcibíades, hombre de los excesos del escándalo, que nos explica, borracho que pasó entre él y Sócrates, como un trozo desprovisto de significación filosófica que no aporta nada al tema del amor; a diferencia de Lacan quien toma este discurso como la verdad de la tesis.
Alcibíades y el amor
Alcibíades llegó al Banquete completamente bebido portando una corona de hiedra, violetas y cintas en su cabeza, así lo ayudaron a penetrar en el recinto y se dispuso a elogiar a Sócrates pormedio de una imagen para expresar su verdad: “Sócrates es parecidísimo a esos silenos puestos en los talleres de escultura, que los artesanos representan con una flauta (…) abiertos por la mitad, muestran lo que hay en su interior: ¡estatuillas de dioses!”, nos dice Alcibíades, precisando lo agalmático de su amado, esas cosas preciosas y brillantes que suponía en su interior, esas cosas del amor que hacían causa de su deseo.
Pero Alcibíades avanzó un trecho más y relató públicamente cómo Sócrates aun en su cama se había rehusado a responder al amor: “(…) y sabed bien, (…) que cuando me levanté después de haber dormido junto a Sócrates no había habido nada más extraordinario que si hubiera dormido junto a mi padre o a un hermano mayor.”
Este amor de Alcibíades por Sócrates es el modelo del amor de transferencia. Lacan nos ubica diciéndonos que el punto en torno del cual gira todo aquello de lo que se trata en el banquete es la cuestión de lo que nos concierne aquí, su relación con la transferencia.
Es interesante porque plantea al banquete como una especie de sesión psicoanalítica, donde algo sucede, una especie de exabrupto, que produce malestar, algo que interrumpe la progresión del diálogo: la presencia de Alcibíades. Si pensamos a esto como una sesión psicoanalítica lo que irrumpe y detiene las asociaciones es el “amor”, “amor de transferencia”.
Lacan se preocupa por articular lo que pasa en el amor en el nivel de la pareja que son las dos funciones la del amante y la del amado. El amante es el sujeto del deseo. El amado, aquel que en esa pareja parece que tiene algo. La cuestión es saber si lo que este “tiene”, tiene una relación con aquello de lo que le amante carece, es decir con lo que el sujeto del deseo carece.
Se propone captar la dialéctica del amor: “ella nos permitirá ir más allá, a saber: captar el momento de balanceo, el momento de vuelta o de la conjunción del deseo con su objeto, en tanto que inadecuado…” En ese momento de balanceo dialéctico, dice, vamos a ver surgir esta significación que se llama amor.
El erastés es a quién le falta, aquel que careciendo de algo puede desear, es un sujeto marcado por una pérdida. Si lo pensamos desde una dimensión fálica, “el que no tiene”, Lacan añade que en el lazo del amor no sólo está en juego el tener - no tener, hay algo que se sitúa en el nivel del no saber.
Por tanto el erastés no sabe lo que le falta.
El erómenos, es el objeto amado “aquel que no sabe lo que supuestamente tiene escondido, tal vez allí radique la clave de su atractivo. Vemos que el amor está verdaderamente habitado por un no saber, por una ignorancia estructural.
“Entre estos dos términos que constituyen, en su esencia, el amante y el amado, observen que no hay ninguna coincidencia. Lo que le falta a uno, no es lo que está escondido en el otro. Y ahí está todo el problema del amor (...)”.
Lacan intenta cernir una lógica del amor, para ello recurre a la sustitución significante en donde un término adviene en lugar de otro y precipita una significación. Metáfora del amor que enuncia de esta manera: “Es siempre y cuando que la función dónde esto se produce del erastés, del amante, siempre y cuando sea el sujeto de la falta, quién venga en el lugar, se sustituya a la función del erómenos que es objeto, objeto amado, que se produce la significación del amor.”
Por ello, por efecto de la sustitución, cuando se produce la metáfora del amor siempre hay algo completamente inexplicable, casi milagroso. Utiliza una imagen es como si, cuando uno adelanta su mano en dirección de las rosas que quiere agarrar, de las flores mismas saliera una mano que se dirige en dirección a uno para transformarlo en flores. La imagen dice: del lado del erómenos responde como erastés, dice también que en el amor se establece una relación de sujeto a sujeto.
“Donde había amado, emergencia del deseante”.
La metáfora del amor
Lacan nos manifiesta cuales eran las intenciones de Alcibíades; quería asegurarse el ágalma, quería hacer caer a Sócrates de su posición de sujeto hasta la posición de objeto a su servicio, revelándonos una cara del amor poco ideal.
Por otra parte nos habla de Sócrates, de su deseo, de lo claro que queda su negativa como Erómenos, de su rehusámiento a caer en las redes del amor.
Observemos que Sócrates sabe algo acerca de su ágalma, no ignora que no contiene ningún objeto que valga la pena, se sabe continente de un vacío. A Sócrates el amor y la exigencia de Alcibíades lo dejan indiferente, no le producen el efecto metafórico, se rehusa a la metáfora del amor.
Y basta con leer a Freud en sus Puntualizaciones sobre el amor de transferencia, entre otros de sus artículos, para notar su tranquilidad ante el amor de transferencia.
En Sócrates y en Freud, encontramos la posición que Lacan quiere indicarnos: la del sujeto que no cree en su propio ágalma, que no sucumbe ante la seducción del amor; aquel que ante las cosas del amor, no pierde su tranquilidad.

Τρίτη, 14 Ιουλίου 2009

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Sócrates enseñando a Alcibíades (grabado anónimo, 1821)

Σάββατο, 4 Ιουλίου 2009

ΠΛΑΤΩΝΟΣ: ΣΥΜΠΟΣΙΟΝ

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Anselm Feuerbach (Alemania, 1829–1880): Simposio
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(...)No mucho después se oyó en el patio la voz de Alcibíades, fuertemente borracho, preguntando a grandes gritos dónde estaba Agatón y pidiendo que le llevaran junto a él. Le condujeron entonces hasta ellos, así como a la flautista que le sostenía y a algunos otros de sus acompañantes, pero él se detuvo en la puerta, coronado con una tupida corona de hiedra y violetas y con muchas cintas sobre la cabeza, y dijo:
--Salud, caballeros. ¿Acogéis como compañero de bebida a un hombre que está totalmente borracho, o debemos marcharnos tan pronto como hayamos coronado a Agatón, que es a lo que hemos venido? Ayer, en efecto, dijo, no me fue posible venir, pero ahora vengo con estas cintas sobre la cabeza, para de mi cabeza coronar la cabeza del hombre más sabio y más bello, si se me permite hablar así. ¿Os burláis de mí porque estoy borracho? Pues, aunque os riáis, yo sé bien que digo la verdad. Pero decidme enseguida: ¿entro en los términos acordados, o no?, ¿beberéis conmigo, o no?
Todos lo aclamaron y lo invitaron a entrar y tomar asiento. Entonces Agatón lo llamó y él entró conducido por sus acompañantes, y desatándose al mismo tiempo las cintas para coronar a Agatón, al tenerlas delante de los ojos, no vio a Sócrates y se sentó junto a Agatón, en medio de éste y Sócrates, que le hizo sitio en cuanto lo vio. Una vez sentado, abrazó a Agatón y lo coronó.
--Esclavos --dijo entonces Agatón--, descalzad a Alcibíades, para que se acomode aquí como tercero.
--De acuerdo --dijo Alcibíades--, pero ¿quién es ese tercer compañero de bebida que está aquí con nosotros?
Y, a la vez que se volvía, vio a Sócrates, y al verlo se sobresaltó y dijo:
--¡Heracles! ¿Qué es esto? ¿Sócrates aquí? Te has acomodado aquí acechándome de nuevo, según tu costumbre de aparecer de repente donde yo menos pensaba que ibas a estar. ¿A qué has venido ahora? ¿Por qué te has colocado precisamente aquí? Pues no estás junto a Aristófanes ni junto a ningún otro que sea divertido y quiera serlo, sino que te las has arreglado para ponerte al lado del más bello de los que están aquí dentro.
--Agatón --dijo entonces Sócrates--, mira a ver si me vas a defender, pues mi pasión por este hombre se me ha convertido en un asunto de no poca importancia. En efecto, desde aquella vez en que me enamoré de él, ya no me es posible ni echar una mirada ni conversar siquiera con un solo hombre bello sin que éste, teniendo celos y envidia de mí, haga cosas raras, me increpe y contenga las manos a duras penas. Mira, pues, no sea que haga algo también ahora; reconcílianos o, si intenta hacer algo violento, protégeme, pues yo tengo mucho miedo de su locura y de su pasión por el amante.
--En absoluto --dijo Alcibíades--, no hay reconciliación entre tú y yo. Pero ya me vengaré de ti por esto en otra ocasión. Ahora, Agatón --dijo--, dame algunas de esas cintas para coronar también ésta su admirable cabeza y para que no me reproche que te coroné a ti y que, en cambio, a él, que vence a todo el mundo en discursos, no sólo anteayer como tú, sino siempre, no le coroné.
Al mismo tiempo cogió algunas cintas, coronó a Sócrates y se acomodó. Y cuando se hubo reclinado dijo:
--Bien, caballeros. En verdad me parece que estáis sobrios y esto no se os puede permitir, sino que hay que beber, pues así lo hemos acordado. Por consiguiente, me elijo a mí mismo como presidente de la bebida, hasta que vosotros bebáis lo suficiente. Que me traigan, pues, Agatón, una copa grande, si hay alguna. O más bien, no hace ninguna falta. Trae, esclavo, aquella vasija de refrescar el vino --dijo--, al ver que contenía más de ocho cótilas.
Una vez llena, se la bebió de un trago, primero, él y, luego, ordenó llenarla para Sócrates, a la vez que decía:
--Ante Sócrates, señores, este truco no me sirve de nada, pues beberá cuanto se le pida y nunca se embriagará.
En cuanto hubo escanciado el esclavo, Sócrates se puso a beber. Entonces, Erixímaco dijo:
--¿Cómo lo hacemos, Alcibíades? ¿Así, sin decir ni cantar nada ante la copa, sino que vamos a beber simplemente como los sedientos?
--Erixímaco --dijo Alcibíades--, excelente hijo del mejor y más prudente padre, salud.
--También para ti, dijo Erixímaco, pero ¿qué vamos a hacer?
--Lo que tú ordenes, pues hay que obedecerte porque un médico equivale a muchos otros hombres. Manda, pues, lo que quieras.
--Escucha, entonces --dijo Erixímaco--. Antes de que tú entraras habíamos decidido que cada uno debía pronunciar por turno, de izquierda a derecha, un discurso sobre Eros lo más bello que pudiera y hacer su encomio. Todos los demás hemos hablado ya. Pero puesto que tú no has hablado y ya has bebido, es justo que hables y, una vez que hayas hablado, ordenes a Sócrates lo que quieras, y éste al de la derecha y así los demás.
--Dices bien, Erixímaco --dijo Alcibíades--, pero comparar el discurso de un hombre bebido con los discursos de hombres serenos no sería equitativo. Además, bienaventurado amigo, ¿te convence Sócrates en algo de lo que acaba de decir? ¿No sabes que es todo lo contrario de lo que decía? Efectivamente, si yo elogio en su presencia a algún otro, dios u hombre, que no sea él, no apartará de mí sus manos.
--¿No hablarás mejor? --dijo Sócrates.
--¡Por Poseidón! --exclamó Alcibíades--, no digas nada en contra, que yo no elogiaría a ningún otro estando tú presente.
--Pues bien, hazlo así --dijo Erixímaco--, si quieres. Elogia a Sócrates.
--¿Qué dices? --dijo Alcibíades. ¿Te parece bien, Erixímaco, que debo hacerlo? ¿Debo atacar a este hombre y vengarme delante de todos vosotros?
¡Eh, tú! --dijo Sócrates--, ¿qué tienes en la mente? ¿Elogiarme para ponerme en ridículo?, ¿o qué vas a hacer?
--Diré la verdad. Mira si me lo permites.
--Por supuesto --dijo Sócrates--, tratándose de la verdad, te permito y te invito a decirla.
--La diré inmediatamente --dijo Alcibíades--. Pero tú haz lo siguiente: si digo algo que no es verdad, interrúmpeme, si quieres, y di que estoy mintiendo, pues no falsearé a nada, al menos voluntariamente. Mas no te asombres si cuento mis recuerdos de manera confusa, ya que no es nada fácil para un hombre en este estado enumerar con facilidad y en orden tus rarezas.
A Sócrates, señores, yo intentaré elogiarlo de la siguiente manera: por medio de imágenes. Quizás él creerá que es para provocar la risa, pero la imagen tendrá por objeto la verdad, no la burla. Pues en mi opinión es lo más parecido a esos silenos existentes en los talleres de escultura, que fabrican los artesanos con siringas o flautas en la mano y que, cuando se abren en dos mitades, aparecen con estatuas de dioses en su interior. Y afirmo, además, que se parece al sátiro Marsias. Así, pues, que eres semejante a éstos, al menos en la forma, Sócrates, ni tú mismo podrás discutirlo, pero que también te pareces en lo demás, escúchalo a continuación. Eres un lujurioso. ¿O no? Si no estás de acuerdo, presentaré testigos. Pero, ¿que no eres flautista? Por supuesto, y mucho más extraordinario que Marsias. Éste, en efecto, encantaba a los hombres mediante instrumentos con el poder de su boca y aún hoy encanta al que interprete con la flauta sus melodías --pues las que interpretaba Olimpo digo que son de Marsias, su maestro--. En todo caso, sus melodías, ya las interprete un buen flautista o una flautista mediocre, son las únicas que hacen que uno quede poseso y revelan, por ser divinas, quiénes necesitan de los dioses y de los ritos de iniciación. Mas tú te diferencias de él sólo en que sin instrumentos, con tus meras palabras, haces lo mismo. De hecho, cuando nosotros oímos a algún otro, aunque sea muy buen orador, pronunciar otros discursos, a ninguno nos importa, por así decir, nada. Pero cuando se te oye a ti o a otro pronunciando tus palabras, aunque sea muy torpe el que las pronuncie, ya se trate de mujer, hombre o joven quien las escucha, quedamos pasmados y posesos. Yo, al menos, señores, si no fuera porque iba a parecer que estoy totalmente borracho, os diría bajo juramento qué impresiones me han causado personalmente sus palabras y todavía ahora me causan. Efectivamente, cuando le escucho, mi corazón palpita mucho más que el de los poseídos por la música de los coribantes, las lágrimas se me caen por culpa de sus palabras y veo que también a otros muchos les ocurre lo mismo. En cambio, al oír a Pericles y a otros buenos oradores, si bien pensaba que hablaban elocuentemente, no me ocurría, sin embargo, nada semejante, ni se alborotaba mi alma, ni se irritaba en la idea de que vivía como esclavo, mientras que por culpa de este Marsias, aquí presente, muchas veces me he encontrado, precisamente, en un estado tal que me parecía que no valía la pena vivir en las condiciones en que estoy. Y esto, Sócrates, no dirás que no es verdad. Incluso todavía ahora soy plenamente consciente de que si quisiera prestarle oído no resistiría, sino que me pasaría lo mismo, pues me obliga a reconocer que, a pesar de estar falto de muchas cosas, aún me descuido de mí mismo y me ocupo de los asuntos de los atenienses. A la fuerza, pues, me tapo los oídos y salgo huyendo de él como de las sirenas, para no envejecer sentado aquí a su lado. Sólo ante él de entre todos los hombres he sentido lo que no se creería que hay en mí: el avergonzarme ante alguien. Yo me avergüenzo únicamente ante él, pues sé perfectamente que, si bien no puedo negarle que no se debe hacer lo que ordena, sin embargo, cuando me aparto de su lado, me dejo vencer por el honor que me dispensa la multitud. Por consiguiente, me escapo de él y huyo, y cada vez que le veo me avergüenzo de lo que he reconocido. Y muchas veces vería con agrado que ya no viviera entre los hombres, pero si esto sucediera, bien sé que me dolería mucho más, de modo que no sé cómo tratar con este hombre.
