Πέμπτη, 20 Αυγούστου 2009

ΖΑΚΛΙΝ ΝΤΕ ΡΟΜΙΓΙ: ΑΛΚΙΒΙΑΔΗΣ 2

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Mosaico de Pompeya
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ΤODOS LOS DONES, TODOS LOS MEDIOS...
No es necesario presentar a Alcibíades: Platón se encargó de hacerlo en páginas inolvidable. En El Banquete imaginó una reunión de hombres eminentes que, alrededor de una mesa, hablan del amor. Son unos cuantos. Hablan, escuchan, el dialogo progresa. Pero, avanzada la discusión, llega, mucho después que los otros, un último personaje. Su entrada se ha demorado hasta el final, para mayor efecto, y súbitamente todo se anima. Suenan golpes en la puerta acompañados de algazara y del sonido de una flauta. ¿Quién llega tan tarde? Es Alcibíades, completamente ebrio, sostenido por la flautista.
“Allí estaba, en el umbral de la sala, llevaba una guirnalda de violetas y hiedra con numerosas cintas”
Todos le saludan y se instala al lado del dueño de la casa. Al otro lado está Sócrates, al que en un principio no ve el recién llegado. Luego entran en conversación el joven coronado de hiedra y el filósofo: a partir de este momento el diálogo se desarolla entre los dos.
Triunfal y espectacular es la entrada en escena del personaje, y en ella está contenida ya, en germen, toda su seducción y también todos sus defectos, más o menos escandalosos.
Se le aclama, se le da la bienvenida; ¿por qué? Todos los presentes en el banquete lo saben; pero, veinticinco siglos después es necesario puntualizar. En realidad, el recién llegado lo tiene todo.

Jacqueline de Romilly: Alcibíades (Seix Barral, 1996)

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