Κυριακή, 30 Αυγούστου 2009

ΖΑΚΛΙΝ ΝΤΕ ΡΟΜΙΓΙ: ΑΛΚΙΒΙΑΔΗΣ 3

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Triunfal y espectacular es la entrada en escena del personaje (...) en realidad, el recién llegado lo tiene todo.

Belleza
Su primer atributo salta a la vista; Alcibíades es bello, excepcionalmente bello. Lo dicen todos los autores que evocan los asedios amorosos de que fue objeto. (...)
Ahora bien, hay que recordar que en aquel tiempo la belleza era un merito, abiertamente reconocido y celebrado. La belleza, combinada con las cualidades morales, constituía el ideal del hombre cabal, kalów kaiagathós. También podía suscitar admiraciones menos virtuosas, que no se disimulaban, como atestiguan las pinturas de los vasos en los que, para celebrar a algún efebo, no se emplea más término que el de “bello”. A veces, en las crónicas costumbristas de la época encontramos la evocación casi lírica del embeleso que inspiraba la belleza de uno u otro mancebo. Así se ve en El Banquete de Jenofonte, en el que el tema aparece varias veces, y, muy especialmente, en el fervor con que el joven Critóbulo celebra su propia belleza y la de su amigo Clinias; “Yo aceptaría ser ciego para todas las cosas, antes que serlo sólo para Clinias”. Este joven Clinias era primero hermano de Alcibíades.
Volviendo a nuestro héroe, nos gustaría contemplar aquella belleza suya, pero tenemos que contentarnos con imaginar su perfección por las reacciones de sus contemporáneos. No hay descripciones físicas de Alcibíades, ni poseemos de él una imagen auténtica.(...)
Sabemos, sí, que su belleza iba acompañada de donaire y del arte de la seducción. Plutarco se admira de ello desde el comienzo mismo de su biografía; “En cuanto a la belleza de Alcibíades, no hay más que decir sino que floreciendo la se su semblante, de hombre adulto, le hizo siempre amable y gracioco. Pues lo que dijo Eurípides, que en los que son hermosos es también hermoso el otoño, no es así. Éste fue el privilegio de Alcibíades y de algunos otros. Él se lo debe a un buen natural y a una excelente constitución física. En cuanto a su forma de hablar, se dice que hasta su defecto de pronunciación le agraciaba y prestaba a su lenguaje un encanto que contribuía a la persuasión”. (...)
El joven Alcibíades, presuntuoso y provocativo, se paseaba por el ágora con túnica de púrpura que le llegaba hasta el suelo. Era la vendette, el niño mimado de Atenas, al que todo se le permite y se le ríen todas las gracias.

Nobleza
Lo conocían porque no era un culaquiera, ni mucho menos. Alcibíades pertenecía a una familia de las más nobles, lo que no era poco, ni siquiera en la democracia igualitaria que entonces imperaba en Atenas. A mediados del siglo V a.C., las grandes familias gozaban todavía de renombre y autoridad considerables. Pues bien, Alcibíades descendía de las dos familias más aristocraticas. (...)
Pero, para Alcibíades, estos brillantes orígenes no lo eran todo; a la muerte de su padre, que tuvo lugar en el 447, Alcibíades, niño todavía, fue adoptado por su tutor, que no era otro que Pericles. Imposible llegar mñas alto. (...) Imposible imaginar mejor patrimonio para encaminar a un joven hacia la política.

Riqueza
Efectivamente -y esto también cuenta, qué duda cabe- una y otra rama familiar eran gente rica (...) Alcibíades se encontró, pues, en la cuna, valga la expresión, todo lo que el dinero puede aportar para una carrera, desde una brillante educación al lado de los mejores intelectow, hasta los diversos medios de acción que el éxito pueda requerir en cualquier democracia.
No obstante, hay que abrir un paréntesis a propósito de la riqueza de Alcibíades. Porque era tanto lo que gastaba que siempre estaba falto de dinero. (...) No falta quien haya dicho que, en sus momentos de opulencia, gastaba demasiado. Lo mismo sucede en todas las épocas. Y es posible que en su coducta influyera el afán de consolidar sus finanzas. El mismo Tucídides, tan sobrio él, lo dice así: “Sus gastos le hacían ir más allá de lo que permitían sus recursos, tanto en el mantenimiento de su cuadra de caballos como en sus otros gastos”.
Pero también se han exagerado las dificultades ocasionadas por esta tedencia a la prodigalidad. (...) Aunque hubiera dilapidado sus bienes, Alcibíades nunca fue pobre.