Tal es, pues, lo que yo y otros muchos hemos experimentado por las melodías de flauta de este sátiro. Pero oídme todavía cuán semejante es en otros aspectos a aquellos con quienes le comparé y qué extraordinario poder tiene, pues tened por cierto que ninguno de vosotros le conoce. Pero yo os lo describiré, puesto que he empezado. Veis, en efecto, que Sócrates está en disposición amorosa con los jóvenes bellos, que siempre está en torno suyo y se queda extasiado, y que, por otra parte, ignora todo y nada sabe, al menos por su apariencia. ¿No es esto propio de sileno? Totalmente, pues de ello está revestido por fuera, como un sileno esculpido, mas por dentro, una vez abierto, ¿de cuántas templanzas, compañeros de bebida, creéis que está lleno? Sabed que no le importa nada si alguien es bello, sino que lo desprecia como ninguno podría imaginar, ni si es rico, ni si tiene algún otro privilegio de los celebrados por la multitud. Por el contrario, considera que todas estas posesiones no valen nada y que nosotros no somos nada, os lo aseguro. Pasa toda su vida ironizando y bromeando con la gente; mas cuando se pone serio y se abre, no sé si alguno ha visto las imágenes de su interior. Yo, sin embargo, las he visto ya una vez y me parecieron que eran tan divinas y doradas, tan extremadamente bellas y admirables, que tenía que hacer sin más lo que Sócrates mandara. Y creyendo que estaba seriamente interesado por mi belleza pensé que era un encuentro feliz y que mi buena suerte era extraordinaria, en la idea de que me era posible, si complacía a Sócrates, oír todo cuanto él sabía. ¡Cuán tremendamente orgulloso, en efecto, estaba yo de mi belleza! Reflexionando, pues, sobre esto, aunque hasta entonces no solía estar solo con él sin acompañante, en esta ocasión, sin embargo, lo despedí y me quedé solo en su compañía. Preciso es ante vosotros decir toda la verdad; así, pues, prestad atención y, si miento, Sócrates, refútame. Me quedé, en efecto, señores, a solas con él y creí que al punto iba a decirme las cosas que en la soledad un amante diría a su amado; y estaba contento. Pero no sucedió absolutamente nada de esto, sino que tras dialogar conmigo como solía y pasar el día en mi compañía, se fue y me dejó. A continuación le invité a hacer gimnasia conmigo, y hacía gimnasia con él en la idea de que así iba a conseguir algo. Hizo gimnasia, en efecto, y luchó conmigo muchas veces sin que nadie estuviera presente. Y ¿qué debo decir? Pues que no logré nada. Puesto que de esta manera no alcanzaba en absoluto mi objetivo, me pareció que había que atacar a este hombre por la fuerza y no desistir, una vez que había puesto manos a la obra, sino que debía saber definitivamente cuál era la situación. Le invito, pues, a cenar conmigo, simplemente como un amante que tiende una trampa a su amado. Ni siquiera esto me lo aceptó al punto, pero de todos modos con el tiempo se dejó persuadir. Cuando vino por primera vez, nada más cenar quería marcharse y yo, por vergüenza, le dejé ir en esta ocasión. Pero volví atenderle la misma trampa y, después de cenar, mantuve la conversación hasta entrada la noche, y cuando quiso marcharse, alegando que era tarde, le forcé a quedarse. Se echó, pues, a descansar en el lecho contiguo al mío, en el que precisamente había cenado, y ningún otro dormía en la habitación salvo nosotros. Hasta esta parte de mi relato, en efecto, la cosa podría estar bien y contarse ante cualquiera, pero lo que sigue no me lo oiríais decir si, en primer lugar, según el dicho, el vino, sin niños y con niños, no fuera veraz y, en segundo lugar, porque me parece injusto no manifestar una muy brillante acción de Sócrates, cuando uno se ha embarcado a hacer su elogio. Además, también a mí me sucede lo que le pasa a quien ha sufrido una mordedura de víbora, pues dicen que el que ha experimentado esto alguna vez no quiere decir cómo fue a nadie, excepto a los que han sido mordidos también, en la idea de que sólo ellos comprenderán y perdonarán, si se atrevió a hacer y decir cualquier cosa bajo los efectos del dolor. Yo, pues, mordido por algo más doloroso y en la parte más dolorosa de las que uno podría ser mordido --pues es en el corazón, en el alma, o como haya que llamarlo, donde he sido herido y mordido por los discursos filosóficos, que se agarran más cruelmente que una víbora cuando se apoderan de un alma joven no mal dotada por naturaleza y la obligan a hacer y decir cualquier cosa-- y viendo, por otra parte, a los Fedros, Agatones, Erixímacos, Pausanias, Aristodemos y Aristófanes --¿y qué necesidad hay de mencionar al propio Sócrates y a todos los demás?; pues todos habéis participado de la locura y frenesí del filósofo-- por eso precisamente todos me vais a escuchar, ya que me perdonaréis por lo que entonces hice y por lo que ahora digo. En cambio, los criados y cualquier otro que sea profano y vulgar, poned ante vuestras orejas puertas muy grandes.
Pues bien, señores, cuando se hubo apagado la lámpara y los esclavos estaban fuera, me pareció que no debía andarme por las ramas ante él, sino decirle libremente lo que pensaba. Entonces le sacudí y le dije:
--Sócrates, ¿estás durmiendo?
--En absoluto --dijo él.
--¿Sabes lo que he decidido?
--¿Qué exactamente?, --dijo.
--Creo --dije yo-- que tú eres el único digno de convertirse en mi amante y me parece que vacilas en mencionármelo. Yo, en cambio, pienso lo siguiente: considero que es insensato no complacerte en esto como en cualquier otra cosa que necesites de mi patrimonio o de mis amigos. Para mí, en efecto, nada es más importante que el que yo llegue a ser lo mejor posible y creo que en esto ninguno puede serme colaborador más eficaz que tú. En consecuencia, yo me avergonzaría mucho más ante los sensatos por no complacer a un hombre tal, que ante la multitud de insensatos por haberlo hecho.
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Peter Paul Rubens ( Bélgica, 1577 - 1640): Simposio
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Cuando Sócrates oyó esto, muy irónicamente, según su estilo tan característico y usual, dijo:
--Querido Alcibíades, parece que realmente no eres un tonto, si efectivamente es verdad lo que dices de mí y hay en mí un poder por el cual tú podrías llegar a ser mejor. En tal caso, debes estar viendo en mí, supongo, una belleza irresistible y muy diferente a tu buen aspecto físico. Ahora bien, si intentas, al verla, compartirla conmigo y cambiar belleza por belleza, no en poco piensas aventajarme, pues pretendes adquirir lo que es verdaderamente bello a cambio de lo que lo es sólo en apariencia, y de hecho te propones intercambiar «oro por bronce». Pero, mi feliz amigo, examínalo mejor, no sea que te pase desapercibido que no soy nada. La vista del entendimiento, ten por cierto, empieza a ver agudamente cuando la de los ojos comienza a perder su fuerza, y tú todavía estás lejos de eso.
Y yo, al oírle, dije:
--En lo que a mí se refiere, ésos son mis sentimientos y no se ha dicho nada de distinta manera a como pienso. Siendo ello así, delibera tú mismo lo que consideres mejor para ti y para mí.
--En esto, ciertamente, tienes razón --dijo--. En el futuro, pues, deliberaremos y haremos lo que a los dos nos parezca lo mejor en éstas y en las otras cosas.
Después de oír y decir esto y tras haber disparado, por así decir, mis dardos, yo pensé, en efecto, que lo había herido. Me levanté, pues, sin dejarle decir ya nada, lo envolví con mi manto --pues era invierno--, me eché debajo del viejo capote de ese viejo hombre, aquí presente, y ciñendo con mis brazos a este ser verdaderamente divino y maravilloso estuve así tendido toda la noche. En esto tampoco, Sócrates, dirás que miento. Pero, a pesar de hacer yo todo eso, él salió completamente victorioso, me despreció, se burló de mi belleza y me afrentó; y eso que en este tema, al menos, creía yo que era algo, ¡oh jueces! --pues jueces sois de la arrogancia de Sócrates--. Así, pues, sabed bien, por los dioses y por las diosas, que me levanté después de haber dormido con Sócrates no de otra manera que si me hubiera acostado con mi padre o mi hermano mayor.
Después de esto, ¿qué sentimientos creéis que tenía yo, pensando, por un lado, que había sido despreciado, y admirando, por otro, la naturaleza de este hombre, su templanza y su valentía, ya que en prudencia y firmeza había tropezado con un hombre tal como yo no hubiera pensado que iba a encontrar jamás? De modo que ni tenía por qué irritarme y privarme de su compañía, ni encontraba la manera de cómo podría conquistármelo. Pues sabía bien que en cuanto al dinero era por todos lados mucho más invulnerable que Ayante al hierro, mientras que con lo único que pensaba que iba a ser conquistado se me había escapado. Así, pues, estaba desconcertado y deambulaba de acá para allá esclavizado por este hombre como ninguno lo había sido por nadie. Todas estas cosas, en efecto, me habían sucedido antes; mas luego hicimos juntos la expedición contra Potidea y allí éramos compañeros de mesa. Pues bien, en primer lugar, en las fatigas era superior no sólo a mí, sino también a todos los demás. Cada vez que nos veíamos obligados a no comer por estar aislados en algún lugar, como suele ocurrir en campaña, los demás no eran nada en cuanto a resistencia. En cambio, en las comidas abundantes sólo él era capaz de disfrutar, y especialmente en beber, aunque no quería, cuando era obligado a hacerlo vencía a todos; y lo que es más asombroso de todo: ningún hombre ha visto jamás a Sócrates borracho. De esto, en efecto, me parece que pronto tendréis la prueba. Por otra parte, en relación con los rigores del invierno --pues los inviernos allí son terribles--, hizo siempre cosas dignas de admiración, pero especialmente en una ocasión en que hubo la más terrible helada y mientras todos, o no salían del interior de sus tiendas o, si salía alguno, iban vestidos con las prendas más raras, con los pies calzados y envueltos con fieltro y pieles de cordero, él, en cambio, en estas circunstancias, salió con el mismo manto que solía llevar siempre y marchaba descalzo sobre el hielo con más soltura que los demás calzados, y los soldados le miraban de reojo creyendo que los desafiaba. Esto, ciertamente, fue así; pero qué hizo de nuevo y soportó el animoso varón allí, en cierta ocasión, durante la campaña, es digno de oírse. En efecto, habiéndose concentrado en algo, permaneció de pie en el mismo lugar desde la aurora meditándolo, y puesto que no le encontraba la solución no desistía, sino que continuaba de pie investigando. Era ya mediodía y los hombres se habían percatado y, asombrados, se decían unos a otros:
--Sócrates está de pie desde el amanecer meditando algo.
Finalmente, cuando llegó la tarde, unos jonios, después de cenar --y como era entonces verano--, sacaron fuera sus petates, y a la vez que dormían al fresco le observaban por ver si también durante la noche seguía estando de pie. Y estuvo de pie hasta que llegó la aurora y salió el sol. Luego, tras hacer su plegaria al Sol dejó el lugar y se fue. Y ahora, si queréis, veamos su comportamiento en las batallas, pues es justo concederle también este tributo. Efectivamente, cuando tuvo lugar la batalla por la que los generales me concedieron también a mí el premio al valor, ningún otro hombre me salvó sino éste, que no quería abandonarme herido y así salvó a la vez mis armas y a mí mismo. Y yo, Sócrates, también entonces pedía a los generales que te concedieran a ti el premio, y esto ni me lo reprocharás ni dirás que miento. Pero como los generales reparasen en mi reputación y quisieran darme el premio a mí, tú mismo estuviste más resuelto que ellos a que lo recibiera yo y no tú. Todavía en otra ocasión, señores, valió la pena contemplar a Sócrates, cuando el ejército huía de Delión en retirada. Se daba la circunstancia de que yo estaba como jinete y él con la armadura de hoplita. Dispersados ya nuestros hombres, él y Laques se retiraban juntos. Entonces yo me tropiezo casualmente con ellos y, en cuanto los veo, les exhorto a tener ánimo, diciéndoles que no los abandonaría. En esta ocasión, precisamente, pude contemplar a Sócrates mejor que en Potidea, pues por estar a caballo yo tenía menos miedo. En primer lugar, ¡cuánto aventajaba a Laques en dominio de sí mismo! En segundo lugar, me parecía, Aristófanes, por citar tu propia expresión, que también allí como aquí marchaba «pavoneándose y girando los ojos de lado a lado», observando tranquilamente a amigos y enemigos y haciendo ver a todo el mundo, incluso desde muy lejos, que si alguno tocaba a este hombre, se defendería muy enérgicamente. Por esto se retiraban seguros él y su compañero, pues, por lo general, a los que tienen tal disposición en la guerra ni siquiera los tocan y sólo persiguen a los que huyen en desorden.
Es cierto que en otras muchas y admirables cosas podría uno elogiar a Sócrates. Sin embargo, si bien a propósito de sus otras actividades tal vez podría decirse lo mismo de otra persona, el no ser semejante a ningún hombre, ni de los antiguos, ni de los actuales, en cambio, es digno de total admiración. Como fue Aquiles, en efecto, se podría comparar a Brásidas y a otros, y, a su vez, como Pericles a Néstor y a Antenor --y hay también otros--; y de la misma manera se podría comparar también a los demás. Pero como es este hombre, aquí presente, en originalidad, tanto él personalmente como sus discursos, ni siquiera remotamente se encontrará alguno, por más que se le busque, ni entre los de ahora, ni entre los antiguos, a menos tal vez que se le compare, a él y a sus discursos, con los que he dicho: no con ningún hombre, sino con los silenos y sátiros.
