Τρίτη, 10 Μαρτίου 2009

ΑΛΚΙΒΙΑΔΗΣ 4

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Herma griega arcaica.
Museo Arqueológico Nacional de Atenas
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Expedición a Sicilia
En 415 a. C., llegaron a Atenas unos delegados de la ciudad siciliana de Segesta (Egesta en griego), para solicitar ayuda a los atenienses en su guerra contra Selinunte. Dicha solicitud fue debatida en la asamblea y Nicias se opuso con vehemencia contra la intervención ateniense. Argumentó que la campaña sería muy costosa, a la vez que atacaba las motivaciones y el carácter de Alcibíades, que se había erigido en el principal partidario de la expedición. Por otro lado, Alcibíades argumentó que una campaña en este nuevo territorio proporcionaría riquezas a la ciudad y ampliaría el imperio, igual que había ocurrido anteriormente con las guerras médicas. Alcibíades pronosticó en su discurso, (con exagerado optimismo, según la opinión de la mayoría de los historiadores) que los atenienses podrían reclutar a aliados en la región e imponer su gobierno a Siracusa, la ciudad más poderosa de Sicilia. A pesar de la entusiasta defensa del plan por parte de Alcibíades, sería Nicias, y no él, quien transformaría una modesta intervención en el lugar en una gran campaña y que haría pensar a todo el mundo que la conquista no sólo sería posible sino incluso segura. Su sugerencia fue que el tamaño de la flota se incrementara de unas 60 embarcaciones hasta las 140 galeras, y que las fuerzas alcanzasen 5.100 hombres de infantería pesada y unos 1.300 arqueros, honderos y tropas ligeras. El filósofo Leo Strauss subraya que la expedición siciliana superaba todo lo emprendido por Pericles. La verdadera intención de Nicias era asustar a la asamblea con su alta estimación de las fuerzas requeridas pero, en lugar de disuadir a sus conciudadanos, su análisis lo hizo aún más deseable. En contra de sus deseos, Nicias fue nombrado general, junto con Alcibíades y Lámaco; los tres con plenos poderes para lograr que los intereses de Atenas en Sicilia se cumplieran.
Una noche, durante los preparativos para la expedición, los hermai -cabezas del dios Hermes sobre un plinto con un falo- fueron mutilados en toda Atenas. Esto supuso tanto un escándalo religioso como un mal presagio para la misión. Plutarco explica que Androcles, un dirigente político, usó testigos desleales que culparon a Alcibíades y a sus amigos de mutilar las estatuas y además de profanar los misterios de Eleusis. Después, sus adversarios políticos, encabezados por el propio Androcles y por Tesalo, hijo de Cimón, enrolaron a oradores para argumentar ante la asamblea que Alcibíades debía zarpar como estaba planeado y someterse a juicio a su regreso de la campaña. Alcibíades, que recelaba de sus intenciones, pidió que se le permitiera someterse a juicio inmediatamente, bajo la amenaza de pena de muerte, para poder limpiar su nombre. La petición fue denegada y la flota zarpó poco después, con los cargos sin resolver.
Tal y como Alcibíades había sospechado, su ausencia envalentonó a sus enemigos, y éstos empezaron a acusarlo de las otras acciones sacrílegas, alegando incluso que dichas acciones estaban relacionadas con un complot contra la democracia. Según Tucídides, los atenienses reaccionaban siempre con miedo ante este tipo de acusaciones y su reacción fue sospechar del acusado. Cuando la flota llegó a Catana, se hallaba allí el trirreme estatal "Salamina" esperando para llevar a Alcibíades y los otros acusados de mutilar los hermai y profanar los misterios de Eleusis de vuelta a Atenas para someterse a juicio. Alcibíades dijo a los heraldos que los seguiría a Atenas en su embarcación, pero en Turios se fugó con su tripulación. En Atenas fue juzgado "en ausencia" y condenado a muerte. Sus propiedades fueron confiscadas y se prometió una recompensa de un talento a quien consiguiera matar a alguno de los que habían huido. Mientras tanto, la fuerza ateniense en Sicilia, después de algunas primeras victorias, se movilizó contra Mesina, donde los generales esperaban que sus aliados secretos dentro de la ciudad la traicionaran. Alcibíades, sin embargo, previendo que estaría fuera de la ley, dio información a los amigos de los siracusanos en Mesina y consiguió prevenir la entrada de los atenienses. Con la muerte de Lámaco en batalla poco tiempo después, la expedición siciliana recayó sobre las manos de Nicias, a quien los eruditos modernos han juzgado ser un inadecuado jefe militar.
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"A nuestros aliados de allí juramos defenderlos y no para que deban acudir aquí a defendernos, sino para que ocasionen dificultades a nuestros enemigos de allí e impidan que vengan a atacarnos. Así es como hemos construido nuestro imperio(...) asistiendo a los que reclamaban nuestra presencia. Porque no sólo hay que defenderse cuando se es atacado, sino que hay que anticiparse para impedir. Y no es posible determinar con precisión la extensión que queremos darle a nuestro imperio, sino que, en vista de lo que hemos conseguido, es necesario conspirar para prolongarla, porque, si dejáramos de gobernar a otros, estaríamos en peligro de ser gobernados. No podéis mirar la inactividad desde el mismo punto de vista que los demás, a menos que os preparéis para cambiar vuestro modo de vida y que sea como el suyo."
Oración de Alcibíades antes de la expedición a Sicilia escrita por Tucídides, (VI, 18]); Tucídides niega la exactitud verbal. (es.wikipedia.org)

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