Jacqueline de Romilly: Alcibíades (Seix Barral, 1996)

Πέμπτη, 20 Αυγούστου 2009

ΖΑΚΛΙΝ ΝΤΕ ΡΟΜΙΓΙ: ΑΛΚΙΒΙΑΔΗΣ 2

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Mosaico de Pompeya
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ΤODOS LOS DONES, TODOS LOS MEDIOS...
No es necesario presentar a Alcibíades: Platón se encargó de hacerlo en páginas inolvidable. En El Banquete imaginó una reunión de hombres eminentes que, alrededor de una mesa, hablan del amor. Son unos cuantos. Hablan, escuchan, el dialogo progresa. Pero, avanzada la discusión, llega, mucho después que los otros, un último personaje. Su entrada se ha demorado hasta el final, para mayor efecto, y súbitamente todo se anima. Suenan golpes en la puerta acompañados de algazara y del sonido de una flauta. ¿Quién llega tan tarde? Es Alcibíades, completamente ebrio, sostenido por la flautista.
“Allí estaba, en el umbral de la sala, llevaba una guirnalda de violetas y hiedra con numerosas cintas”
Todos le saludan y se instala al lado del dueño de la casa. Al otro lado está Sócrates, al que en un principio no ve el recién llegado. Luego entran en conversación el joven coronado de hiedra y el filósofo: a partir de este momento el diálogo se desarolla entre los dos.
Triunfal y espectacular es la entrada en escena del personaje, y en ella está contenida ya, en germen, toda su seducción y también todos sus defectos, más o menos escandalosos.
Se le aclama, se le da la bienvenida; ¿por qué? Todos los presentes en el banquete lo saben; pero, veinticinco siglos después es necesario puntualizar. En realidad, el recién llegado lo tiene todo.

Jacqueline de Romilly: Alcibíades (Seix Barral, 1996)

Δευτέρα, 10 Αυγούστου 2009

ΖΑΚΛΙΝ ΝΤΕ ΡΟΜΙΓΙ: ΑΛΚΙΒΙΑΔΗΣ 1

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Jacqueline de Romilly: Alcibíades
Prólogo
La vida de Alcibíades es una serie de impresionantes aventuras y peripecias. Este joven, ahijado de Pericles, cuyo trato cultivaba Sócrates, estuvo en el centro de toda la vida política de finales del siglo V a.C. Empujado por la ambición y dotado de un talento extraordinario, determinó primero la política de Atenas; después, la de Esparta y, por último, la de los sátrapas persas. Su vida tuvo altibajos dignos de una tragedia griega: en Atenas, Alcibíades marcaba la pauta en todo, pero pronto tuvo que huir de la ciudad, que lo condenó a muerte; al cabo de varios años, regresó como salvador, entre honores y homenajes, para ser exiliado de nuevo por una decisión política, en una aldea de la Alta Frigia donde acabó asesinado. Siguiendo su trayectoria, pasamos de una ciudad a otra, de Sicilia a Lidia, y de un proyecto a otro, acompañados de la pertinaz piedra de escándalo que sus amores e insolencias ponen en su carrera.
Esta vida de aventuras no se desarrolla en un ambiente normal. La guerra de Peloponeso, en la que él desempeñó un papel decisivo, fue uno de los principales puntos de inflexión de la historia griega: empezó cuando Atenas estaba en la cúspide de su poderío y de su esplendor y terminó en una derrota aplastante: Atenas perdió su imperio y su flota, y aquí acabó el siglo de los grandes trágicos y de la gloria. Pues bien, Alcibíades influyó en todas las decisiones, tanto en un bando como en el otro; le cabe, una responsabilidad innegableen el desaguisado. Por otra parte, murió el mismo año de la derrota de Atenas. Desde todos los puntos de vista, su aventura personal pasa por los momentos cruciales de la historia de Atenas. Por esta misma razón, su figura centró la atención de los más grandes espíritus de la época, a los que movió a la reflexión. Nada más emprezar; hemos mencionado a Pericles y a Sócrates: el que dio su nombre al siglo y el fundador de la filosofía occidental, ¡Casi nada! Pero pueden agregarse otros muchos nombres. Alcibíades es uno de los personajes de Tucídides, el gran historiador de la época. Platón lo menciona con frecuencia. Aparece en los escritos de Jenofonte, tanto en las obras históricas como en sus recuerdos de Sócrates. Otros, como Aristófanes o Eurípides, hacen alusiones o transposiciones del personaje y otros, como Isócrates y Lisias, disertaron sobre su trayectoria y su carñacter inmediatamente despuéd de su muerte.
En efecto, existía el problema de Alcibíades. Porque este pupilo de Pericles parecía haber seguido en política el rumbo opuesto al de su maestro. Y, durante veinticinco años, se observó que este cambio de rumbo coincidía con la ruina de Atenas (...)
Podemos añadir, incluso, que la vida de Alcibíades planteó en el siglo V dos problemas de política que hoy siguen siendo de actualidad.
En primer lugar, Alcibíades encarna el imperialismo ateniense en su forma extrema y conquistadora, y en las imprudencias que provocaron su caída. Este personaje, que iluminan los análisis de Tucídides, nos permite, pues, hacer unas reflexiones sobre el espíritu de conquista.
Por otro lado, Alcibíades es la figura que antepone la ambición personal al interés común. En esto es exponente del análisis de Tucícides que muestra cómo los sucesores de Pericles, incapaces de imponerse por méritos como hiciera él, se vieron reducidos a la necesidad de halagar al pueblo y recurrir a las intrigas personales, nefastas para la colectividad. Así pues, toda reflexión sobre los problemas de la democracia en general gana con el examen de las rocambolescas aventuras de Alcibíades, que iluminan los análisis de Tucídides y de los filósofos del siglo IV.
Alcibíades es un caso único y extraordinario, pero también es un ejemplo típico que a cada instante ùede servirnos de modelo. (...)

Jacqueline de Romilly: Alcibíades (Seix Barral, 1996)