Porque, efectivamente, y esto lo omití al principio, también sus discursos son muy semejantes a los silenos que se abren. Pues si uno se decidiera a oír los discursos de Sócrates, al principio podrían parecer totalmente ridículos. ¡Tales son las palabras y expresiones con que están revestidos por fuera, la piel, por así decir, de un sátiro insolente! Habla, en efecto, de burros de carga, de herreros, de zapateros y curtidores, y siempre parece decir lo mismo con las mismas palabras, de suerte que todo hombre inexperto y estúpido se burlaría de sus discursos. Pero si uno los ve cuando están abiertos y penetra en ellos, encontrará, en primer lugar, que son los únicos discursos que tienen sentido por dentro; en segundo lugar, que son los más divinos, que tienen en sí mismos el mayor número de imágenes de virtud y que abarcan la mayor cantidad de temas, o más bien, todo cuanto le conviene examinar al que piensa llegar a ser noble y bueno
Esto es, señores, lo que yo elogio en Sócrates, y mezclando a la vez lo que le reprocho os he referido las ofensas que me hizo. Sin embargo, no las ha hecho sólo a mí, sino también a Cármides, el hijo de Glaucón, a Eutidemo, el hijo de Diocles, y a muchísimos otros, a quienes él engaña entregándose como amante, mientras que luego resulta, más bien, amado en lugar de amante. Lo cual también a ti te digo, Agatón, para que no te dejes engañar por este hombre, sino que, instruido por nuestra experiencia, tengas precaución y no aprendas, según el refrán, como un necio, por experiencia propia.
Al decir esto Alcibíades, se produjo una risa general por su franqueza, puesto que parecía estar enamorado todavía de Sócrates.
--Me parece, Alcibíades --dijo entonces Sócrates--, que estás sereno, pues de otro modo no hubieras intentando jamás, disfrazando tus intenciones tan ingeniosamente, ocultar la razón por la que has dicho todo eso y lo has colocado ostensiblemente como una consideración accesoria al final de tu discurso, como si no hubieras dicho todo para enemistarnos a mí y a Agatón, al pensar que yo debo amarte a ti y a ningún otro, y Agatón ser amado por ti y por nadie más. Pero no me has pasado desapercibido, sino que ese drama tuyo satírico y silénico está perfectamente claro. Así, pues, querido Agatón, que no gane nada con él y arréglatelas para que nadie nos enemiste a mí y a ti.
--En efecto, Sócrates --dijo Agatón--, puede que tengas razón. Y sospecho también que se sentó en medio de ti y de mí para mantenernos aparte. Pero no conseguirá nada, pues yo voy a sentarme junto a ti.
--Muy bien --dijo Sócrates--, siéntate aquí, junto a mí.
--¡Oh Zeus! --exclamó Alcibíades--, ¡cómo soy tratado una vez más por este hombre! Cree que tiene que ser superior a mí en todo. Pero, si no otra cosa, admirable hombre, permite, al menos, que Agatón se eche en medio de nosotros.
--Imposible --dijo Sócrates--, pues tú has hecho ya mi elogio y es preciso que yo a mi vez elogie al que está a mi derecha. Por tanto, si Agatón se sienta a continuación tuya, ¿no me elogiará de nuevo, en lugar de ser elogiado, más bien, por mí? Déjalo, pues, divino amigo, y no tengas celos del muchacho por ser elogiado por mí, ya que, por lo demás, tengo muchos deseos de encomiarlo.
--¡Bravo, bravo! --dijo Agatón--. Ahora, Alcibíades, no puedo de ningún modo permanecer aquí, sino que a la fuerza debo cambiar de sitio para ser elogiado por Sócrates.
--Esto es justamente, dijo Alcibíades, lo que suele ocurrir: siempre que Sócrates está presente, a ningún otro le es posible participar de la compañía de los jóvenes bellos. ¡Con qué facilidad ha encontrado ahora también una razón convincente para que éste se siente a su lado! (...)
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Platón: Banquete

Τρίτη, 30 Ιουνίου 2009

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Édouard-Henri Avril (Francia, 1843–1928):
Sócrates y Alcibíades

Σάββατο, 20 Ιουνίου 2009

ΠΛΟΥΤΑΡΧΟΥ: ΠΑΡΑΛΛΗΛΟΙ ΒΙΟΙ. ΑΛΚΙΒΙΑΔΗΣ

Vidas Paralelas de Plutarco
Alcibíades
I El linaje de Alcibíades sube hasta Eurísaces, hijo de Ayante, que parece contarse como su primer abuelo. Por parte de madre era Alcmeónida, hijo de Dinómaca la de Megacles. Su padre Clinias peleó gloriosamente en el combate de Artemisio, en nave armada a sus expensas, y murió después en el combate contra los Beocios, junto a Coronea. Fueron tutores de Alcibíades Pericles y Arifrón hijos de Jantipo, que tenían con él deudo de parentesco. Dícese, no sin fundamento, que la inclinación y amistad que le profesó Sócrates contribuyó mucho para su gloria, puesto que de Nicias, Demóstenes, Lámaco, Formión, y aun de Trasibulo y Terámenes, ni siquiera se sabe cómo se llamaron sus madres, mientras que de Alcibíades sabemos quién fue su ama de leche, que lo fue una Lacedemonia llamada Amicla, y que fue su ayo Zópiro, dándonos de lo uno razón Antístenes y de lo otro Platón. Acerca de la belleza de Alcibíades no hay más que decir sino que, floreciendo la de su semblante en toda edad y tiempo, de niño, de jovencito y de varón, le hizo siempre amable y gracioso; pues lo que dijo Eurípides, que en todos los que son hermosos es también hermoso el otoño, no es así, y sólo en Alcibíades y otros pocos se verificó por la finura y buena conformación de su rostro. A su voz dicen que le dio atractivo la rareza de su pronunciación, y que a su habla esta misma rareza la hacía muy graciosa. Hace mención Aristófanes de su rareza en aquellos versos en que zahiere a Teoro: Con murmurante acento Alcibíades me dijo luego: “¿Vistes a Teolo? Yo cabeza de cuelvo le apellido.” Murmuró así Alcibíades bellamente. Y Arquipo, haciendo también escarnio del hijo de Alcibíades, “tiene- dice- el andar de hombre afeminado, con la ropa arrastrando, y para que se le tenga por más parecido al padre, El cuello tuerce, y habla ceceoso.”
II. Sus costumbres, con el tiempo, como no podía menos de ser en tan extraordinarios acontecimientos y en tantas vicisitudes de la fortuna, tuvieron grandes contrariedades y mudanzas; mas estando por su índole sujeto a muchas y grandes pasiones, las que más sobresalían eran la soberbia y la ambición de ser siempre el primero, como lo convencen sus hechos pueriles de que hay memoria. Luchaba en una ocasión, y viéndose muy estrechado por el contrario, al tiempo que hacía esfuerzos para no caer, levantó los brazos de éste, que le oprimían, y parecía que iba a comérsele las manos. Soltó entonces el contrario, y diciéndole: “Muerdes ¡oh Alcibíades! como las mujeres” “No, a fe mía- le replicó-, sino como los leones”. Siendo todavía pequeño jugaba a los dados en un sitio estrecho, y cuando le tocó tirar venía por allí un carro cargado; gritó al instante al carretero que detuviera el ganado, porque iban a caer los dados en el paso del carro; y como por rusticidad no hiciese caso y fuese adelante, los demás muchachos se apartaron: pero Alcibíades, arrojándose boca abajo delante del ganado y tendiéndose a la larga, le gritaba que pasase entonces si quería; de modo que el carretero, temeroso, hubo de hacer cejar, y los que presentes se hallaban, espantados, prorrumpieron en gritos y corrieron hacia él. Cuando ya se dedicó a las honestas disciplinas, oía con placer a todos los demás maestros; pero a tocar la flauta se resistía, diciendo que era ejercicio despreciable e impropio de hombres libres, y que el uso del plectro y de la lira en nada alteraba la figura y semblante que anuncian un hombre ingenuo, mientras que la cara de un hombre que hinche con su boca las flautas, apenas pueden reconocerla sus mayores amigos; y, además, que la lira resuena y acompaña en el canto al que la tañe; mas la flauta cierra la boca, y obstruye la voz y el habla del que la usa. “Tañan, pues, la flauta- decía- los hijos de los Tebanos, pues que no saben conversar; mas nosotros los Atenienses, como dicen nuestros padres, miramos a Atenea como nuestra soberana y a Apolo como nuestro compatriota, y es bien sabido que aquella tiró la flauta y que éste hizo desollar al que la tocaba”. Con tales burlas y tales veras se apartó Alcibíades a sí mismo y apartó a los otros de aquel estudio, porque luego corrió la voz entre los jóvenes de que hacía muy bien Alcibíades en desacreditar aquella habilidad y en burlarse de los que la aprendían; así enteramente fue ridiculizada la flauta y desterrada del número de las ocupaciones ingenuas.
III. En el libro de invectivas de Anfitón se refiere que, siendo muchacho, abandonó su casa y se fue a la de Demócrates, uno de sus amantes. Quería Arifrón hacerle pregonar; pero Pericles no se lo permitió, porque si había muerto, sólo se ganaría con el pregón que se descubriese un día antes, y si estaba salvo, era preciso tenerle por perdido para toda la vida. Dícese allí, además, que en la palestra de Sibirtio mató a uno de sus criados, sacudiéndole con un palo. Mas no es cosa de dar crédito a tales especies, que el mismo que por zaherir usa de ellas, reconoce ser movido a divulgarlas por enemistad.
IV. Desde luego se dedicaron muchos de los principales a seguirle y obsequiarle; pero era bien claro que la mayor parte de ellos no admiraban ni halagaban otra cosa que lo bello de su figura: sólo el amor de Sócrates nos da un indudable testimonio de su virtud y de su índole generosa. Advertía que ésta se manifestaba y resplandecía en su semblante; y temiendo a su riqueza, al esplendor de su origen y a la muchedumbre de ciudadanos, de forasteros y de aliados que trataban de apoderarse de él con sus lisonjas y sus obsequios, se propuso defenderlo y no desampararlo, como una planta que en flor iba a perder y viciar su nativo fruto. Porque en nada la fortuna le fue tan favorable, ni le pertrechó tanto exteriormente con los que llamamos bienes, como con 0haberle hecho por medio de la filosofía invulnerable e impasible a los dichos mordaces y cáusticamente libres de tantos como desde el principio se propusieron corromperle y retraerle de oír a su amonestador y maestro; y así es que, a pesar de todo, por la bondad de su índole hizo conocimiento con Sócrates, y se estrechó con él, apartando de sí a los ricos y distinguidos amadores. Entró, pues, muy luego en su confianza, y oyendo la voz de un amador que no andaba a caza de placeres indignos, ni solicitaba indecentes caricias, sino que le echaba en cara los vicios de su alma y reprimía su vano y necio orgullo, Como gallo vencido en la pelea, dejó caer acobardado el ala. Veía en esto la obra de Sócrates; pero en la realidad la reputaba ministerio de los Dioses en beneficio y salvación de los jóvenes. Desconfiándose, pues, de sí mismo, mirando a aquel con admiración, apreciando su benevolencia y acatando su virtud, insensiblemente abrazó el ídolo del amor, o, según la expresión de Platón, el contramor o amor correspondido. Maravillábanse todos, por tanto, de verle cenar con Sócrates y ejercitarse y habitar con él, mientras que se mostraba con los demás amadores áspero y desabrido; y aun a algunos los trataba con altanería, como a Ánito el de Antemión. Amaba éste a Alcibíades, y teniendo a cenar a unos huéspedes, le convidó al banquete: rehusó él el convite; pero habiendo encasa bebido largamente con otros amigos, fuese a casa de Ánito para darle un chasco: púsose a la puerta del comedor, y viendo las mesas llenas de fuentes de plata y oro, dio orden a los criados de que tomaran la mitad de todo aquello y se lo llevaran a casa; esto sin pasar de allí, y antes se retiró con los criados. Prorrumpieron los huéspedes en quejas, diciendo que Alcibíades se había portado injuriosa e indecorosamente con Ánito; más éste respondió: “No, sino con mucha equidad y moderación, pues que habiendo sido dueño de llevárselo todo, aún nos ha dejado parte”.
V. Así trataba a los demás amadores: solamente a uno de la campiña, hombre, según dicen, de pocos haberes, y que todos los iba enajenando, como lo que le quedaba, que montaría a cien estáteres, lo presentara a Alcibíades y le rogara que lo recibiese, echándose a reír, y celebrando el caso, lo convidó a cenar. En el banquete, mostrándosele benigno le volvió su dinero y le mandó que al día siguiente excediera en la postura a los arrendadores de los tributos públicos, pujándoles las que hiciesen: resistíase el aldeano, porque el arriendo, decía, era de muchos talentos, más le amenazó que le haría dar una paliza si así no lo ejecutaba; y es que entonces tenía pleito con los asentistas en reclamación de algunos intereses propios. Fuese el aldeano de madrugada a la plaza, y añadió a la postura un talento. Los asentistas, indignados, se alían contra él y le mandan que presente fiador, dando por supuesto que no le encontraría; y efectivamente, él se quedó cortado, e iba a retirarse, cuando Alcibíades, que se hallaba a alguna distancia, gritó a las magistrados: “Escríbase mi nombre, porque es mi amigo y yo le fío.” Al oír esto los asentistas no sabían qué partido tomar, estando acostumbrados a pagar los primeros asientos con los productos de los segundos: así ninguna salida le veían a aquel negocio. Trataron, pues, con el aldeano de que se apartara, ofreciéndole dinero, mas Alcibíades no le dejó que se contentara con menos de un talento. Diéronselo aquellos, y él le mandó que lo tomara y se volviera a su casa: dejándole socorrido por este medio.
VI Este amor de Sócrates tenía muchos que le hicieran oposición, mas lograba, sin embargo, dominar el buen natural de Alcibíades, fijándose en su ánimo los discursos de aquel, convirtiendo su corazón y arrancándole lágrimas. Había ocasiones, no obstante, en que, cediendo a los aduladores que le lisonjeaban con placeres, se le deslizaba a Sócrates, y como fugitivo tenía que cazarle; pues sólo respecto de él se avergonzaba, y a él sólo le tenía algún temor, no dándosele nada de los demás. Decía, pues, Cleantes, que este tal amado era por los oídos por donde de Sócrates había de ser cogido; cuando a los otros amadores les presentaba muchos asideros a que aquel no podía echar mano: queriendo indicar el vientre, la lascivia y la gula, porque realmente Alcibíades era muy inclinado a los deleites, dando de esto bastante indicio el que Tucídides llama desconcierto suyo en el régimen ordinario de la vida. Mas los que trataban de pervertirle, de lo que principalmente se valieron fue de su ambición y de su orgullo, para hacerle antes de tiempo tomar parte en los negocios públicos, persuadiéndole que lo mismo sería entrar en ellos, no solamente eclipsaría a los demás generales y oradores, sino que al mismo Pericles se aventajaría en gloria y poder entre los Griegos. Como el hierro, pues, ablandado por el fuego, después con el frío vuelve a comprimirse y sus partes se aprietan entre sí, de la misma manera cuantas veces Alcibíades, disipado por el lujo y la vanidad, volvía a las manos de Sócrates, conteniéndole éste y refrenándole con sus razones, le hacía sumiso y moderado, reconociendo que estaba todavía muy falto y atrasado para la virtud.
