Κυριακή, 30 Σεπτεμβρίου 2012

ΠΕΡΙ ΣΩΦΡΟΣΥΝΗΣ 1


Habiendo llegado la víspera de la llegada del ejército de Potidea, tuve singular placer, después de tan larga ausencia, en volver á ver los sitios que habitualmente frecuentaba. Entré en la palestra de Taureas, frente por frente del templo del Pórtico real, y encontré allí una numerosa reunión compuesta de gente conocida y desconocida. Desde que me vieron, como no me esperaban, todos me saludaron de lejos. Pero Querefon, tan loco como siempre , se lanza en medio de sus amigos, corre hacia mí, y tomándome por la mano [...] En el acto, llevándome consigo, me hizo sentar al lado de Critias , hijo de Callescrus. Me senté, saludé á Critias y á los demás, y procuré satisfacer su curiosidad sobre el ejército, teniendo que responder á mil preguntas. 
 Terminada esta conversación, les pregunté á mi vez qué era de la filosofía , y si entre los jóvenes se habían distinguido algimos por su saber o su belleza , o por ambas cosas. Entonces Critias, dirigiendo sus miradas hacia la puerta y viendo entrar algunos jóvenes en tono de broma, y detrás un enjambre de ellos : 
 — Respecto a la belleza, dijo, vas á saber, Sócrates, en este mismo acto todo lo que hay. Esos que ves que acaban de entrar son los precursores y los amantes del que, á lo menos por ahora, pasa por el más hermoso. Imagino que no está lejos, y no tardará en entrar. 
 —¿Quién es, y de quién es hijo? 
 — Le conoces, dijo, pero no se le contaba aún entre los jóvenes que figuraban cuando marchaste; es Carmides, hijo de mí tío Glaucon y primo mío. 
 —Sí. ¡por Júpiter! le conozco; en aquel tiempo, aunque muy joven, no parecía mal; hoy debe ser adulto y bien formado. 
 — Ahora mismo, dijo, vas á juzgar de su talle y disposición. 
 Cuando pronunciaba estas palabras, Carmides entró. 
 — No es á mí, querido amigo, a quien es preciso consultar en esta materia, y si he de decir la verdad, soy la peor piedra de toque para decidir sobre la belleza de los jóvenes; en su edad no hay uno que no me parezca hermoso. 
 Indudablemente me pareció admirable por sus proporciones y su figura, y advertí que todos los demás jóvenes estaban enamorados de él, como lo mostraban la turbación y emoción que noté en ellos cuando Carmides entró. Entre los que le seguían venía más de un amante. Que esto sucediera á hombres como nosotros, nada tendría de particular; pero observé que entre los jóvenes no había uno que no tuviera fijos los ojos en él , no precisamente los más jóvenes, sino todos, y le contemplaban como un ídolo. 

 Platón: Carmides 
Trad.: Patricio de Azcárate

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