VII. Salido ya de la edad pueril, fue a la escuela de un maestro de primeras letras y le pidió algún libro de Homero; mas como respondiese que nada de Homero tenía, le dio una puñada, y se marchó. Otro maestro le dijo que tenía un Homero enmendado por él; y entonces le repuso: “¿Cómo enseñas las primeras letras? Siendo capaz de enmendar a Homero, ¿por qué no educas a los jóvenes?” Quiso en una ocasión visitar a Pericles y llamó a su puerta; mas se le informó que no se hallaba desocupado, sino que estaba viendo cómo dar cuentas a los Atenienses, y entonces se retiró diciendo: “¿Pues no sería mejor ocuparse en ver cómo no darlas?” Siendo todavía muy jovencito, militó en el ejército enviado contra Potidea, en el cual tuvo a Sócrates por compañero de tienda, y en los combates peleó a su lado. Hubo una fuerte batalla, en la que los dos sobresalieron en valor; y como Alcibíades hubiese caído de una herida, Sócrates se puso por delante y le defendió; haciéndose visible con esto que le sacó salvo y con sus armas, y que por toda razón debía el premio del valor ser de Sócrates. Con todo, cuando se advirtió que los generales, movidos del esplendor de Alcibíades, estaban empeñados en atribuirle aquella gloria, Sócrates, para encender más en él el deseo de sobresalir en acciones ilustres, fue el primero en atestiguar y promover que se diesen a aquel la corona y la armadura. Para eso en la batalla de Delio, cuando los Atenienses volvieron la espalda, como Alcibíades tuviese caballo y Sócrates con muy pocos se retirase a pie, no le desamparó aquel luego que le vio, sino que le acompañó y defendió, cargándoles los enemigos y haciéndoles mucho daño; pero esto fue algún tiempo después.
VIII. A Hiponico, padre de Calias, varón de suma dignidad y gran poder por su riqueza y linaje, le dio una bofetada, no movido de enfado o de alguna disputa, sino por juego, a causa de una apuesta que había hecho con sus amigos. Hízose muy pública en toda la ciudad esta afrenta; y como todos hubiesen mirado el hecho con la indignación que era justo, a la mañana siguiente muy temprano se fue Alcibíades a casa de Hiponico, llamó a la puerta, entró a su habitación, y quitándose la ropa le presentó su cuerpo, pidiendo que le azotase y tomara satisfacción; mas él le perdonó y depuso el enojo, y aun más adelante le hizo esposo de su hija Hipáreta. Otros son de sentir que no fue el mismo Hiponico, sino Calias, su hijo, quien casó a Hipáreta con Alcibíades, dándole diez talentos; y que luego cuando parió ésta, le arrancó Alcibíades otros diez talentos, alegando que así se había pactado si daba a luz varones. Temeroso Calias de que le armase algún enredo, se presentó ante el pueblo, cediéndole su hacienda y su casa, si llegase a morir sin descendencia: e Hipáreta, sin embargo de que era mujer prudente y de condición apacible, incomodada con él porque sin consideración al matrimonio frecuentaba otras mujeres forasteras y ciudadanas, abandonó su casa y se fue a la del hermano. Mirólo Alcibíades con indiferencia, y aun parecía hacer gala, por lo cual aquella se vio en la precisión de poner en poder del Arconte la petición de divorcio, no por medio de procurador, sino presentándose ella misma. Luego que compareció personalmente conforme a la ley, acudió Alcibíades, y tomándola del brazo, marchó a casa desde el foro, llevándosela consigo, sin que nadie se le opusiese o pensase en quitársela; y permaneció en su compañía hasta que falleció, que fue no mucho tiempo después, en ocasión de navegar Alcibíades para Éfeso; así no pareció que aquella violencia de habérsela llevado hubiese sido muy injuriosa e inhumana; además de que si la ley exigía que la que se divorciaba se presentara en el foro personalmente, es de creer que en ello había la mira de proporcionar al marido el concurrir también y retenerla.
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Pietro Testa(Italia, 1611-1650):
Alcibíades borracho interrumpiendo el banquete (1648)
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VIII. A Hiponico, padre de Calias, varón de suma dignidad y gran poder por su riqueza y linaje, le dio una bofetada, no movido de enfado o de alguna disputa, sino por juego, a causa de una apuesta que había hecho con sus amigos. Hízose muy pública en toda la ciudad esta afrenta; y como todos hubiesen mirado el hecho con la indignación que era justo, a la mañana siguiente muy temprano se fue Alcibíades a casa de Hiponico, llamó a la puerta, entró a su habitación, y quitándose la ropa le presentó su cuerpo, pidiendo que le azotase y tomara satisfacción; mas él le perdonó y depuso el enojo, y aun más adelante le hizo esposo de su hija Hipáreta. Otros son de sentir que no fue el mismo Hiponico, sino Calias, su hijo, quien casó a Hipáreta con Alcibíades, dándole diez talentos; y que luego cuando parió ésta, le arrancó Alcibíades otros diez talentos, alegando que así se había pactado si daba a luz varones. Temeroso Calias de que le armase algún enredo, se presentó ante el pueblo, cediéndole su hacienda y su casa, si llegase a morir sin descendencia: e Hipáreta, sin embargo de que era mujer prudente y de condición apacible, incomodada con él porque sin consideración al matrimonio frecuentaba otras mujeres forasteras y ciudadanas, abandonó su casa y se fue a la del hermano. Mirólo Alcibíades con indiferencia, y aun parecía hacer gala, por lo cual aquella se vio en la precisión de poner en poder del Arconte la petición de divorcio, no por medio de procurador, sino presentándose ella misma. Luego que compareció personalmente conforme a la ley, acudió Alcibíades, y tomándola del brazo, marchó a casa desde el foro, llevándosela consigo, sin que nadie se le opusiese o pensase en quitársela; y permaneció en su compañía hasta que falleció, que fue no mucho tiempo después, en ocasión de navegar Alcibíades para Éfeso; así no pareció que aquella violencia de habérsela llevado hubiese sido muy injuriosa e inhumana; además de que si la ley exigía que la que se divorciaba se presentara en el foro personalmente, es de creer que en ello había la mira de proporcionar al marido el concurrir también y retenerla.
IX. Tenía un perro celebrado de grande y hermoso, el que había comprado en setenta minas, y fue y le cortó la cola, que era bellísima. Reprendiéronselo sus amigos, diciéndole que todos le roían y vituperaban por lo hecho con el perro: y él, riéndose, “eso es- les respondió- lo que yo quiero; porque quiero que los Atenienses hablen de esto, para que no digan de mí cosas peores”.
X. Su primera entrada al favor popular dícese haber sido un donativo de dinero, no preparado de antemano, sino nacido de casualidad, porque yendo por la calle, en ocasión de estar alborotados los Atenienses, preguntó la causa, e informado de que era por una distribución de dinero, se acercó y les dio también. Comenzó el pueblo a gritar y aclamarle, y olvidado con este placer de una codorniz que llevaba debajo de la capa, dio ésta a volar y se le huyó; con lo que creció más la aclamación de los Atenienses, y muchos corrieron a ayudarle a cobrarla, habiendo sido Antíoco el piloto quien la cogió y se la volvió, por lo cual le tuvo de allí en adelante en mucha estimación. Su linaje, su riqueza y su valor en los combates le abrían ancha puerta para introducirse en el gobierno, mayormente teniendo muchos amigos; pero, con todo, su mayor deseo era ganar el ascendiente sobre la muchedumbre con la gracia en el decir; y de que sobresalía en esta dote nos dan testimonio los poetas cómicos y también el más vehemente de los oradores, diciendo en su oración contra Midias que Alcibíades, entre otras muchas dotes, tenía la de la elocuencia. Y si hemos de dar crédito a Teofrasto, el hombre más investigador y de más noticias entre los filósofos, Alcibíades sobresalía mucho en la invención y en el conocimiento de lo que en cada asunto convenía: mas como no sólo examinase qué era lo más oportuno, sino también de qué manera se diría con las voces y las frases más adecuadas, carecía de facilidad, y así tropezaba a menudo, y en medio del período callaba y se detenía, para ver cómo había de continuar.
XI Hízose muy célebre por los caballos que mantenía y por el número de sus carros; porque en los Juegos Olímpicos ni particular ni rey alguno presentó jamás siete, sino él sólo; y el haber sido a un tiempo vencedor en primero, segundo y cuarto lugar, según Tucídides, y aun en tercero, según Eurípides, excede en brillantez y en gloria a cuanto puede conseguirse en este género de ambición. Eurípides en su canto dice así: A ti te cantaré, oh hijo de Clinias; bellísima cosa es la victoria; pero más bello lo que ninguno de los Griegos alcanzó jamás: ganar con carroza el primero, segundo y tercer premio y marchar coronado de oliva dos veces sin trabajo alguno, pregonado vencedor por el heraldo.
XII. A este brillante vencimiento lo hizo todavía más glorioso el empeño de los contendores en honrarle, porque los de Éfeso le armaron una tienda guarnecida riquísimamente, la capital de Quío dio la provisión para los caballos y gran número de víctimas, y los de Lesbo el vino y demás prevenciones para un suntuoso banquete de muchos convidados. También una calumnia o perversidad, divulgada sobre esta misma magnificencia, dio mucho que hablar por entonces: cuéntase que hallándose en Atenas un tal Diomedes, hombre de bien y amigo de Alcibíades, y deseando alcanzar la victoria en los juegos olímpicos, noticioso de que en Argos había un excelente carro perteneciente al público y de que Alcibíades gozaba en Argos de gran poder y tenía muchos amigos, le rogó se lo comprase; pero que habiéndolo comprado, lo hizo pasar por suyo, y dejó a un lado a Diomedes, que lo sintió en gran manera, y se quejó del hecho a los Dioses y a los hombres. Parece que sobre él se movió pleito; y hay una oración de Isócrates del par de caballos, escrita a nombre del hijo de Alcibíades, en la que es Tisias, y no Diomedes, el demandante.
XIII. Era aún muy joven cuando se dio a los negocios de gobierno, y aunque al punto oscureció a todos los demás concurrentes, tuvo que contender con Féax, hijo de Erasístrato, y con Nicias, hijo de Nicerato, de los cuales éste le precedía en edad y tenía opinión de buen general; y Féax, que procedía de padres ilustres, y como él empezaba a tener adelantamientos, le era inferior entre otras calidades en la de la elocuencia: parecía más propio para conciliar y persuadir en el trato privado, que para sostener los debates en las juntas: siendo, como dice Éupolis, Diestro en parlar; mas en decir muy torpe. Corre asimismo una oración de Féax escrita contra Alcibíades, en la que se dice, entre otras cosas, que, teniendo la ciudad muchas tazas de oro y plata destinadas a las ceremonias, Alcibíades usaba de todas ellas como propias en su mesa diaria.
Vivía entonces también un tal Hipérbolo de Peritidas, el cual, además de que Tucídides hace mención de él como de un hombre malo, dio materia a todos los poetas cómicos para zaherirle en escena; pero él era inmoble e inalterable a los dicterios y a las sátiras, por un abandono de su opinión, que, siendo en realidad desvergüenza y tontería, algunos le graduaban de intrepidez y fortaleza; y éste era de quien se valía el pueblo cuando quería desacreditar y calumniar a los que estaban en altura. Movido, pues, entonces por éste mismo iba a usar del ostracismo, que es el medio que emplean siempre para enviar a destierro al ciudadano que se adelanta en gloria y en poder, desahogando así su envidia, más bien que su temor. Era claro que las conchas caerían sobre uno de los tres, y, por tanto, Alcibíades, reuniendo los partidos para este objeto, habló a Nicias, e hizo que el ostracismo se convirtiera contra Hipérbolo. Otros dicen que no fue con Nicias, sino con Féax, con quien Alcibíades se confabuló, y que por medio de la facción de éste consiguió desterrar a Hipérbolo, que estaba de ello bien ajeno, porque ningún hombre ruin y oscuro había hasta entonces incurrido en este género de pena, como, haciendo mención del mismo Hipérbolo, lo dijo así Platón el cómico: Fue a sus costumbres merecida pena; mas por su calidad de ella era indigno, porque no se inventó seguramente contra tan vil canalla el ostracismo. Pero en este punto hemos dicho en otra parte cuanto es digno de saberse.
XIV. Mas no por esto dejó Nicias de ser un objeto de mortificación para Alcibíades, que le veía admirado de los enemigos y honrado de los ciudadanos, porque aunque Alcibíades era público hospedador de los Lacedemonios y había obsequiado de ellos a los que habían sido cautivados en el encuentro de Pilo, con todo, porque principalmente habían conseguido, por medio de Nicias, que se hiciese la paz y se les restituyesen los cautivos, tenían a éste en mayor estimación, y entre los Griegos corría la voz de que si Pericles los había hostilizado, Nicias había desvanecido la guerra, y los más a esta paz la llamaban Nicea; por tanto, enfadado Alcibíades sobre manera y agitado de envidia, formó la resolución de romper el tratado. Y en primer lugar, noticioso de que los Argivos, por odio y miedo de los Esparcíatas, buscaban cómo separarse de ellos, les dio reservadamente esperanza de que los Atenienses les ayudarían, y los alentó, enviando a decir a los principales del pueblo que no temiesen ni cedieran a los Lacedemonios, sino que se pasaran a los Atenienses y aguardaran lo poco que faltaba para que éstos mudaran de propósito y rompieran la paz. Como en este tiempo los Lacedemonios hubiesen hecho alianza con los Beocios y restituido a los Atenienses la ciudad de Panacto, no en pie, como debían, sino habiéndola antes derruido, hallando con este motivo indignados a los Atenienses, los irritó todavía más. Molestaba, por otra parte, a Nicias, y le calumniaba y acusaba, no sin fundamento, de que, estando con mando, no quiso cautivar por sí mismo a aquellos de los enemigos que habían quedado en Esfacteria, y habiendo sido cautivados por otros, los había dejado ir y entregándolos, haciendo este obsequio a los Lacedemonios; y también de que siendo tan amigo no recabó de éstos que no se ligasen con los Beocios y Corintios, y que no estorbaran que de los pueblos griegos se aliase e hiciese amistad con los Atenienses el que quisiese, si a los Lacedemonios nos les estaba a cuenta. Cuando así traía a mal traer a Nicias, dispuso la suerte que viniesen embajadores de Lacedemonia, haciendo por sí proposiciones equitativas, y diciendo que traían plenos poderes para todo lo que fuera de una justa conciliación. Habíalos oído el Consejo y al día siguiente se había de congregar el pueblo: entonces. temeroso Alcibíades, manejó que los embajadores hablasen con él, y luego que se avistaron, “¿qué habéis hecho, les dijo, oh Esparcíatas? ¿Podéis ignorar que el Consejo trata siempre con moderación y humanidad a los que se, les presentan, pero que el pueblo es altanero y tiene desmedidas pretensiones? Si decís que venís autorizados para todo exigirá v querrá obligaros a lo que no sea de razón; vaya, pues, deponed esa nimia bondad, y si queréis encontrar en los Atenienses moderación y no ser precisados a lo que no es de vuestro dictamen, proponed lo que os parezca justo, sin que entiendan que venís con plenos poderes: con lo que nos tendréis de vuestra parte por hacer obsequio a los Lacedemonios”. Dicho esto se les obligó, con juramento, y enteramente los apartó de Nicias, poniendo en él su confianza y admirando su penetración y juicio, que no era, decían, de un hombre vulgar. Congregado al día siguiente el pueblo, se presentaron los embajadores, y preguntados por Alcibíades con la mayor afabilidad con qué facultades venían, respondieron que no venían con plenos poderes; y al punto se volvió contra ellos con gran vehemencia el mismo Alcibíades, como si fuese el burlado y no quien burlaba, tratándolos de falsos y enredadores, que no podían haber venido a hacer ni decir cosa buena. Irritóse también contra ellos el Senado, el pueblo se mostró igualmente ofendido, y Nicias quedó admirado y confundido con la mudanza que vio en los embajadores, por ignorar el engaño y dolo en que se les había hecho caer.
XV. Después de desconcertados así los Lacedemonios, nombrado Alcibíades general, inmediatamente hizo a los de Argos, de Mantinea y de Elea aliados de los Atenienses; y aunque nadie alababa el modo, se celebraba lo más maravilloso de su hazaña; siendo muy grande la de haber separado y conmovido casi puede decirse a todo el Peloponeso y opuesto en un día junto a Mantinea tantas tropas a los Lacedemonios y haberles ido a llevar el combate y el riesgo a tan grande distancia de Atenas, que con la victoria nada ganaron, y si hubiesen sido vencidos, era difícil que Lacedemonia hubiera vuelto en sí. Después de esta batalla intentaron los Quiliarcos de Argos disolver la democracia y sojuzgar la ciudad; y aun los Lacedemonios que acudieron contribuyeron a la ejecución de aquel designio; pero tomando las armas la muchedumbre, recobró la superioridad, y sobreviniendo Alcibíades, además de hacer más segura la victoria del pueblo, persuadió a éste que dilatara la gran muralla, y que poniéndose en contacto con el mar acercara enteramente su ciudad al poder de los Atenienses. Trajo asimismo de Atenas arquitectos y canteros, y se les mostró del todo interesado por ellos, ganando de este modo favor y poder, no menos para sí mismo que para su patria. Persuadió de la propia manera a los de Patras que con murallas prolongadas arrimaran su ciudad a la mar, y como alguno dijese a los Patrenses: “Los Atenienses se os tragarán”, “Puede ser, repuso Alcibíades; mas será poco a poco y por los pies; mientras que los Lacedemonios lo harían por la cabeza y de una vez”. Aconsejaba al propio tiempo a los Atenienses que ellos se pegaran más a la tierra, exhortándolos a confirmar con obras el juramento que en Agraulo prestan los jóvenes; y lo que juran es que la frontera del Ática será para ellos el trigo, la cebada, las viñas y los olivos, dando a entender que tendrán por propia principalmente la tierra cultivada y fructífera.
XVI Pues con estos cuidados y estos discursos, con esta prudencia y esta habilidad en manejar los negocios, reunía un desarreglado lujo en su método de vida, en el beber y en desordenados amores; grande disolución y mucha afeminación en trajes de diversos colores, que afectadamente arrastraba por la plaza; una opulencia insultante en todo: lechos muelles en las galeras para dormir más regaladamente, no puestos sobre las tablas, sino colgados de fajas; y un escudo que se hizo de oro, en el que no puso ninguna de las insignias usadas por los Atenienses, sino un Eros armado del rayo. Al ver estas cosas, los ciudadanos más distinguidos, además de abominarlas y llevarlas mal, temían su osadía y su ningún miramiento como tiránicos y disparatados; pero con el pueblo sucedía lo que Aristófanes expresó bellamente en estos términos: A un tiempo le desea y le aborrece; mas, con todo, en tenerle se complace. Y más bellamente todavía en esta alusión a él: No criar el león lo mejor fuera; mas aquel que en criarle tiene gusto, fuerza es que a sus costumbres se acomode. Porque sus donativos y sus gastos en los coros; sus obsequios a la ciudad, superiores a toda ponderación; el esplendor de su linaje, el poder de su elocuencia, la belleza de su persona, y sus fuerzas corporales, juntas con su experiencia en las cosas de la guerra, y su decidido valor, hacían que los Atenienses fueran indulgentes con él en todo lo demás y se lo llevaran en paciencia, dando siempre a sus extravíos los nombres benignísimos de juegos y muchachadas. Fue uno de ellos haber puesto preso al pintor Agatarco y remunerarlo con dones después que le pintó la casa: otro, dar de bofetadas a Taureas, su contendor en un coro, porque le disputó la victoria; y otro, asimismo, haberse tomado de entre los cautivos a una mujer de Milo, y ayuntándose a ella, criar un niño tenido en la misma; porque también esto lo calificaban de bondad; y todo, menos el que tuvo gran parte de culpa en que se diese indistintamente muerte a todos los Melios, defendiendo el decreto. Cuando Aristofonte pintó a Nemea teniendo a Alcibíades sentado en sus brazos, lo miraban y salían muy gustosos los Atenienses, pero los ancianos también esto lo veían con malos ojos, como tiránico y violento. Parecía, por tanto, que no había andado errado Arquéstrato en decir que la Grecia no podría soportar dos Alcibíades. Y cuando Timón el Misántropo, encontrándose con Alcibíades a tiempo que se retiraba de la junta pública muy aplaudido y con un brillante acompañamiento, no pasó de largo, ni se retiró, como solía hacerlo con todos los demás, sino que acercándose y tomándole la mano: Bravo, muy bien haces- le dijo- ¡oh joven! en irte acreditando, porque acrecientas un gran mal para todos éstos, unos se echaron a reír, otros lo miraron como una blasfemia, y en algunos produjo aquel dicho una completa aversión: ¡tan difícil era formar opinión de semejante hombre por las contrariedades de su carácter! XVII. Tentaba ya la Sicilia, aun en vida de Pericles, la codicia de los Atenienses, que después de su muerte habían dado algunos pasos hacia ella, y con enviar por todas partes lo que llamaban socorros y auxilios a los agraviados por los Siracusanos, iban poniendo escalones para una grande expedición. Mas el que inflamaba hasta el último punto este deseo y les persuadía a que no por partes y poco a poco, sino con poderosas fuerzas acometieran a la isla, era Alcibíades, dando al pueblo grandes esperanzas y formando él mismo mayores designios: pues veía en la Sicilia el principio y no el término, como los demás, de las operaciones militares que en su ánimo meditaba. Con todo, Nicias, reputando difícil empresa la de tomar a Siracusa, retraía con sus persuasiones al pueblo: pero Alcibíades, que lo entretenía con los sueños de Cartago y del África, y que en consecuencia de esto tenía ya como en la mano la Italia y el Peloponeso, faltaba poco para que viese en la Sicilia un viático para aquella guerra. Y lo que es los jóvenes espontáneamente se le unieron, acalorados con tan lisonjeras esperanzas; pues además oían a los ancianos deducir maravillosas consecuencias de aquella exposición; tanto, que muchos se ponían en las palestras y en los corrillos a dibujar la figura de la isla y la situación del África y de Cartago. Mas dícese del filósofo Sócrates y del astrólogo Metón que ni uno ni otro esperaron nunca nada provechoso a la ciudad de semejante proyecto: aquel, por aparecérsele, como es de creer, su genio familiar y predecírselo, y Metón, porque receló por su propio discurso lo que iba a suceder, o porque usó para ello de alguna adivinación: de forma que fingió haberse vuelto loco, y tomando un tizón encendido iba a pegar fuego a su propia casa; aunque algunos dicen que no hubo de parte de Metón tal ficción de locura, sino que dio efectivamente fuego a su casa por la noche, y a la mañana se presentó a pedir y suplicar que por aquella desgracia le dejaran al hijo libre por entonces de la milicia: y habiendo engañado así a los ciudadanos, consiguió lo que quería.
XVIII. Fue, sin embargo, nombrado general Nicias contra su voluntad, repugnando no menos el mando que el colega que se le daba: porque juzgaron los Atenienses que se conduciría mejor aquella guerra no dejando el mando absoluto a Alcibíades, sino mezclando con su osadía la circunspección de Nicias: porque el tercer general, Lámaco, aunque hombre de más edad, se había visto en algunos combates que no cedía a Alcibíades en ardor y en arrojo a los peligros. Cuando deliberaban sobre la cantidad y modo de los preparativos, volvió a intentar Nicias el oponerse y paralizar la guerra; mas contradíjole Alcibíades y salió con su intento, escribiendo el orador Demostrato, y persuadiendo, que convenía hacer a los generales árbitros de los preparativos y de la suma de la guerra; lo que así fue decretado por el pueblo. Estando ya todo dispuesto para dar la vela, no se presentaron favorables ni aun los auspicios de las festividades; porque cayeron en aquellos días las de Adonis, en las cuales las mujeres ponían en muchos parajes imágenes semejantes a los muertos que se llevan a enterrar, y representaban exequias, lastimándose y entonando lamentaciones. Además, la mutilación hecha en una sola noche de todos los Hermes, que amanecieron con todas las partes prominentes del rostro cortadas, causó gran turbación aun a muchos de los que no hacen alto en tales cosas. Díjose que los de Corinto, por amor de los Siracusanos, que era una colonia suya, con la esperanza de que aquel prodigio había de contener a los Atenienses y hacerles desistir de la guerra, fueron los autores del atentado. Mas con todo, a una gran parte no les hicieron fuerza ni esta voz ni las razones de los que decían que nada siniestro había en aquellos portentos, y que no eran más que una de aquellas travesuras que suele llevar consigo la insolencia de la gente joven, propensa después de un banquete a tales desórdenes; porque a un tiempo se irritaron y se llenaron de terror con lo sucedido, atribuyéndolo a alguna conjuración fraguada con grandes miras. Hacíanse, por tanto, pesquisas rigurosas sobre cualquier sospecha por el Senado en repetidas juntas, y por el pueblo, reuniéndose también en pocos días muchas veces.
XIX. En esto presentó Androcles, uno de los demagogos, algunos esclavos y colonos que acusaban a Alcibíades y a sus amigos de otras mutilaciones de estatuas y de haber en la embriaguez remedado los misterios, diciendo que un tal Teodoro había hecho funciones de proclamador; Polición, las de porta-antorcha; el mismo Alcibíades, las de hierofantes; y que los demás amigos habían sido los concurrentes y participado de los misterios, llamándose “mistas” o iniciados; así estaba escrito en la delación, siendo Tésalo, hijo de Cimón, quien delataba a Alcibíades de que era impío contra las Diosas. Irritándose con esto el pueblo, y estando muy indispuesto con Alcibíades, todavía le exasperaba más Androcles, que era uno de sus mayores enemigos, por lo que al principio Alcibíades no pudo menos de abatirse; mas advirtiendo luego que todos los marineros que habían de ir a Sicilia le eran muy aficionados, y lo mismo la tropa, que los de Argos y Mantinea, en número de mil, decían abiertamente que sólo por Alcibíades se ofrecían a aquella marítima y lejana expedición, y que si alguno le agraviaba desertarían, entonces cobró ánimo y se aprovechó de aquella oportunidad para defenderse; de manera que por la inversa sus enemigos desmayaron y empezaron a temer no fuera que el pueblo se mostrara blando con él en el juicio, por la consideración de haberlo menester. Maquinaron, por tanto, que de los oradores, los que no eran conocidamente enemigos de Alcibíades, aunque en su corazón no le aborrecieran menos que sus contrarios declarados, se levantaran en la junta y dijeran que era muy fuera de razón, a un general nombrado con plenos poderes para mandar tantas fuerzas, en el momento de tener reunido el ejército y los auxiliares, causarle detención con el sorteo de jueces y medida del agua, haciéndole perder la oportunidad de obrar; navegue, pues, con favorables auspicios y comparezca concluida la guerra a defenderse conforme a las mismas leyes. No dejo Alcibíades de percibir la malignidad que encerraba esta dilación; así replicó, tomando la palabra, que era cosa terrible, pendientes tal causa y tales calumnias, partir adornado de tan brillante autoridad, y que lo justo era, o morir si no disipaba la acusación, o, en caso de desvanecerla, marchar contra los enemigos sin miedo de calumniadores.
XX. Mas no habiendo logrado convencerlos, e intimándosele que partiese, dio la vela con sus colegas, llevando muy pocas menos de ciento y cuarenta galeras, cinco mil y cien infantes; entre tiradores de arco, honderos y demás tropa ligera, unos mil y trescientos, y todas las prevenciones correspondientes. Navegando la vuelta de Italia tomaron a Regio, y allí puso a deliberación el modo que había de tenerse en hacer la guerra. Opúsose Nicias a su dictamen; pero habiéndolo aprobado Lámaco, se dirigió a la Sicilia y atrajo a Catana a su partido, sin que hubiese ya podido hacer otra cosa, porque al punto fue llamado para el juicio por los Atenienses. Porque al principio, como dejamos dicho, sólo se propusieron contra Alcibíades algunas frías sospechas y calumnias por esclavos y por colonos; pero sus enemigos, luego que le vieron ausente, tomaron fuerzas contra él y reunieron con el insulto hecho a los Hermes el remedo de los misterios, insinuando que todo era efecto de una misma conjuración para causar un trastorno; y a todos cuantos denunciados pudieron haber a las manos, sin oírlos los encerraron en la cárcel, sintiendo no haber cogido antes a Alcibíades bajo sus votos y sentenciándole por tan graves crímenes; mas la ira que contra él tenían la mostraron ásperamente en cualquiera deudo, amigo o familiar suyo que por desgracia aprehendieron. Tucídides no hizo mención de los denunciadores, pero otros escritores nombran a Dioclides y a Teucro, citados también en estos versos de Frínico el cómico: Amado Hermes, cuida no te caigas, y a ti mismo te lisies, dando margen a que otro Dioclides que ya tenga mala intención levante otra calumnia. Tendré cuidado, pues en modo alguno al execrable advenedizo Teucro quiero se dé de la denuncia el premio. Y no porque los tales denunciadores hubiesen dado pruebas ciertas y seguras; antes, preguntado uno de ellos como había conocido a los mutiladores de los Hermes, respondió que a la claridad de la luna, con la más manifiesta falsedad, porque el hecho había sido el día primero o de la nueva luna. Esto a las gentes de razón las dejó aturdidas, pero nada influyó para ablandar el ánimo de la plebe, que continuó con el mismo acaloramiento que al principio, conduciendo y encerrando en la cárcel a cualquiera que era denunciado.
XXI Uno de los presos y encarcelados por aquella causa fue el orador Andócides, a quien Helanico, escritor contemporáneo, hace entroncar con los descendientes de Ulises. Era reputado Andócides por desafecto al pueblo y apasionado de la oligarquía, y, sobre todo, en el crimen de la mutilación le había hecho sospechoso el grande Hermes, ofrenda que la tribu Egeide había consagrado junto a su casa; porque de los pocos que había sobresalientes entre los demás, éste solo había quedado sano; así, aun ahora se denomina de Andócides, y así lo llaman todos, no obstante que la inscripción lo repugna. Ocurrió asimismo que entre los muchos que por aquel delito se hallaban en la cárcel, trabó Andócides amistad e intimidad con otro preso llamado Timeo, que si no le igualaba en la fama y opinión le aventajaba en penetración y osadía. Persuadió éste a Andócides que se delatase a sí mismo y a algunos otros en corto número; porque al que confesase se había ofrecido la impunidad, y si para todos era incierto el éxito del juicio, para los que tenían opinión de poder era muy temible; por tanto, que era mejor mentir para salvarse que morir con infamia por el mismo delito; y aun atendiendo al bien común, valía más con perder a unos pocos de dudosa conducta, salvar al mayor número y a los hombres de bien de la ira del pueblo. Con estos consejos y exhortaciones convenció Timeo por fin a Andócides, y haciéndose denunciador de sí mismo y de otros, consiguió para sí la inmunidad conforme al decreto; pero los que por él fueron denunciados, a excepción de los que pudieron huir, todos murieron. Para ganarse más crédito, comprendió Andócides en la delación a sus propios esclavos, mas no con esto desfogó el pueblo toda su rabia; por el contrario, libre ya de los mutiladores de Hermes, como con una ira que había quedado ociosa, se convirtió todo contra Alcibíades. Últimamente envió en su busca la nave de Salamina, bien que encargando, no sin gran cautela, que no se le hiciese violencia ni se tocase a su persona, sino que se le hablara blandamente, dándole orden de ir a Atenas para ser juzgado y satisfacer al pueblo, porque temían un tumulto y una sedición del ejército en tierra extraña, cosa que a Alcibíades, a haber querido, le hubiera sido muy fácil de ejecutar, pues con su ausencia desmayó mucho aquel, temiendo que en las manos de Nicias iría larga la guerra y experimentaría dilaciones fastidiosas faltando el aguijón que todo lo movía, por cuanto, aunque Lámaco era belicoso y valiente, carecía de dignidad y respeto, por su pobreza.
XXII. Embarcándose, pues, inmediatamente Alcibíades, les quitó a los Atenienses a Mesana de entre las manos, porque, estando prontos los que habían de entregar la ciudad, él, que estaba bien enterado de todo, lo reveló a los amigos de los Siracusanos y deshizo la negociación. Llegado a Turios, bajó de la galera, y ocultándose pudo frustrar la diligencia de los que le buscaban. Hubo alguno que le conoció y le dijo: “¿No te fías, oh Alcibíades, en la patria?”; y él le respondió: “En todo lo demás, sí; pero cuando se trata de mi vida, ni en mi madre, no fuera que por equivocación echase el cálculo negro en lugar de blanco”. Oyendo después que la ciudad le había condenado a muerte, “pues yo- repuso- les haré ver que vivo”. Consérvase memoria de que la delación estaba concebida en estos términos: “Tésalo, hijo de Cimón Lacíade, denuncia a Alcibíades, hijo de Clinias Escambónide, de haber ofendido a las Diosas Deméter y su hija, remedando los misterios y divulgándolos a sus amigos en su casa, habiéndose puesto el ornamento que lleva el hierofantes cuando celebra los misterios, tomando él mismo el nombre de hierofantes, dando a Lolición el de porta-antorcha y a Teodoro Fegeo el de proclamador, y llamando a sus amigos iniciados y adeptos, contra lo justo y lo establecido por los Eumólpidas, los proclamadores y los sacerdotes de Eleusis”. Condenáronle en rebeldía y confiscaron sus bienes, y mandaron además que todos los sacerdotes le maldijesen, a la cual resolución solamente se opuso, según es fama, Teano, hija de Menón de Agraulo, diciendo que era sacerdotisa para bendecir, no para maldecir a nadie.
XXIII. Cuando estos decretos y estas condenaciones se pronunciaron estaba detenido en Argos, porque al fugarse de Turios lo primero que hizo fue irse al Peloponeso; pero temiendo a sus enemigos y renunciando del todo a su patria, escribió a Esparta pidiendo que se le ofreciese la impunidad, y dando palabra de que les haría favores y servicios que excedieran con mucho a los daños que antes les había causado. Concediéronselo los Esparcíatas, y recibido benignamente de ellos, luego que pasó allá, el primer servicio que al punto les hizo fue que, andando en consultas y dilaciones sobre dar auxilio a los Siracusanos, los movió y acaloró a que enviasen por general a Gilipo y quebrantasen las fuerzas que allí tenían los Atenienses; fue el segundo hacer que ellos mismos por sí moviesen a éstos guerra, y el tercero y más granado hacerles murar a Decelea, que fue lo que más perjudicó y contribuyó a la ruina de Atenas. Estimado, pues, por sus hechos públicos, y no menos admirado por su conducta privada, atraía y adulaba a la muchedumbre con vivir enteramente a la espartana; pues viéndole con el cabello cortado a raíz, bañarse en agua fría, comer puches y gustar del caldo negro, como que no creían, y antes dudaban fuertemente de que hubiese tenido nunca cocinero, ni hubiese usado de ungüentos, ni hubiese tocado su cuerpo la ropa delicada de Mileto. Porque entre las muchas habilidades que tenía, era como única y como un artificio para cazar los ánimos la de asemejarse e identificarse en sus afectos con toda especie de instituciones y costumbres, siendo en mudar formas más pronto que el camaleón; y con la diferencia de que éste, según se dice, hay un color, que es el blanco, al que no puede conformarse, pero para Alcibíades ni en bien ni en mal nada había que igualmente no copiase e imitase: así, en Esparta era dado a los ejercicios del gimnasio, sobrio y severo; en la Jonia, voluptuoso, jovial y sosegado; en la Tracia, bebedor y buen jinete; y al lado del sátrapa Tisafernes excedía su lujo y opulencia a la pompa persiana, no porque le fuera tan fácil como parece pasar de un método de vida a otro y admitir toda suerte de mudanza, sino porque conociendo que si usaba de su inclinación natural desagradaría a aquellos con quienes tenía que vivir, continuamente se acomodaba y amoldaba a la forma y manera que éstos preferían. En Lacedemonia, pues, en cuanto a su porte exterior, podía muy bien decirse: “No es éste el hijo de Aquiles, sino el mismo que pudiera haber formado Licurgo”; mas en la realidad cualquiera, según sus afectos y sus obras, hubiera podido gritarle: “Ésa es siempre la mujer de antaño”. Porque a Timea, mujer de Agis, mientras éste estaba ausente en el ejército, de tal manera la sacó de juicio, que de su trato se hizo embarazada, sin negarlo; y como hubiese sido varón el que dio a luz, para los de afuera se llamaba Leotíquidas: pero el nombre que al oído se le daba en casa por la madre entre las amigas y las confidentes era el de Alcibíades: ¡tan ciega de amor estaba la tal mujer!; y él, con desvergüenza, solía decir que no la había seducido por hacer agravio ni tampoco halagado del deleite, sino para que descendientes suyos reinasen sobre los Lacedemonios. Hubo muchos que denunciaron a Agis estos hechos; pero él principalmente se atuvo al tiempo; porque habiendo habido un terremoto, él, de miedo, saltó del lecho y del lado de su mujer, y después en diez meses no se ayuntó a ella; y como después de este tiempo hubiese nacido Leotíquidas, no le reconoció por hijo suyo; y por esta causa fue después Leotíquidas privado de suceder en el reino.
XXIV. Después de los desgraciados sucesos de los Atenienses en Sicilia, enviaron a un tiempo embajadores a Esparta los de Quío y Lesbo, y también los de Cícico, para tratar de su defección. Los Beocios hablaban por los de Lesbo, y Farnabazo por los de Cícico; pero a persuasión de Alcibíades prefirieron auxiliar a los de Quío antes de todo; y yendo él mismo en aquel viaje, hizo que se separase de los Atenienses casi puede decirse toda la Jonia, y con estar al lado de los generales Lacedemonios fue muy grande el daño que les causó. Con todo, Agis era siempre su enemigo, a causa de la mujer, por la afrenta recibida, y además le incomodaba también su gloria: porque se había difundido la voz de que todo se hacía por Alcibíades, y a él era a quien se tenía consideración. Sufríanle asimismo de mala gana los de más poder y dignidad entre los Esparcíatas, por la envidia que les causaba. Tuvieron, pues, mano y negociaron con los que en casa quedaron con mando que enviasen a Jonia quien le diese muerte. Llegó a entenderlo reservadamente y vivía con recelo; por lo que en todos los negocios públicos promovió los intereses de los Lacedemonios, pero huyó de caer en sus manos; y habiéndose entregado por su seguridad a Tisafernes, sátrapa del rey, al punto fue para con él la persona primera y de mayor poder; porque aquella suma destreza suya en plegarse y acomodarse aun al bárbaro, que no era hombre sencillo sino perverso y de malísima inclinación, le causó gran maravilla; y a sus gracias en los entretenimientos cotidianos y en el trato familiar no había costumbres que resistiesen ni genio que no se dejase conquistar; tanto, que aun los que le temían o tenían envidia en tratarle y conversar con él experimentaban placer. Por tanto, con ser Tisafernes entre los Persas uno de los enemigos más declarados de los Griegos, de tal modo se rindió a los halagos de Alcibíades, que llegó a excederle en sus recíprocas adulaciones: así, de los paraísos o jardines que tenía, el más delicioso a causa de sus aguas y praderías saludables, y en el que había además mansiones y retraimientos dispuestos regia y ostentosamente, ordenó que se llamase Alcibíades; y éste fue el nombre y apelación con que en adelante le llamaron todos.
XXV. Abandonando, pues, Alcibíades el partido de los Lacedemonios por su infidelidad, y teniéndoles ya miedo, comenzó a desacreditar y poner en mal a Agis con Tisafernes, no consintiendo ni que los auxiliase decididamente ni que rompiese del todo con los Atenienses, sino que, prestándose penosamente a sus demandas, los fuese quebrantando y aniquilando con lentitud y por este medio pusiese a ambos pueblos bajo el poder del rey, debilitados los unos por los otros. Dejóse éste persuadir fácilmente, viéndose bien a las claras que le amaba y tenía en mucho: de modo que de una y otra parte tenían los Griegos puestos los ojos en Alcibíades, arrepentidos ya los Atenienses con sus malos sucesos de la determinación tomada contra él; y él mismo estaba incomodado por lo hecho, y temía no fuera que, destruida del todo la ciudad, viniera a caer en las manos de los Lacedemonios, de quienes era aborrecido. En Samo venía a estar entonces la suma de los intereses de los Atenienses; y partiendo desde allí con sus fuerzas navales, recobraban a unos aliados y conservaban a otros, por ser en el mar superiores a sus enemigos; pero temían a Tisafernes y sus galeras fenicias, que se decía no estar lejos, y eran en número de ciento cincuenta, porque si acertaban a llegar, no le quedaba esperanza alguna de salud a la ciudad. Bien convencido de esto Alcibíades, envió reservadamente a los principales de los Atenienses quien les diese confianza de que les volvería amigo a Tisafernes, no por complacer a la muchedumbre, ni esperando nada de ella, sino en obsequio de los principales ciudadanos, si determinándose a ser hombres esforzados y a contener la insolencia de la plebe tomaban por su cuenta ellos mismos salvar la república y sus intereses. Todos los demás apoyaron con empeño la proposición de Alcibíades; pero uno de los generales, Frínico Diraliota, sospechando lo que era, a saber: que a Alcibíades lo mismo le importaba la democracia que la oligarquía, y que procurando ser rehabilitado de la calumnia que le hizo contraria la muchedumbre, con esta mira lisonjeaba y halagaba a los principales, le hizo contradicción. Quedó vencido por los demás votos, y hecho ya enemigo descubierto de Alcibíades, lo denunció secretamente a Antíoco, almirante de los enemigos, previniéndole que se guardara y precaviera de Alcibíades como de hombre que quería estar con unos y con otros; mas no sabía que el asunto iba de traidor a traidor: porque haciendo Antíoco la corte a Tisafernes, y viendo que para con él era el todo Alcibíades, manifestó a éste lo que Frínico le había comunicado. Alcibíades mandó al punto a Samo acusadores contra Frínico, dando motivo a que todos se indignaran y sublevaran contra él; y como para ocurrir a aquel peligro no se le ofreciese a éste otro medio, intentó curar un mal con otro mal mayor: porque envió otra vez quien se quejase con Antíoco de haberle descubierto y le avisase de que tenía resuelto hacerle entrega de las naves y del ejército de los Atenienses. Con todo, no trajo daño a éstos la traición de Frínico, por otra traición de Antíoco, que también anunció a Alcibíades esta nueva propuesta de Frínico. Volvió éste en sí, y temiendo segunda acusación de Alcibíades, se anticipó a prevenir a los Atenienses que los enemigos iban a sorprenderlos, exhortándolos a estarse quietos en las naves y atrincherar el ejército. Cuando ya esto se había puesto en ejecución, aunque vinieron otra vez cartas de Alcibíades advirtiéndoles que se guardaran de Frínico, que iba a entregar a los enemigos la armada, no les dieron crédito, imaginándose que Alcibíades, que estaba bien informado de los preparativos e intentos de los enemigos, abusaba de esta noticia para calumniar a Frínico falsamente. Pero más adelante, habiendo uno de los de la guardia de Hermón dado de puñaladas a Frínico en la plaza y quitándole la vida, formada causa, condenaron los Atenienses a Frínico por traidor después de muerto, y decretaron coronar a Hermón y los de su guardia.
XXVI Dominando entonces en Samo los amigos de Alcibíades, enviaron a Pisandro a la ciudad para mudar el gobierno y alentar a los principales a ponerse al frente de los negocios y disolver la democracia, pues con estas condiciones les ganaría Alcibíades a Tisafernes por amigo y aliado: a lo menos éste fue el pretexto y la apariencia de los que establecían la oligarquía. Mas después que tomaron consistencia y se apoderaron del mando los llamados cinco mil, aunque no eran más de cuatrocientos, ya no se curaban gran cosa de Alcibíades, y hacían muy remisamente la guerra; parte por desconfianza que tenían de que aguantaran los ciudadanos aquellas novedades, y parte porque imaginaban que cederían los Lacedemonios, inclinados siempre y afectos a la oligarquía; y la plebe en la ciudad se estuvo, aunque de mala gana, sosegada por entonces, porque habían perecido no pocos de los que se opusieron a los cuatrocientos. Los de Samo cuando lo entendieron, irritados de aquel proceder, pensaron en dar al punto la vela con dirección al Pireo, y llamando a Alcibíades, a quien también nombraron general, le ordenaron que los condujese y acabase con los tiranos; mas éste no se manejó o condescendió como cualquiera otro que repentinamente se hubiera visto en tanta autoridad por el favor de algunos de sus ciudadanos, creyendo que debía complacer en todo y no rehusar nada a los que de fugitivo y desterrado lo habían hecho presidente y general de tantas naves y de tamañas fuerzas, sino que, como correspondía a un gran caudillo, hizo frente a los que sólo se gobernaban por la ira y los contuvo para no cometer un desacierto; con lo que indudablemente salvó entonces la república. Porque si, haciéndose al mar, se hubiesen restituido a casa, infaliblemente los enemigos habrían quedado dueños sin fatiga de toda la Jonia, del Helesponto y de las Islas; y Atenienses habrían tenido que venir a las manos con Atenienses, trayendo la guerra a su ciudad; lo que Alcibíades sólo impidió sucediese, no precisamente persuadiendo e instruyendo a la muchedumbre, sino yendo en particular a unos con ruegos y a otros con violencia. Sirvióle en esta ocasión Trasíbulo de Estiria con su presencia y sus gritos, pues, según se dice, era el que tenía la voz más fuerte entre todos los Atenienses. Otra segunda acción brillante hubo también entonces de Alcibíades, y fue que, habiendo ofrecido que las naves fenicias que estaban los Lacedemonios esperando, teniéndoselas prometidas el rey, o las atraería en su favor, o a lo menos negociaría que no se uniesen con aquellos, sin dilación navegó con este objeto; y se verificó que Tisafernes, aunque se apareció con las naves hacia Aspendo, no las unió, sino que engañó a los Lacedemonios: habiendo sido Alcibíades la causa de que no estuviese ni con unos ni con otros, y sobre todo de que no estuviese con los Lacedemonios, por haber enseñado al bárbaro que se desentendiera y dejara que los Griegos se destruyeran unos a otros: pues no podía haber duda en que unidas tan poderosas fuerzas a uno de los dos pueblos, éste quitaría enteramente al otro el dominio del mar.
XXVII. Fue disuelto a poco el gobierno de los cuatrocientos, por haberse agregado con ardor los amigos de Alcibíades a los que estaban por la democracia. Querían los de la ciudad, y habían dado orden para que Alcibíades volviese, mas él creyó que no debía hacerlo con las manos vacías y desocupadas, sino glorioso con alguna ilustre hazaña. Con este objeto navegó al principio por el mar de Cnido y Cos; mas habiendo llegado allí a su noticia que el Esparcíata Míndaro subía al Helesponto con toda su armada, en persecución de los Atenienses, se apresuró a dar auxilio a sus generales; y quiso la fortuna que llegase con sus diez y ocho galeras precisamente en el oportuno momento en que, habiendo caído unos y otros con todas sus naves cerca de Abido, y librándose combate, vencidos en parte y en parte vencedores, permanecieron en la lid cerca del anochecer. Con su aparecimiento en esta sazón hizo a ambos partidos equivocarse, inspirando confianza a los enemigos y miedo a los Atenienses; pero levantando luego insignia amiga en la capitana, cargó repentinamente a los Peloponenses vencedores, que seguían el alcance. Hízolos volver, e impeliéndolos a tierra, destrozó sus naves, hiriendo a muchos que escapaban a nado, sin embargo de que Farnabazo los protegía con infantería, y peleaba por salvarles las naves; finalmente, apresando treinta de los enemigos y conservando las propias, erigieron un trofeo. Con tan brillante y próspero suceso ardía por hacer de él ostentación con Tisafernes, para lo cual, haciendo prevención de presentes y regalos, y llevando el acompañamiento propio de un general, se encaminó allá. Mas no le salió como esperaba, porque difamado ya de antemano Tisafernes por los Lacedemonios, y temeroso de que por el rey se le hiciera cargo, juzgó que Alcibíades se le presentaba en la mejor coyuntura, y echándole mano, lo puso preso en Sardis, para desvanecer con esta maldad aquella acusación.
XXVIII. Al cabo de treinta días, habiendo podido Alcibíades proporcionarse un caballo, escapó de la vigilancia de los guardas y huyó a Clazómenas, haciendo correr contra Tisafernes la voz de que él mismo le había puesto en salvo. Navegó de allí al ejército de los Atenienses, y llegando a entender que Míndaro y Farnabazo se hallaban juntos en Cícico, incitó a los soldados y les hizo entender ser preciso que por mar y por tierra, y aun combatiendo muros, peleasen contra los enemigos, pues no podrían procurarse los recursos necesarios, si por todos estos modos no vencían. Armó, pues, las naves, y dando la vela hacia Proconeso, dio orden de que se encerraran y detuvieran dentro de la armada los buques ligeros, para que por ningún medio pudieran presumir los enemigos su marcha. Hizo la casualidad que de repente llovió mucho con truenos, y que vino también en su favor tal oscuridad, que encubrió todo aquel aparato; de manera que no sólo se ocultó a los enemigos, sino a los mismos Atenienses; porque cuando estaban ya desconfiados, dio la orden y partieron, De allí a poco, la oscuridad se disipó, y se divisaron las naves de los Peloponenses, que estaban ancladas delante del puerto de Cícico. Temeroso, pues, Alcibíades, de que viendo antes de tiempo lo grande de sus fuerzas se retiraran a tierra, dio orden a los otros generales de que navegaran lentamente y se fueran atrasando, y él se presentó, no teniendo consigo más de cuarenta naves, y provocó a los enemigos. Cayeron éstos en el lazo, y mirando con desprecio el que viniesen contra tantas, al punto se fueron para los contrarios y trabaron combate, pero cuando sobrevinieron las demás naves, empezada ya la acción dieron a huir aterrados. Alcibíades entonces, con veinte de las mejores galeras, se metió por medio y encaminó a tierra: y saltando a ella, acometió a los que se retiraban de las naves, dando muerte a muchos. Venció a Míndaro y Farnabazo, que se adelantaron en defensa de éstos, dando muerte a Míndaro, que peleó valerosamente; mas Farnabazo logró fugarse. Fue grande el número de muertos y el de las armas de que se apoderaron; tomaron todas las naves; se hicieron asimismo dueños de Cícico; y huido Farnabazo y destrozados los Peloponenses, no solamente quedaron en segura posesión del Helesponto, sino que alejaron a viva fuerza de aquellos mares a los Lacedemonios. Cogiéronse hasta las cartas en que lacónicamente participaban a los Éforos aquella derrota: “Nuestras cosas están perdidas. Míndaro, muerto. La gente, hambrienta. No sabemos qué hacer”.
XXIX. Fue tan grande con esto el engreimiento de los soldados de Alcibíades, y salieron tanto de sí, que tenían a menos el reunirse con los demás soldados: ¡con los que muchas veces han sido vencidos- decían- los que son invictos todavía! Porque no mucho antes había sucedido que derrotado Trasilo en las inmediaciones de Éfeso, se había erigido por los Efesios un trofeo de bronce en oprobio de los Atenienses. Con estas cosas daban en cara los de Alcibíades a los de Trasilo, ensalzándose a sí mismos y a su general, y no queriendo alternar con los otros ni en gimnasios ni en campamentos. Mas cuando Farnabazo vino luego sobre éstos a tiempo que hacían incursión en las tierras de Abido, trayendo mucha caballería e infantería, Alcibíades, corriendo prontamente en su auxilio, puso en fuga a Farnabazo y le siguió al alcance juntamente con Trasilo hasta entrada la noche. Uniéronse ya entonces, y gloriosos y alegres tornaron al campamento, y levantando al día siguiente un trofeo, talaron la región de Farnabazo, sin que nadie se atreviera a resistirlos. Cautivó en aquella acción algunos sacerdotes y sacerdotisas; pero los dejó ir libres sin rescate. Disponíase a sujetar por armas a los de Calcedonia, que se habían rebelado y habían recibido guarnición y comandante de mano de los Lacedemonios: pero al saber que habían recogido cuanto podía ser objeto de botín, y lo habían llevarlo en depósito a los Bitinios, sus amigos, pasó a los términos de éstos con su ejército y les mandó un heraldo con esta queja; mas ellos concibieron miedo, y además de entregarle el botín le pactaron amistad.
XXX. Barreada Calcedonia de mar a mar, vino Farnabazo para hacer levantar el cerco, e Hipócrates, el gobernador, sacando también de la ciudad sus fuerzas, acometió a los Atenienses: mas Alcibíades, formando contra ambos su ejército, obligó a Farnabazo a huir cobardemente, y a Hipócrates y a muchos de los suyos los destrozó enteramente, alcanzando de ellos una señalada victoria. Navegó en seguida al Helesponto, donde anduvo recogiendo contribuciones, y tornó a Selibria, aventurando su persona sin consideración: porque los que habían de entregarle esta ciudad habían convenido en que levantarían una tea a la media noche: pero se vieron precisados a mostrarla antes de hora por temor de uno de los conjurados, que de repente se les había vuelto. Levantada, pues, la tea cuando la tropa no estaba todavía a punto, tomando consigo como unos treinta, marchó corriendo a la muralla, dejando orden de que los demás le siguiesen prontamente. Abriéronle la puerta cuando a los treinta se habían reunido veinte peltastas, o armados de rodela., y, entrando sin detención, percibió que los Selibrios venían de frente hacia él armados. De estarse quieto conoció que no había para él recurso; y el huir, habiendo sido invicto siempre hasta aquel día, no lo tuvo por de su carácter; hizo, pues, seña al trompeta de que impusiera silencio, y a uno de los que con él se hallaban le ordenó que gritase: “Atenienses, no hagáis armas contra los Selibrios”. Esta intimación hizo en unos el efecto de ser más remisos en el pelear, pareciéndoles que estaban dentro todos los enemigos, y en otros el de formar más lisonjeras esperanzas de favorable concierto. Mientras que entre sí conferenciaban sobre lo hacedero, le llegaron a Alcibíades todas las tropas, y conjeturando que las intenciones de los Selibrios eran pacíficas, temió que habían de saquear la ciudad los Tracios, los cuales eran en gran número, y por inclinación y amor a Alcibíades habían tomado las armas con la más pronta voluntad. Hízoles, pues, a todos salir de la población, y en nada ofendió a los Selibrios, que estaban recelosos, sino que, con haber recogido un impuesto y haber dejado guarnición se retiró.
XXXI Los generales que mandaban el sitio de Calcedonia convinieron con Farnabazo, por un tratado, en, que recogerían una contribución, los Calcedonios volverían a la obediencia de los Atenienses y éstos no harían ningún daño en la satrapía de Farnabazo, obligándoles éste a dar a los embajadores de los Atenienses escolta con toda seguridad. Como a la vuelta de Alcibíades desease Farnabazo que él también jurara el tratado, respondió que no lo ejecutaría antes de haber jurado ellos. Prestados que fueron los juramentos, marchó contra los Bizantinos, que se habían rebelado, y circunvaló la ciudad. Ofreciéndole, bajo la condición de salvarla. Anaxilao, Licurgo y algunos otros, que la entregarían, hizo correr la voz de que le llamaban fuera de allí novedades ocurridas en la Jonia, y por el día salió con toda su escuadra; pero, volviendo a la noche, saltó en tierra con la infantería, y resguardándose con las murallas se estuvo allí quedo; pero las naves vinieron sobre el puerto, y acometiendo impetuosamente con grande gritería, alboroto y estruendo, asombraron a los demás Bizantinos por lo inesperado del caso y dieron ocasión a los partidarios de los Atenienses para entregar la ciudad a Alcibíades impunemente, pues todos los habitantes habían corrido hacia el puerto para resistir el ataque de las naves. Mas con todo no fue esta jornada exenta de riesgo, porque los Peloponenses, Beocios y Megarenses que allí se hallaban, a los que descendieron de las naves los rechazaron y obligaron a reembarcar; y llegando a entender que había Atenienses dentro, formándose en batalla, marcharon juntos contra ellos. Trabado un reñido combate, los venció Alcibíades, mandando él el ala derecha y Teramenes la izquierda: y de los enemigos que les vinieron a las manos tomaron vivos unos trescientos. De los de Bizancio, después del combate, ni se dio muerte ni se desterró a ninguno, porque con esta condición se entregó la ciudad y también con la de que a nada que fuese de ellos se había de tocar. Por esta razón, defendiéndose Anaxilao de la causa sobre traición que se le movió en Lacedemonia, hizo ver en su discurso que no tenía por qué avergonzarse de lo hecho: porque dijo que no siendo Lacedemonio, sino Bizantino, viendo en peligro, no a Esparta, sino a Bizancio, hallándose su ciudad cercada de manera que nadie podía entrar, y consumiendo los Peloponenses y Beocios todos los víveres que había en la ciudad, mientras que los Bizantinos fallecían de hambre con sus mujeres y sus hijos, no le pareció que cometía traición con la entrega, sino que redimía a su ciudad de la guerra y de los males que padecía, imitando en esto a los más ilustres de la Lacedemonia, para quienes sólo es honesto y justo lo que es en provecho de la patria. Los Lacedemonios, a este razonamiento, cedieron con respeto y absolvieron a los acusados.
XXXII. Alcibíades, teniendo ya deseo de volver a ver a Atenas, y más todavía de ser visto de los ciudadanos, después de haber vencido tantas veces a los enemigos, dio la vela con esta dirección, yendo las galeras áticas adornadas en derredor con muchos escudos y despojos, llevando a remolque muchas naves tomadas y ostentando en mayor número todavía las banderas de las que habían sido vencidas y echadas a pique, que entre unas y otras no bajaban de doscientas. Mas lo que añade a esto Duris de Samo, que se da por descendiente de Alcibíades, diciendo que Crisógono, coronado en los juegos píticos, les llevaba la cadencia a los remeros con la flauta; que daba las órdenes Calípides, actor de tragedias, adornado de un rico vestido, con el manto real y todo el demás aparato de teatro, y que la capitana entró en el puerto con una vela de púrpura, como si viniera de un convite bacanal, no lo refiere ni Teopompo, ni Éforo, ni Jenofonte; además de que no es de creer que se presentara a los Atenienses con tan insolente lujo, volviendo del destierro, y después de haber pasado tantos trabajos. Antes, entró temeroso, y estando ya en el puerto, no saltó en tierra hasta que, hallándose sobre cubierta, vio que iba a presentársele su primo Euriptólemo y muchos de sus amigos y deudos, que, yendo a recibirle, le estaban llamando. Luego que estuvo en tierra, cuantos iban al encuentro ni siquiera parece que veían a los otros generales, sino que, puesta la vista en él, le aclamaban, le saludaban, le acompañaban, y acercándosele le ponían coronas; los que no podían llegarse a él le miraban de lejos, y los ancianos se lo mostraban a los jóvenes. Con aquel gozo de la ciudad se mezclaron también muchas lágrimas, y la memoria, en tanta prosperidad, de las pasadas desgracias, haciendo cuenta de que ni habrían dejado de tomar la Sicilia, ni les habría salido mal nada de lo que se prometían si hubieran dejado a Alcibíades el mando en aquellas empresas y sobre aquellas fuerzas; pues que aun ahora, tomando a su cargo la ciudad desposeída casi del todo del mar y dueña en la tierra apenas de sus arrabales, dividida además y sublevada contra sí misma, levantándola en tan débiles y apocadas ruinas no solamente le había restituido el imperio del mar, sino que hacía ver que también por tierra doquiera había vencido a sus enemigos.
XXXIII. Sancionóse primeramente el decreto de su vuelta a propuesta de Cricias hijo de Calescro, como él mismo lo escribió en sus elegías, recordando así a Alcibíades este favor: Yo el decreto escribí para tu vuelta, y en junta le propuse: obra fue mía. Mi lengua fuera quien le impuso el sello. Reuniéndose entonces el pueblo en junta, se presentó Alcibíades; quejóse y lamentóse de sus desgracias, sin hacer más que culpar ligera y blandamente al pueblo, atribuyéndolo todo a su mala suerte y a algún genio envidioso, y concluyendo con darles grandes esperanzas contra los enemigos e inspirarles aliento y confianzas; lo coronaron con coronas de oro y le nombraron generalísimo sin restricción, juntamente de tierra y de mar. Decretóse asimismo que se le restituyesen sus bienes y que los Eumólpidas y heraldos levantasen las imprecaciones que habían pronunciado de orden del pueblo. Levantáronlas los demás; pero el hierofantes Teodoro respondió: “Yo ninguna imprecación hice contra él, si en nada ha ofendido a la ciudad”.
XXXIV. Aunque procedían con tan brillante prosperidad las cosas de Alcibíades, a algunos les causó inquietud el momento de la vuelta, porque en el día de su arribo se hacían las purificaciones o lavatorios en honor de la Diosa. Celebran las sacrificantes estas orgías arcanas en el día 25 del mes Targelión, quitando todo el ornato y cubriendo la imagen, por lo que los Atenienses cuentan este día de cesación de todo trabajo entre los más aciagos. Parecía, pues, que la Diosa no recibía con amor y benignidad a Alcibíades, sino que se le encubría y lo apartaba de sí. Sin embargo, habiéndole sucedido todo según su deseo, y hecho equipar cien galeras, que iban a salir otra vez al mar, le asaltó en esto una cierta ambición generosa y le detuvo hasta el tiempo de los misterios, por cuanto desde que se muró a Decelea y los enemigos se apoderaron de los caminos de Eleusis, ningún aparato había tenido la iniciación, siendo preciso ir por mar, y así los sacrificios, los coros y muchas de las ceremonias propias de camino cuando se invoca a Iaco se habían omitido por necesidad. Parecióle, por tanto, a Alcibíades que ganarían en piedad respecto de la Diosa y en gloria respecto de los hombres, dando a la solemnidad la forma antigua, acompañando por tierra la pompa de la iniciación y pasando las ofrendas por entre los enemigos, porque, o haría estarse enteramente quieto a Agis, pasando por esta humillación, o pelearían una guerra sagrada y agradable a los Dioses por las cosas más santas y más grandes a la vista de la patria, teniendo a todos los ciudadanos por testigos de su valor. Luego que se decidió por esta idea y dio parte de ella a los Eumólpidas y a los heraldos, puso centinelas en las alturas, y desde el amanecer envió algunos correos. Tomando después consigo a los sacerdotes, a los iniciados y a los iniciadores, y ocultándolos con las armas, los condujo con aparato y sin ruido: dando en esta especie de expedición un espectáculo augusto y religioso, al que daban los nombres de procesión sagrada, propia de los santos misterios, los que estaban exentos de envidia. Ninguno de los enemigos osó oponerse; y habiendo hecho la vuelta con igual seguridad, él mismo se engrió en su ánimo, y llenó de tanto orgullo al ejército, que se miraba como incontrastable e invencible bajo tal caudillo. A los jornaleros y a los pobres se los atrajo de manera que concibieron un violento deseo de que dominara solo, diciéndoselo así algunos y acercándose a él para exhortarle a que, despreciando la envidia, se sobrepusiera a los decretos, a las leyes y a los embelecadores que perdían la ciudad, para poder obrar y manejar los negocios como le pareciese, sin temor de calumniadores.
XXXV. Cuál hubiese sido su modo de pensar acerca de esta propuesta de tiranía, no puede saberse; pero habiendo los principales ciudadanos concebido miedo, dieron calor a que se embarcara cuanto antes, concediéndole todo lo demás y los colegas que quiso. Partiendo, pues, con las cien galeras, y tocando en Andro, venció, sí, en batalla a los habitantes y a cuantos Lacedemonios allí había, pero no tomó la ciudad; y éste fue el primero de los cargos de que se valieron contra él sus enemigos. Y en verdad que parece haber sido Alcibíades más que otro alguno víctima de su propia gloria y reputación; porque siendo muy grande y muy acreditado de valor y prudencia por tantos prósperos sucesos, lo que no conseguía lo hacía sospechoso de que no ponía eficacia, no queriendo creer que era no haber podido; pues que con la diligencia nada había de desgraciársele; por tanto, esperaba la noticia de que había sujetado a los de Quío y toda la Jonia, y se indignaban de que no se les diese todo concluido con la presteza y celeridad que apetecían, no parándose a considerar su falta de fondos, a causa de la cual, habiendo de hacer la guerra a hombres que tenían al rey por su mayordomo, se veía muchas veces precisado a navegar y abandonar el ejército para asistirle con las pagas y los víveres, porque el último cargo dimanó de la siguiente causa. Enviado Lisandro por los Lacedemonios con el mando de la armada, y dando de paga a los marineros cuatro óbolos en lugar de tres del dinero que tomó de Ciro, Alcibíades, que ya penosamente les acudía con los tres óbolos, tuvo que marchar a Caria a recoger alguna suma. Antíoco, que fue el que quedó con el mando de las naves, era buen marino, pero necio por lo demás y de ningún provecho; y aunque Alcibíades le dejó prevenido que de ningún modo combatiese, aun cuando le buscasen los enemigos, de tal modo se insolentó y tuvo en poco aquella orden, que equipando su galera y una de otro de capitán, se fue la vuelta de Éfeso, y haciendo y diciendo mil sandeces e insultos, se metió por entre las proas de las naves enemigas. Al principio Lisandro, yéndose a él, se puso a perseguirle con pocas naves; pero cuando vinieron en auxilio de aquel los Atenienses con todas las suyas, pasando adelante, deshizo al mismo Antíoco, le tomó muchas naves y gente y levantó un trofeo. Luego que Alcibíades oyó lo sucedido, volviendo a Samo, marchó con todas sus fuerzas y provocó a Lisandro; pero éste, contento con su victoria, no quiso hacerle frente.
XXXVI Siendo entre los que en el ejército miraban mal a Alcibíades el mayor enemigo suyo Trasíbulo, hijo de Trasón, marchó a Atenas para acusarle; y acalorando a los que allí tenía, hizo entender al pueblo que Alcibíades había desgraciado los negocios de la república y perdido las naves por abusar de la autoridad, dando el mando a hombres que con francachelas y con las fanfarronadas propias de los marinos granjeaban todo su favor, para que él, andando de una parte a otra, pudiera enriquecerse y entregarse a sus desórdenes en el beber y liviandades con sus amigas abidenas y jonias, sin embargo de navegar bien cerca los enemigos. Culpábanle asimismo de la prevención de la muralla que habían hecho construir en Tracia a la parte de Bisanta, para refugio suyo, por no poder o no querer vivir en la patria. Arrastrados de estas inculpaciones los Atenienses, eligieron otros generales, poniendo de manifiesto su encono y malignas ideas contra Alcibíades; el cual, luego que lo entendió, por temor se retiró en un todo del ejército, y haciendo recluta de extranjeros, se dedicó a hacer la guerra por su cuenta a los Tracios, que no reconocían rey, y allegó mucho caudal de los que sojuzgó, poniendo al mismo tiempo a los Griegos establecidos por aquellos contornos en plena seguridad de parte de los bárbaros. Con todo, más adelante, cuando los generales Tideo, Menandro y Adimanto, que con todas las naves que les habían quedado a los Atenienses estaban en el puerto de Egos Pótamos, solían ir todas las mañanas muy temprano en busca de Lisandro, surto con las naves de los Lacedemonios en Lámpsaco para provocarle, y volviéndose después al mismo puesto, pasaban el día desordenada y descuidadamente como despreciando a éstos, Alcibíades, que se hallaba cerca, no lo miró con indiferencia y abandono, sino que, montando a caballo, advirtió a los generales que estaban mal apostados en un país que carecía de puertos y de ciudades, forzados a hacer provisiones en Sesto, que les caía muy lejos, y teniendo en tanto abandonada la tripulación en tierra, yéndose cada uno y esparciéndose por donde le daba la gana, cuando tenían al frente la escuadra enemiga, acostumbrada a ejecutar sin rebullirse cuanto manda un hombre solo.
XXXVII. Hízoselo así presente Alcibíades, y les persuadió que trasladaran sus fuerzas a Sesto; pero los generales no le dieron oídos, y aun Tideo le ordenó con expresiones injuriosas que se retirase, porque no era él, sino ellos mismos, quienes tenían el mando; con lo que se retiró Alcibíades, no sin formar de ellos alguna sospecha de traición, y diciendo a los que le acompañaban desde el campamento, por ser sus conocidos, que, a no haber sido tan ignominiosamente despedido por los generales, en breves días hubiera puesto a los Lacedemonios en la precisión de combatir contra su voluntad o de abandonar las naves. Algunos lo graduaron de jactancia, mas a otros les pareció que iba muy fundado, si su ánimo era llevar por tierra muchos de los soldados tracios, tiradores y de a caballo, y acometer y poner con ellos en desorden el campo enemigo. Por de contado que adivinó y predijo acertadamente los errores de los Atenienses; bien pronto lo acreditó el suceso: porque viniendo sobre ellos repentina e inesperadamente Lisandro, sólo ocho naves se salvaron con Conón; todas las demás, que eran muy cerca de doscientas, cayeron en poder de los enemigos; y de las tropas, a unos tres mil hombres que Lisandro tomó vivos, a todos los pasó al filo de la espada. Tomó también a Atenas de allí a poco, incendió sus naves y destruyó la llamada larga muralla. En vista de esto, temiendo Alcibíades a los Lacedemonios, que dominaban por tierra y por mar, se trasladó a Bitinia, haciendo conducir y llevando consigo inmensa riqueza y dejando todavía mucha más en la ciudad de su residencia. Perdió también después en Bitinia gran parte de sus bienes, robado de los Tracios de aquella parte, por lo que determinó ir a ponerse en manos de Artojerjes, pensando que, si llegaba el caso, haría al rey servicios no inferiores en sí a los de Temístocles y más recomendables en su objeto, porque no se emplearía, como aquel, contra sus ciudadanos, sino que en favor de la patria y contra sus enemigos trabajaría e imploraría el poder del rey. Juzgando, empero, que por medio de Farnabazo sería más seguro su viaje, se encaminó hacia él a la Frigia, donde en su compañía se detuvo, obsequiándole y siendo de él honrado.
XXXVIII. Era muy sensible a los Atenienses verse despojados del imperio y superioridad; pero después que Lisandro los privó además de la libertad, poniendo la ciudad en manos de los Treinta Tiranos, aquellas reflexiones que no les ocurrieron cuando les habrían servido para su salud las hicieron entonces, cuando todo estaba perdido, con lamentaciones y quejas, trayendo a la memoria sus errores y desaciertos y teniendo por el mayor este segundo encono que habían concebido contra Alcibíades, porque fue depuesto del mando cuando él mismo en nada había faltado y sólo porque se habían incomodado con un subalterno que ignominiosamente había perdido unas cuantas naves, con mayor ignominia habían privado a la ciudad del más esforzado y experimentado de sus generales. Con todo, aun en medio de las calamidades que los rodeaban, entreveían una sombra de esperanza de que del todo no caería la república mientras Alcibíades existiese; porque si antes, cuando fue desterrado, no pudo sufrir el vivir en el ocio y en el reposo, tampoco ahora, a no estar del todo imposibilitado, llevaría con paciencia que los Lacedemonios les hicieran agravios y que los treinta los trataran con vilipendio. Ni era extraño que a estos sueños se entregaran los demás, cuando los mismos treinta no se aquietaban sin pensar e inquirir sobre él y sin mover frecuente conversación de lo que hacía y de lo que pensaba. Últimamente, Cricias hizo entender a Lisandro que, no viviendo en democracia los Atenienses, podía tenerse por seguro el imperio de los Lacedemonios sobre la Grecia, pero que por más sumisos y obedientes que se mostrasen a la oligarquía, mientras Alcibíades viviese no los dejaría permanecer quietos en el orden establecido. Sin embargo, para que Lisandro accediese a estas sugestiones, fue al fin preciso que viniera de Esparta una orden por la que se le mandaba que se quitara a Alcibíades del medio, bien fuera porque temiesen su actividad y grandeza de alma, o bien porque quisieran complacer a Agis.
XXXIX. Cuando Lisandro envió a Farnabazo la orden para la ejecución, y éste la cometió a su hermano Mageo y a su tío Susamitres, hizo la casualidad que Alcibíades se hallaba en cierta aldea de Frigia, teniendo en su compañía a Timandra, que era una de sus amigas. Había tenido entre sueños esta, visión: parecíale que se había adornado con los vestidos de su amiga, y que ésta, reclinando él la cabeza en sus brazos, le adornaba el rostro como el de una mujer, pintándolo y alcoholándolo. Otros dicen que vio en sueños a Mageo y los de su facción que le cortaban la cabeza y quemaban su cuerpo; mas todos convienen en que tuvo la una o la otra visión poco antes de su muerte. Los que fueron enviados contra él no se atrevieron a entrar en la casa, y lo que hicieron fue, apostándose alrededor de ella, pegarle fuego. Sintiólo Alcibíades, y recogiendo muchos vestidos y otras ropas los echó en el fuego, y rodeándose a la mano izquierda su manto, con la diestra desenvainó la espada, y pasando con la mayor intrepidez por encima del fuego antes que se hubiesen encendido las ropas, con sólo presentarse dispersó a los bárbaros, porque ninguno de ellos tuvo valor para aguardarle ni lidiar con él, sino que desde lejos le lanzaban saetas y dardos. Traspasado de ellos cayó finalmente muerto. Después que los bárbaros se marcharon, Timandra recogió el cadáver, y envolviéndole en las ropas de ella, le hizo el funeral y honrosas exequias que las circunstancias permitían. Dícese que fue hija de ésta la célebre Lais, llamada Corintia, tomada cautiva en Hícaros, aldea de la Sicilia. Otros escritores hay que refieren de diferente modo el acontecimiento de la muerte de Alcibíades, diciendo que no tuvieron la culpa de ella ni Farnabazo, ni Lisandro, ni los Lacedemonios, sino que habiendo el mismo Alcibíades seducido una mozuela de una familia conocida suya y reteniéndola consigo, los hermanos, que sentían vivamente esta afrenta, dieron por la noche fuego a la casa en que vivía Alcibíades y le asaetearon, como se ha dicho, cuando salía por medio de las llamas.